DISCÍPULOS Y MISIONEROS
Vida de gracia
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2. EL SACERDOCIO EN LOS EVANGELIOS

A. Jesús presentado como PROFETA, no como "sacerdote".

        El Nuevo Testamento reserva la palabra hiereus para los sacerdotes judíos y paganos. Nunca es aplicado a los ministros de la Iglesia, y a Cristo solo es aplicado en la carta a los Hebreos. Dicho esto vamos a comprender dos series de textos que hablan por una parte de la institución sacerdotal antigua y por otra parte, textos que afirman el cumplimiento cristiano del sacerdocio.

       Los escritos de los evangelios y de los Hechos no dan jamás a Jesús ningún título sacerdotal. Cuando hablan de sacerdotes es siempre en relación al sacerdocio judío o pagano. San Lucas nos habla del sacerdote Zacarías en el ejercicio de sus funciones (Lc 1, 8s), igualmente Jesús envía a un leproso curado que se presente al sacerdote e hiciera la ofrenda prescrita. No hay conflicto sino con los principales sacerdotes y con el sumo sacerdote. Jesús no abre ningún conflicto con los actos de culto del sacerdocio, sino más bien desde el ejercicio de poder, pues será este poder quien lo persigue y lo condenará a muerte (Mt 26, 62-66). Aunque la acusación final no será solo en términos políticos sino también religiosos (Mc 14, 63; Mc 14, 58).

       Ni la persona de Jesús, ni su ministerio, ni su muerte respondían al concepto antiguo de sacerdocio. Jesús no pertenecía a la tribu de Leví, sino la de Judá, no era "sacerdote" según la ley mosaica. Nunca pretendió en su vida se kohen ni ejercer función sacerdotal al estilo de la tribu de Leví.

       Su ministerio fue más destacadamente profético: comenzó a predicar al estilo profético, se expresaba como ellos, con acciones simbólicas, hizo milagros que recordaban el tiempo de los profetas Elías y Eliseo (multiplicación de los panes 2Rey 4, 41-44; resurrección de una viuda 1Rey 17, 17-24; 2Rey  4, 18-37). Igualmente fue reconocido más que sacerdote, como maestro (Mt 22, 16; Jn 3, 2), y como gran profeta (Lc 7, 16.39; Mt 21, 11.46; Jn 4, 19; 6, 14). Pedro proclamará después de la resurrección que Jesús era el profeta semejante a Moisés, prometido por Dios en Dt 18, 18.

       De este modo Jesús continuó la tradición profética de crítica al formalismo religioso, en la cual quedaban involucrados los sacerdotes. Hacía poco caso de la pureza ritual (Mt 9, 10-13; 15, 1-20), rehusaba dar un valor absoluto a las prescripciones que se referían al sábado (Mt 12, 1-13; Jn 5, 16-18), y no aceptaba el concepto antiguo de la santificación por medio de separaciones rituales (Mt 9, 13; 12, 7). Jesús observaba que entre dos modos de servir a Dios, uno con ritos y separaciones y el otro con entrega al prójimo, Dios mismo había expresado su preferencia por el segundo. Incluso la muerte de Jesús ocurrió fuera de la ciudad santa, su muerte fue una pena legal, la ejecución de una condena infamante. No fue un acto de santificación ritual, sino, al contrario, un acto de execración, que hacía de él una maldición (Dt 21, 22s). Era, por tanto, imposible, hablar de Jesús como sacerdote, pues hubiera provocado gran confusión para la inteligencia histórica de entonces.

B. Indicios del nuevo sacerdocio

De la tribu de Judá.

       En un principio Jesús fue reconocido como el mesías davídico (He 2, 36) porque Jesús pertenecía a la tribu de Judá y a la descendencia de David. Sin embargo, el mesianismo davídico no carecía de conexiones con la institución cultual. Ya el oráculo de Natán profetizaba que el hijo de David construiría la casa de Dios (2Sam 7, 13).

       También los relatos de la última cena contienen un episodio de inmenso alcance para la relación con Dios. Tomando el cáliz, Jesús dijo: "Ésta es mi sangre de la alianza" (Mt 26, 28). Tal gesto con tales palabras no estaba ciertamente previsto en el ritual antiguo; constituía una innovación sorprendente. La unión de "sangre" y de "alianza" recuerda el sacrificio de alianza referido en Éx 24, 6-8. Ello daba una determinación sacrificial al acto de Jesús, y por tanto a su muerte, que este gesto anticipaba. De este modo el mismo San Pablo expresaba la incompatibilidad entre los cultos sacrificiales, el de la eucaristía y el de los ídolos (1Cor 10, 14-22). La renovación del culto se encuentra en los acontecimientos de la institución de la eucaristía, de la pasión y de la resurrección de Cristo.

       También la fecha de la muerte de Cristo sugiere su carácter sacrificial, pues la ponía en relación con la inmolación del cordero pascual (Mt 28, 2; Jn 18, 28; 19, 4). En 1Cor 5, 7 Pablo proclama: "Cristo, nuestro cordero pascual, ya ha sido inmolado". En Rom 3, 25, también emplea vocablos del culto sacrificial: "A Jesucristo, Dios lo expuso públicamente como propiciatorio, por medio de la fe, en su sangre". Y en Éf 5, 2: "Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios".

       Ciertamente Cristo ha sido víctima inmolada por nuestros pecados. Sin embargo, el sacerdocio de Cristo y el levítico eran necesariamente distintos. Será el autor de la carta a los Hebreos quien defina el nuevo sacerdocio inaugurado por Cristo.