DISCÍPULOS Y MISIONEROS
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PIEDAD POPULAR

VIA CRUCIS.

"Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que crea en Él, no se pierda sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

El amor del Padre no se midió, no calculó. Ni tampoco el de su Hijo, el Enviado: Él, "habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). Hasta el extremo de despojarse de sí mismo, y de no importarle dejar su vida colgada en un madero con tal de atraerte y enamorarte de Él. (Fil 2, 8).

La Pascua es la celebración de esta apasoniante declaración de amor, pero los cuarenta días que preceden esta fecha, son el tiempo necesario para prepararnos al encuentro, concretado día a día el mensaje inicial de la Cuarema: "Tomen otro camino y crean en la Buena Nueva.

1ª ESTACIÓN. Jesús condenado a muerte:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

            Eres condenado ante todo por tu coherencia de vida, que chocaba con la incoherencia de los jefes del pueblo y por la debilidad de un nombre común, Pilatos, que ante esa condena, evidentemente injusta, se lava cobardemente las manos.

            Declarar que eres Hijo de Dios te acarrea la muerte -Mt 26, 57.62-65-. También hoy muchos hombres son condenados injustamente por declararse hijos de Dios y vivir con coherencia el Evangelio, manifestando en sus cuerpos el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre.

            A todos nos puede dar miedo el ser condenados, excluidos, marginados, el no ser valorados ni reconocidos, el ser tachados de "exagerados", estridentes o demasiado radicales, por personas más mediocres pero con más poder, y por miedo, no confesamos la verdad que creemos. Callamos porque puede costarnos la vida el decir: "Sí, tú lo has dicho, yo sigo a Cristo y tengo su Evangelio como ley de mi vida".

            Querido Jesús, Tú me dijiste que había de aprender de Ti, sobre todo en estos momentos donde quizá a muchos les delata terriblemente su tibieza, su crónica costumbre de lavarse las manos... su poca honestidad, su habitual poca coherencia... y ante el contraste tan abismal no puedo sino pedirte una profunda conversión.

            Día a día, paso a paso, siguiéndote de cerca -Lc 22, 54-, contemplándote a ti, manteniéndome en tus palabras, sabiéndote condenado, sentenciado a muerte... es lo que más me cautiva y misteriosamente lo que más me atrae hacia ti, me enamora de ti. Y es que mirándote a ti así, como el traspasado, curas mis heridas y sanas tanta incoherencia e indiferencia.

            Si la coherencia me tiene que llevar a ser condenado, no temo, Señor, sufrir la condena de los demás -Hech 5, 33- ¡No temo! No temo a los que matan el cuerpo -Mt 10, 28-, temo más bien a los que pueden robarme la experiencia que tengo hasta ahora de tu Vida, de la Vida de Dios en mí. ¡No quiero renunciar a mi fe, a mi identidad y misión!

            Aunque todo el mundo me condenara, Tú, mi Dios no me condenas Rom 8, 31-39. Tampoco yo quiero condenar a nadie -Jn 12, 47; Rom 14, 10; 14, 13-, ni juzgar a nadie -Jn 12, 47; Rom 14, 10; 14, 13-, ni rechazar a nadie -Jn 8, 1-11-.

            ¡Enséñame, Señor, a no claudicar de mi fe, a no echarme hacia atrás, si contigo y como Tú, sufro injustamente. Creo que la Verdad triunfa siempre porque solo el Amor no acaba nunca, y sí todo lo demás. Si Tú has pasado por la condena a muerte por amor a mí, yo acepto también ser condenado por amor a Ti. Es cuestión de amor. El vía crucis es vía amoris, el camino de la Cruz es camino del Amor.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .

2ª ESTACIÓN. Jesús carga con la cruz:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
            Además de ser ajusticiado, has sido sometido a la más humillante de las muertes: la cruz. Ya no hay suplicio más denigrante, ni con mayor carga de humillación. La muerte en cruz no estaba permitida por los judíos, por ignominiosa, por cruel, por humillante. Sólo los peores eran castigados así por el Derecho Romano.

            Y, sin embargo, por a amor a mí, corres, Jesús, el mismo destino del ladrón y alborotador: "Y Él, cargando con su cruz salió hacia el lugar llamado "Calvario" que en hebreo se llama Gólgota -Jn 19, 7-. "Llevaban además otros dos malhechores, para ejecutarlos con Él" -Lc 23, 32-.

            Tomando sobre tus hombros la cruz, pisas y repisas bajo tus pies, nuestra terrible enfermedad humana de dependencia y excesiva adición a riquezas, honores, placeres y cultivo sutil de vanaglorias humanas. Así, mi Jesús, escribes con sangre, en tus espaldas, la verdad que aquilata nuestro ser: "Si quieres ser mi discípulo carga con tu cruz de cada día y sígueme" -Lc 9, 23-. Renuncia a tus cosas e incluso a ti mismo; tu vida vale más que tus cosas; invierte tu vida por la Vida.

            Sin embargo, yo rechazo con excesiva frecuencia la cruz. ¿Por qué no la agarro? ¿Por qué no cargo con ella? La respuesta es evidente: Porque no quiero la humillación. Apenas la sospecho y presiento, cuando ya la esquivo con toda mi fuerza, con todas mis mañas y con toda clase de justificaciones y de prudentes razonamientos.

            Me influye demasiado la opinión de los demás. Me encanta que hablen bien de mí al precio que sea, invierto lo mejor de mis energías para lograr que de alguna manera me admiren. Me fascina, ante los ojos de los demás, tener "clase", "look", personalidad, porte, prestigio, autoridad, en fin, amor propio.

            Pero fuera de la humildad no puede haber seguimiento, no puedo ser tu discípulo, Jesús. Bienaventurados los hombres que no están drogados por el polvo del brillo. Bienaventurados los discípulos que cargan su cruz y siguen al Maestro.

            ¡Enséñame, Jesús, a cargar la cruz junto a ti! Cargarla no es patalear contra ella, no es renegar. Tu humillación hasta la cruz merece que también yo te ame y me entregue a ti hasta la más humillante humillación.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .

3ª ESTACIÓN. Jesús cae por primera vez:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
            No hay nada que haga sentir más debilidad propia y el abatimiento como la caída por falta de fuerzas para proseguir el camino.

            Sometido al más inmerecido cansancio te hallas sin energía, Jesús mío, y con una salud que poco a poco se agota por una injustísima cascada de azotes e insultos, fruto de la magnitud del pecado que pesa sobre Ti. Es tu hora. La hora de la prueba, en la que todo parece estar en contra y no cuentas con la ayuda ni el apoyo de nadie -Jn 12, 27-.

            En el camino al Gólgota, de subida, probablemente identificas, mi Jesús, rostros de personas conocidas; gente que habría escuchado tu doctrina; personas que habrían sido beneficiadas por tus dones, pues Tú pasaste por la vida haciendo el bien -Hch 10, 38-, curando a los demás de todas las dolencias -Mt 4, 23; 12, 15; 13, 15; 15, 30-, predicando el Reino de Dios venido en tu Persona -Mt 11, 12; Lc 6, 20- y dando Vida por la Palabra, por tu Persona, por tu Amor -Jn 6, 68; 8, 51-.

            Tú que siempre amaste, ¿cuándo eres amado? El pecado de los demás te aplasta, te deja caído, besando el polvo del suelo. Son nuestros pecados los que vas cargando: "Él no cometió pecado, pero Dios quiso que cargara con nuestro pecado, para que nosotros, en Él, participáramos de la santidad de Dios" -2Cor 5, 21-.

            ¿Por qué tiene que ser tan duro y difícil reconciliar al hombre? ¿Qué piensas, mi Jesús caído? ¿Valdrá la pena seguir ante tanta ingratitud e indiferencia? ¿Aceptará tu Amor hasta el extremo la humanidad? ¿Qué digo?... si Tú eres Amor y Amas... . En tu interior solo una súplica: Que cada hombre acepte el amor, tu amor, que lo reconozca, este amor extremo, sin límites, para poder arrancar de cada uno un amor de la misma calidad, y así comunicarlo al mundo... esa es la Alianza Nueva, el mandato nuevo -Jn 17, 1-26-.

            Si analizo la gráfica de mi vida de seguimiento, de discípulo y misionero tuyo, Jesús, denoto una larga sucesión de subidas y bajadas, de momentos de caídas en las que la falta de perseverancia en mi decisión de recorrer tu camino, me han dejado largo tiempo estancado.

            Cuando la prueba es dura nos caemos, nos dejamos caer, nos dejamos vencer. Nos aplasta la flojera. Se nos hace fácil, en la caída, quedarnos decaídos. Superar la caída exige esfuerzo, pero ante todo es posible en la medida que camino a tu paso y contigo, mi Señor del Amor.

            ¡Ayúdame, Señor, a no claudicar, a no retroceder, a no quedarme caído! ¡Dame energía para la perseverancia, fuerza para levantarme! ¡Y haz que el móvil para levantarme seas Tú y el Amor tan fuerte que me tienes!
V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .
         
4ª ESTACIÓN. Jesús se encuentra con su Madre:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
            En medio de la frialdad con que muchos presencian el fin de tus días, en la más completa inconciencia e ignorancia de la donación total de tu vida -Jn 13, 1-, el encuentro con María, tu Madre, fue presencia e impulso que permitió que Tú, Jesús mío, sacaras fuerzas para seguir amando a la humanidad hasta el extremo de tus fuerzas humanas.

            "Indefenso se entregó a la muerte, y con los malhechores fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos e intercedió por los rebeldes" Is 53, 12. Con todo tu dolor materno, María, eres capaz de animar a Jesús a dar la mayor prueba de amor, a impulsarle a creer, a esperar, a amar y a colocar por encima de todos los valores el valor de la Vida eterna, pues la muerte de tu Hijo es el precio de la Alianza de Dios con la humanidad entera. Sólo tú, María, fuiste capaz de entender cómo Dios hacía nuevas todas las cosas.

            Como escribe exquisitamente el Papa Benedicto XVI: "Por esto, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los Padres sinodales han afirmado que «María inaugura la participación de la Iglesia en el sacrificio del Redentor».

            Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvación. María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía."

            Te unes íntimamente al sufrimiento de tu Hijo. Eres corredentora con Él -Jn 19, 25-27-. Sufres con Él. Sintonizas con Él -Mt 12, 46-50-, le apoyas, le alientas Lc 8, 19-21-. Te entregas y fundes con su entrega -Lc 2, 41-52. Te donas al Padre en este nuevo parto, de engendrar como hijos a toda la humanidad Lc 2, 35.

            Estás a su lado. Le acompañas en medio del tropel, de la multitud indiferente, injusta e ingrata, en medio de la humanidad ciega ante su Dios a punto de ser inmolado, entre los cuales estoy yo.

            ¿Por qué no puedo amarle más? No, porque Él no me haya dado suficientes pruebas de amor, ni suficiente capacidad para amar, sino porque tengo otros intereses que lucen más ante ese corrupto mundo y esta seductora sociedad. Prefiero tener más dinero, más gloria humana... que pesar más ante Dios y eso me lleva a dar muerte a la Vida de Dios en mí.

            Sólo quien ama mucho está dispuesto a pasar por la humillación máxima con tal de responder al Amado. Quiero emprender mi camino de cercanía.

            También en mi Vía-Crucis, cuando parece que todo está perdido, que ya no tengo fuerzas para seguir entregándome, Tú, Madre, acércate como a Jesús, impúlsame a dar mi vida por la Vida, está pronta para decirme: Ama, ama, ama sin cansarte, y si te cansas de amar, continúa amando.

        ¡Permíteme y enséñame a acompañar a Jesús contigo y como Tú, Madre querida! ¡Que mi presencia y cercanía alivie a Jesús, también hoy, como ayer le alivió tu cercanía de Madre! ¡Quiero seguir de cerca este Vía Crucis, este camino de Amor extremo.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .

5ª ESTACIÓN. Simón de Cirene es obligado a ayudar a Jesús:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
            En tu entrega hasta el extremo, Jesús mío, tuviste necesidad de colaboración. Tú, el Hijo amado de Dios, has querido necesitar de una persona que, voluntariamente o no, arrime el hombro y colabore contigo cargando con el pesado peso del pecado de la humanidad.

            Jesús mío, no puedes más: la agonía en el Huerto -Mt 14, 32-42-; la inhumana y cruel flagelación atado a la columna -Jn 19, 1-, la humillante coronación de espinas -Jn 19, 2-, los latigazos, la falta de comprensión de los soldados, te dejan destrozado, agotado, al borde de tus fuerzas minando tu salud.

            Para prevenir que no fallecieras en el camino y para asegurar que llegaras vivo a la cruz, los soldados fuerzan a un hombre a ayudarte a cargar con tu cruz: "Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y le obligaron a llevar su cruz" -Mt 27, 32-.

            En principio, no colabora por propia iniciativa, pero en la medida en que camina tras de Ti, ya no puede dejarte. Mi primera reacción fue también la de poner resistencia a mi seguimiento, pero apenas me acerqué a Ti, algo me impidió dejar de colaborar: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame" -Mt 16, 24-.

            ¿Cómo amarte, Jesús, sin ser sensible a tu necesidad de colaboradores en tu Iglesia y en la humanidad entera? ¿Quién arrimará el hombro? ¿Acaso no identificamos en el dolor del hermano a Jesús? Quiero comprometerme en la Evangelización, en el hacer a todos verdaderamente discípulos tuyos, y que los que se llaman discípulos sean misioneros. Quiero colaborar para que todo hombre te conozca, te ame, te sirva, te siga y acepten el amor hasta el extremo amando como Tú.

            ¡Ayúdame, Señor, a salir de mi insensibilidad! ¿Quién puede hacerse el sordo o el ciego? ¿Quién puede esquivar a un ser tan consumido y agotado como Tú, Jesús mío, en tu pasión de Amor por mí? ¿Quién puede no ayudarte a que los hombres se dejen reconciliar contigo? ¿Quién puede desarrimar el hombro, si te ha seguido un poco de cerca? Quiero ser instrumento de la Alianza que tú quieres sellar con toda la humanidad y con cada persona. Creo que Tú me necesitas como tu colaborador. ¡Heme aquí! ¡Te ayudo a que en mi cuerpo ponga lo que falta a tu pasión!

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .
         
6ª ESTACIÓN. La Verónica limpia el rostro de Jesús:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
            El rostro divino del hombre y el rostro humano de Dios ¿Quién es capaz de reconocerlo? En el camino de la cruz, con espontaneidad y sin ningún forcejeo, surge una mujer recordada como la Verónica. Ella, en su camino de amor, libre del respeto humano, y despreocupada por la opinión de los demás, se dispone a limpiar tu Rostro, Señor, un rostro desecho, desfigurado, sin aspecto, que no parecía el de un ser humano: "Muchos quedaron espantados al verlo pues su cara estaba desfigurada, tanto, que no parecía un ser humano" Is 53, 1ss.

            Muchos lo vemos, pero nos quedamos contemplando tu rostro desfigurado sin hacer nada, sin actuar, en la más manifiesta indiferencia. Pero esta mujer se distingue de la gente normal, pasiva, estática, que lamenta, sin poner remedio. Tiene la valentía de salir a tu paso y sin importarle el "que dirán" se te acerca para limpiarte el rostro, lleno de sudor, de sangre, de polvo, de heridas ...

            Lo grande es tu respuesta de correspondencia, por la que Tú, Jesús querido, dejas estampada tu vida en su amor. Quien se acerca a Ti tiene como paga en su corazón tu Rostro grabado en él: "No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" diría San Pablo Gál 2, 20.

            Cerca de Ti, mi vida va transformándose y convirtiéndose en otro Cristo. Estampas tu imagen en mi corazón, cada vez que, a fuerza de querer limpiar tu rostro, se me adhiere tu forma de ser, de vivir, de morir, de entregarte, de amar. ¡Revísteme de Ti, Jesús! ¡Quiero recibir una personalidad nueva! ¡Quiero que transformes mi ser! ¡Deseo ser hombre nuevo! ¡Quiero manifestar tu Amor por mí a mi prójimo, con la misma calidad! ¡Quiero ser tu discípulo y misionero! ¡Mi fin no será otro más que amar hasta el extremo, hasta dar la vida! Col 3, 5-10.

            ¡Ayúdame, Señor, a salir de mi indiferencia, de mi pasividad! ¡Déjame entrar en tu cercanía, a limpiar tu Rostro, a trabajar contigo y por ti! Sé que los cristianos más que revelar tu genuino rostro lo hemos vejado. Sé que hay que limpiar el rostro y la imagen falsa que muchos tienen de ti. Pero, ¿Cómo hacerlo? Saliendo del amodorramiento en que muchos de los creyentes estamos viviendo y lanzándonos a seguirte más de cerca, como la Verónica, sin miedo.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .

7ª ESTACIÓN. Jesús cae por segunda vez:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

            Caes por segunda vez. Algo más difícil de afrontar que la caída es la recaída. Cuando tocamos suelo, con tanta frecuencia, y una vez tras otra, nos vemos sometidos a una debilidad que raya en impotencia -2Cor 12, 7- siempre hay una razón.

            Intuyo, mi querido Jesús, cuál es la razón que te hace recaer, desplomándote en el suelo: es el dolor que sientes por el que te entregó, por Judas, tu discípulo, al que llamaste "amigo", aún en el momento que vendía tu vida a cambio de un dinero, precio de su traición -Lc 22, 1-5.47.53-.

            ¿Cómo no recaer? Tu amor hasta el extremo se resiste a su suerte, mejor a su desgracia -Mc 14, 21- Era uno de los Doce Jn 6, 70-71, de los de tu confianza, de los que Tú llamaste. Él te había seguido y seguido de cerca. El estaba invitado a orar en el Huerto, conocía el lugar Jn 18, 2, le era familiar pasar allí orando contigo alguna noche. Pero, lejos de Ti, entró en él la noche Jn 13, 30. Era la hora de las tinieblas Lc 22, 53. Una hora que pesaba sobre ti, hasta hacerte volver a caer.

            Querido Jesús, caído bajo el peso de la infidelidad de tu discípulo, que no logró asimilar lo que Tú, tantas veces le quisiste enseñar ante todos, y también en privado. No se puede servir a dos señores, no se puede tener el corazón en Dios y en el dinero -Lc 16, 13-. No es posible vivir una doblez de vida, que a la corta o la larga, llevará a arruinar y a perder la vida por no quererla dar -Lc 9, 24-. No podemos separar el culto de la fe y de la vida.

            No te es indiferente la respuesta de los tuyos. Lo sé. Y sé que cada vez que como él te vendo, te dejo, y ofendo, provoco en Ti, Maestro, una nueva caída... Déjame preguntarte, cómo en vez de abatirte, puedo colaborar a aligerar tu cruz, e incluso a levantarte.

            Acercándome a Ti, Jesús bueno y justo, mirándote de frente, dejándome ayudar, volviendo a reiniciar un nuevo seguimiento. Volveré a comenzar, sin perder la esperanza de poderte seguir. El ver que te levantas por amor a mí, haga que me levante por puro amor a ti. Dame, Jesús bueno y justo, superarme en cada recaída, con esa esperanza y ese temple que se adquiere al calor de tu fragua de amor hasta el extremo.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .

8ª ESTACIÓN. Jesús habla a las mujeres de Jerusalén:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

            En el camino de la cruz, y en medio del tropel sobresale un gran número de mujeres que no resisten el impacto de un cuerpo destrozado, ante el cual se vuelve el rostro -Is 52, 14; 53, 3- y mucho menos, tu mirada, Señor, empañada de misericordia, saturada del amor impactante de un joven, que se ha negado a sí mismo y ha sido contado entre los pecadores, cuando en realidad llevaba sobre sí los pecados de muchos e intercedía por los pecadores Is 53, 12.

            Lo seguía mucha gente, especialmente mujeres y volviéndose a ellas les dijo: No lloren por mí, lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos. Lc 23, 28-31.

            En medio de tu propio dolor, Jesús, no estás replegado en ti mismo, sino que les hablas y les dices que no lloren por Ti sino por ellas mismas y también por sus hijos. Les evocas la inconsciencia del deicida pecado de matar al Hijo del hombre, al Esperado, al Mesías que iba a venir. ¡Qué contrate! Lloramos la muerte que a la vez causamos...

            Lamentarse de poco sirve. Es preciso ir más a fondo y examinar las causas de esta situación de pecado. Son nuestras dolencias las que Tú cargas, son nuestros dolores los que te están pesando. Son nuestras rebeldías las que te llevan a la muerte, son nuestros pecados. Tú llevas nuestra culpa sobre tus hombres. Maltratado, como cordero llevado al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la esquilan, arrancado del mundo de los vivos y herido de muerte por los crímenes de tu mismo pueblo Is 53, 1-12.

            ¿Cómo no salir de mi inconsciencia de pecado al verte sangrando, sucio, sin aspecto? Despreciado y tenido como la basura de los hombres, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos ante los que se vuelve el rostro. Estaba despreciado y no hicimos caso de Él, dice Is 53, 3-4.

            Perdóname y perdónanos, Jesús, porque ciertamente no sabemos lo que hacemos -Lc 23, 34-. Mueres por un pecado del que yo estoy en mi más total inconsciencia: el pecado de sacar de mi vida y de mi historia a Dios, de rechazar tu Vida ofrecida en una entrega de amor hasta el extremo. Sólo tu misericordia infinita, mi querido Jesús, nos puede rescatar de la inconsciente maldad de haber preferido las tinieblas a la luz.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .

9ª ESTACIÓN. Jesús cae por tercera vez:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

            Tu tercera caída, Jesús bueno y justo, es fecunda expresión de un camino de amor hasta el final, hasta el agotamiento. Sin palabras y con gestos de amor que llegan al extremo, tu volver a caer bajo el peso de tu pesada cruz, es para mi conciencia adormilada y muerta, el más potente grito. Despiértame por fin. Vuélveme a repetir: "¡Tú que duermes, despiértate, levántate de entre los muertos!" Ef 5, 14.

            Sé que el no levantarme es lo que en Ti ocasiona el caerte otra vez. Tú que pasaste por el mundo haciendo el bien y levantando a tantos postrados y caídos, diciendo a cada uno con poder y con fuerza: "Levántate" -Mt 9, 6.25; Mc 5, 41- te resulta pesado, sumamente difícil el poder levantarte, Jesús.

            ¿Cómo va a levantarse del suelo, quien va a ser abandonado por todos sus discípulos y hasta negado por uno de los más incondicionales llamado Pedro? Tú habías anunciado tu Pasión inminente, que ibas a morir, ser condenado a muerte y sufrir el fracaso al extremo, al cual rotundamente se resistía Pedro. Él se opuso a tu muerte, él se ofreció a correr también tu misma suerte -Mt 16, 21-23-, y hasta estaba dispuesto a dar por Ti su vida -Lc 22, 33-. Pero también cayó.

            A todos nos llega la hora de la sacudida, en la que la vida nos zarandea como al trigo -Lc 22, 31-, y entonces, como Pedro, pecamos, te negamos, caemos. Y todo por seguirte de lejos -Lc 22, 54-. Eso te hace caer. Nada te agota y te hiere tanto como esas hondas heridas de tus amigos -Zac 13, 6- y de los que, en teoría, te amamos tanto.

            Jesús caído: ¿Qué decirte, qué pedirte? Me humilla mi pecado, mi persistir en él. Te hace caer mi farsa, mi cuento, mi hipocresía, mi calumnia, mis chismes, mis engaños, mi falsedad de vida, mi doblez. Oculto mis miserias, encubro mis flaquezas, disimulo el conflicto, viviendo en la mentira...

            Perdóname, Señor Jesús, por esquivar mi cruz, mas tengo la esperanza de que tu extremo amor, redima mi pecado, que me dé fuerza el que Tú me has amado primero, porque yo era el necesitado. Y es que si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo, pero si muere da mucho fruto. Jn 12, 24. Que el Amor de Cristo te levante, y una vez levantado, levantarás a todos, los que tenemos puesta en Cristo nuestra esperanza. Jn 8, 28.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .

10ª ESTACIÓN. Jesús es despojado de sus vestiduras:


V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

            "Los soldados romanos llevaron a Jesús al palacio del gobernador y reunieron a toda la tropa en torno a él. Le quitaron sus vestidos y le pusieron una capa de soldado de color rojo. Después le colocaron en la cabeza una corona que habían trenzado con espinas y en la mano derecha una caña... Después que se burlaron de Él, le quitaron la capa de soldado, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar" -Mt 27, 27-29-.

            La violencia de ser despojado de los derechos humanos, de nuestras pertenencias, de nuestras ideas, y de todo lo que considera cada uno como propio, particular y suyo engendra, en general, la violenta violencia.

            También Tú, que eres nuestro Camino, has permitido la violencia de ser despojado de todo, hasta de tus vestiduras. Has padecido las humillaciones de los más indefensos, de todas las víctimas sobre las que se descarga la violencia ciega en todos los pueblos. Llevas en ti el pecado de toda la humanidad.

            Pero Tú has roto el engranaje del mecanismo humano de pagar mal por mal. No te dejaste vencer por el mal, sino que más bien venciste el mal a fuerza de bien Rom 12, 21. Y en esto manifiestas tu señorío, tu majestuosidad, tu dominio, tu riqueza. No te importan las cosas, te interesan las personas, te interesa amar a todos y en todo tiempo y para ello se precisa desprendimiento Fil 2, 1-18.

            Tú, Jesús mío, en tu extremo de amor, permites que te despojen de todo... y yo, por amor a Ti, ¿permito que se me despoje de algo? Sinceramente, debo reconocer que estoy aferrado a mi yo, y a lo mío. Digo que te seguiría... que me entregaría a Ti... pero como el joven rico estoy apegado a demasiadas cosas... Mc 10, 17-22.

            Enséñame, Señor, a que no me afane por las cosas, impúlsame a buscar el Reino más que las añadiduras Mt 6, 33, a seguir al que no tiene donde reclinar su cabeza Lc 10, 58, a cargar con mi cruz Lc 9, 23, a renunciar a mí y a mis intereses por los tuyos. Señor, Tú, que por amor a mí, renunciaste a tus gustos, haz que yo, por amor a Ti, renuncie a todo.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .


11ª ESTACIÓN. Jesús es clavado en la cruz:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

            Mi querido Jesús, clavado en una cruz: Con tus brazos abiertos, confirmas y sellas una historia de amor sin límite, sin fronteras.

            Levantado en alto sobre la tierra Jn 8, 28, es tu cuerpo, clavado en una cruz, el más fuerte testigo de alianza de amor entre el cielo y la tierra, entre el hombre y Dios. Y tus últimas palabras, pronunciadas muriendo, para darnos la Vida son nuestro Testamento, palabras inmortales escritas con tu sangre, que libran del pecado y la muerte a todo el que las viva:

            "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen" Lc 23, 34

            "En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso" -Lc 23, 43-.

            "Mujer, ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu Madre..." Jn 19, 26-27.

            "Elí, Elí, lamá sabactaní... Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Mt 27, 46.

            "Tengo sed" Jn 19, 28.

            "Todo está cumplido" Jn 19, 30.

            "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" Lc 23, 46.

            Jesús, levantado en la cruz, para que todo el que crea en Ti tenga Vida Eterna, déjame confesar como el centurión al pie de la cruz: "Realmente este hombre era justo" Lc 23, 47... "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" Mc 15, 39.

            Donde mueres tú se oscurece la vida, invade el pecado y reinan las tinieblas. Y no obstante, Tú mueres con los brazos abiertos, abarcando a todos los hombres de todas las latitudes, de todos los tiempos, para que por la muerte, venga la luz.

            Jesús bueno y justo, tal vez un día, como Tú, extiendan mis brazos sobre una cruz. Yo solo quisiera, que mereciera una muerte así: Como Tú vivir, como Tú morir. Que no me cruce de brazos, siendo que Tú has muerto con los brazos abiertos.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .

12ª ESTACIÓN. Jesús muere en la cruz:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

            Después de tres horas de penosísima agonía, entre los insultos y las burlas de hombres en cuyas manos estaba humanamente tu vida, muere, Jesús, poniendo tu vida en manos del Padre -Lc 23, 46-.

            "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga Vida Eterna" Jn 3, 16. Pero a ese inmensísimo amor, nosotros respondimos con el rechazo. Preferimos las tinieblas a la luz.

            También hoy como ayer nos sigues enviando profetas e igualmente los seguimos matando. Más de trescientas son las personas que mueren cada año haciendo de su vida una bomba de amor, discípulos tuyos que imitan hasta el martirio tu amor sin límites, cristianos que siguen siendo el don del Padre a nuestra humanidad rebelde y pecadora, que prefiere matar al Justo que hacer justa su vida.

            ¿Quiénes serán los que ante tal nube de mártires no comprenderán que Jesús sigue muriendo? "Llorarán por aquel que traspasaron, como se siente la muerte de un hijo único, y lo echarán de menos, como se lamenta el fallecimiento del primer hijo" -Zac 12, 11-.

            Mi Jesús bueno y justo, clavado en una cruz, en tu muerte han quedado selladas con sangre tus palabras: "No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos" Jn 15, 13. Permíteme decirte que no habrá sido inútil tu vida ni tu muerte, pues, "si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto" Jn 12, 24.

            Con tu martirio, eres el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y con tu sangre nos redimes y adquieres para la eternidad nuestra vida: "Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y por tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo, nación Ap 5, 9-10.12.

            Ayúdame a aprender que tu muerte conduce a la vida. Que no tema darme a ti hasta el extremo. Que aprenda a ver en Ti, Jesús, Amor hasta el extremo, mi camino de Cruz, mi camino de Vida, mi camino de Amor. Y que, además, Jesús sepa identificarte en todos mis hermanos que están crucificados, y por ser miembros de tu Cuerpo prolongan tu crucifixión en el mundo de hoy.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .
                 
13ª ESTACIÓN: Jesús es bajado de la cruz:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

            Me mueve a entregar mi vida, el tener tu Cuerpo, sin vida, entre mis brazos, como lo tuvo María, cuando Tú, Jesús bueno y justo, fuiste bajado de la cruz y en brazos de tu Madre dejado.

            ¿Cómo respondimos al infinito amor del Padre que tanto amó al mundo, que entregó a su Hijo Único para que todo el que creyera en él no pereciera sino que tuviera vida eterna? Jn 3, 16.

            Quisiera, Madre, compartir el dolor de una mujer segura de la inocencia de su Hijo ajusticiado injustamente Mc 15, 39; consciente de que es la hora de más tiniebla y más pecado de la humanidad; partícipe del dolor de Dios, dolor que, en el cuerpo destrozado de Jesús, es un grito de amor hasta el extremo.

            Madre querida, mujer que, al pie de la cruz, con firmeza y fortaleza sin igual, acogiste la última voluntad de Jesús, de que me adoptaras como tu hijo Jn 19, 26; quiero decirte: "Mujer, ahí tienes a tu hijo", te acepto como mi Madre; me pongo en tus manos, Mamá, como ese hijo recién nacido del Costado abierto de tu Hijo querido Jn 19, 34.

            ¡Contágiame, Madre, tu seguridad, tu firmeza, tu fe, tu fortaleza, tu esperanza, tu serenidad, tu entereza, tu valor! ¡Haz que imitándote, mi vida vaya adquiriendo una calidad y un temple que me permita no derrumbarme ante lo que humanamente es tan hostil y duro! ¡Ayúdame, Madre, a acoger en mis brazos el Cuerpo de Cristo, muerto todavía hoy en tantos de sus miembros! ¡Ayúdame a hacerme cargo de tantos hermanos míos a los que todavía no ha llegado la Buena Nueva de la Vida eterna! ¡Dame tu apoyo para participar activa y responsablemente en la obra del rescate de muchos hermanos míos, y para pagar con el precio de mi entrega, la vida de muchos que todavía están esclavos!

            ¿Te acogeré de veras, muerto entre mis brazos, esperando que resucites en todos mis hermanos?

 V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .

14ª ESTACIÓN. Jesús es sepultado:

V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

            Tu cuerpo, sin vida, pasa a las manos de uno de los discípulos, para recibir de él, digna sepultura:

            "José de Arimatea, se presentó a Pilato. Era discípulo de Jesús, pero en secreto, por miedo de los judíos... Pidió a Pilato la autorización para retirar el cuerpo de Jesús, y Pilato se la concedió. Vino y retiró el cuerpo de Jesús" Jn 19, 38. Lo envolvió en una sábana y lo depositó en un sepulcro" Lc 23, 50-53.

            Este acto de dar sepultura a tu cuerpo, Jesús, es para tus discípulos el golpe más duro a sus esperanzas. Se esfuman los ideales de los que se quedan solos, sin su Maestro. Se va instalando en ellos la tristeza, la decepción, la vuelta al pasado. Es por eso, que regresan a Emaús dos de sus discípulos -Lc 24, 21-, que Tú, Jesús bueno y justo, experimentando en lo más profundo de sí mismos la tiniebla, el miedo y la soledad Jn 20, 19.

            ¿Qué hacer si el Maestro de la Vida está atenazado por la muerte? ¿Tiene la muerte la última palabra? Si así fuera, vana sería nuestra fe 1Cor 15, 2: "Él fue sepultado, y resucitó al tercer día" 1Cor 15, 4. Nada es imposible para Dios Lc 1, 37, y Él sabe sacar de esta muerte santa, la Vida misma.

            No permitas, Señor, que la muerte me impida ver el más allá de la Vida. Ayúdame a comprender que la muerte no es el horizonte último de la existencia humana. Y cuando me sienta hundido, en lo más oscuro y en lo hondo del sepulcro, enséñame que, contigo, eso no es sino el momento que precede a la máxima exaltación, si lo vivo desde la fe, contigo, por Ti y en Ti.

            ¿Aceptaré de veras, la máxima humillación, seguro de que el grano de trigo que se entierra y muere produce mucho fruto? Jn 12, 24.

V. Señor, pequé.
R. Ten piedad y misericordia de nosotros.

Padrenuestro ..., Avemaría ..., Gloria ... .