En aquellos días, el Señor dijo a Josué: “Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto”. Los israelitas acamparon en Guilgal, donde celebraron la Pascua, al atardecer del día catorce del mes, en la llanura desértica de Jericó. El día siguiente a la Pascua, comieron del fruto de la tierra, panes ázimos y granos de trigo tostados. A partir de aquel día, cesó el maná. Los israelitas ya no volvieron a tener maná, y desde aquel año comieron de los frutos que producía la tierra de Canaán.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial Salmo 33
Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Bendeciré al Señor a todas horas, no cesará mi boca de alabarlo. Yo me siento orgulloso del Señor, que se alegre su pueblo al escucharlo.
Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Proclamemos la grandeza del Señor y alabemos todos juntos su poder. Cuando acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todos mis temores.
Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Confía en el Señor y saltarás de gusto, jamás te sentirás decepcionado, porque el Señor escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias.
Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Segunda Lectura
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios 5, 17-21
Hermanos: El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo. Todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos confirió el ministerio de la reconciliación. Porque, efectivamente, en Cristo, Dios reconcilió al mundo consigo y renunció a tomar en cuenta los pecados de los hombres, y a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es Dios mismo el que los exhorta a ustedes. En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios. Al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo “pecado” por nosotros, para que, unidos a él, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Aclamación antes del Evangelio Honor y gloria a ti,
Señor Jesús. Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”. Honor y gloria a ti,
Señor Jesús.
Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’. Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’. Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete. El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’. El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ ”.
¡Alegrémonos! ¡Se acerca nuestra liberación! Por Cristo se nos concede anhelar año tras año, con el gozo de habernos purificado la solemnidad de la Pascua, para que dedicados con mayor entrega al amor a Dios y al prójimo, por la celebración de los misterios de la pasión, muerte y resurrección, que nos dieron vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios.
Hoy en el Evangelio, Jesús nos enseña a reconciliarnos con Dios: dejarnos transformar por él para iniciar unas nuevas relaciones con el amor paterno de Dios, el amor filial y fraterno. Nos enseña que Dios, la Iglesia y nuestras relaciones son familiares: de padre, hijo y hermano. ¿Por qué? Porque es la identidad de Dios, de la Iglesia y la nuestra. Dios es Amor. El que no ama está perdido y muerto, pero quien reconoce la misericordia gratuita y el amor de Dios amando como Él es reconciliado y vivificado.
¿Nuestras relaciones familiares, comunitarias y sociales se basan en el amor recíproco? ¿Nos alegramos en el hecho de amar? ¿O juzgamos según los méritos de los hijos, hermanos o compañeros? ¿Nos tratamos según leyes o normas rígidas o con la ley del amor misericordioso? No es en las cosas que uno posee o que carece, sino el amor de Padre, de hijo, de hermano, de prójimo lo que asegura la vida verdadera.
El papel que juega el trato entrañable y la educación en la familia cristiana es fundamental, pues de igual modo que del Padre toma nombre toda familia, también de la familia toma nombre toda relación humana y entrega a los demás. El Evangelio de hoy nos invita a convertir los corazones de los hijos hacia los padres y el de los padres hacia los hijos (Ml 3, 24; Lc 1, 17). Entremos por tanto en la escuela de Jesús desde el Evangelio de hoy.
Hay verdades que solo se aprenden cuando rozan con la exageración. Así es el comportamiento de Jesús con los publicanos y pecadores, extremadamente sorprendente: no solo los acoge y les abre gratuitamente a un horizonte nuevo de vida, sino que hasta come con ellos que significaba comunión de vida y amor. ¿Por qué Jesús da siempre otra oportunidad? ¿Por qué eligió para sus Doce un publicano? ¿Por qué da a quien menos merece, a un hijo que humanamente no tiene perdón porque se perdió voluntariamente hasta caer en la más vil ruina?
Jesús nos indica entonces que sencillamente hace lo que ve hacer al Padre y dice lo que escucha al Padre. Y es que Dios actúa no determinado ni condicionado por nuestro actuar, ya sea de buenas o malas obras o indiferencias, sino que Dios actúa por su Ser, y su Ser es Amar.
Misericordia o rahamim en hebreo, o como dice el Evangelio en griego splangjnísze significa conmoción de entrañas maternas, expresa el apego de un ser a otro, y este apego nace en las entrañas o seno materno. Hoy diríamos cuando una persona se encuentra en el corazón de la otra. Cariño y ternura se traduce en perdón y compasión. El otro forma parte de su ser, es ponerse en lugar del otro, sentir en la propia carne el dolor del otro.
Las experiencias del amor entrañable de Dios nos hacen constatar que Dios no quiere prescindir de ninguno de sus hijos. Si la medida del amor es amar sin medida, como subrayaba San Agustín, ¿cuál será la medida de la misericordia? “Donde abunda la miseria sobreabunda la misericordia” -Rom 5, 20-. La bondad de Dios no está en proporción directa a nuestros méritos o buenas obras, sino a su misericordia Tito 3, 5.
En las parábolas Jesús nos hace comprender su actitud frente a los pecadores. Es verdad que la antigua ley obligaba a permanecer separados de los pecadores. Por este motivo a los fariseos y escribas no les interesaba tanto el perdón divino sino la actitud de Jesús, porque hasta el mismo Jonás o Juan Bautista se separaba de los pecadores. Es sabido que Jesús era acusado de ser “un comedor y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores” Lc 7, 34. Ya Jesús estableció una nueva forma: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” Mc 2, 17. Al sentirse acogidos y no juzgados, éstos le escuchan gustosamente.
No podemos ni debemos entender como “pecadores” a los criminales, ladrones, adúlteros, blasfemos, brujos u otra cosa por el estilo. Las cosas no eran así. Los fariseos y escribas tenían una visión propia de la ley y de lo que es conforme o contrario a ella y consideraban réprobos a los que no se conformaban con su rígida interpretación de la ley. Pecadores, en síntesis, eran para ellos todos los que no seguían sus tradiciones y dictámenes. James Dunn decía al respecto:
“No es verdad que Jesús abriera las puertas del reino a criminales empedernidos e impenitentes, o negara la existencia de pecadores. Jesús se opuso a las empalizadas que se levantaban en el cuerpo de Israel, por las cuales algunos israelitas eran tratados como si estuvieran fuera de la alianza y excluidos de la gracia de Dios”.
¿Cuál es la herencia que me toca? En verdad los bienes de este mundo nos han sido entregados en la creación para administrarlos en orden al Amor -1Cor 4, 7-. Dios nos ama como Padre, puesto que nos quiere ver crecer y madurar en el amor, quiere nuestra libertad para que construyamos nuestras vidas de manera responsable, todo lo pone en nuestras manos para que valoremos nuestra condición de hijos, para que vivamos la plenitud de la verdad que consiste en reconocer el amor de Dios y confiarse por entero a Él. El Padre quiere que seamos felices como él: entregando nuestra vida por amor y para amar, que de la misma manera que lo recibimos todo de él, también se lo entreguemos, sabiendo que lo único necesario es sentirnos hijos de Dios: la parte de nuestra herencia es Dios y qué pocos lo entienden, muchos son los que piensan que la parte de la herencia es el mundo y las cosas de este mundo.
¿En qué consiste el pecado? Amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios. En el cambiar el mundo y sus cosas por Dios, en creer que en la abundancia de bienes se encuentra la seguridad en la vida, en el perder la condición de hijo de Dios y cambiarla por ser hijos de la nada. El desorden en el amor arrastra inevitablemente a la pérdida del amor y a una dolorosa experiencia de escasez, de carencia, de pobreza, hambre y profunda insatisfacción. El pecado nos convierte en pordioseros, sin más horizonte que el de ir tirando, en un ambiente hostil, privado de todo, como forasteros, viviendo bajo el signo de la maldición (cf. Ecco 12, 6).
El pecado sitúa al hombre en un estado de tinieblas, de mentira, de sometimiento a Satanás, de dureza de corazón, de esclavitud a la concupiscencia, de la que se desencadena la fuerza del pecado, de perdición y de muerte. El evangelista destaca cómo malgastó su riqueza y llegó a esta situación límite de miseria y de muerte, por su propia culpa, él es quien se lo buscó, el único responsable de su mal. Jesús no rebaja la situación de pecado, sino que la trata con toda su crudeza y sin atenuantes… ¿Qué supone el pecado? ¿Qué malicia conlleva? ¿Cuáles son sus consecuencias? Y sólo cuando se ve así, intenta decir algo…
Hemos conocido el amor no porque hemos amado a Dios, sino que Él nos amó primero. Descubrimos, sorprendentemente que hay muy poco de arrepentimiento efectivo, y muy poco de confesión de su pecado, y en cambio observamos mucho de cálculo e interés. No es que se plantee volver a la casa del padre por amor, ni confiesa tampoco humildemente sus pecados. Recordemos que los interlocutores de Jesús son los fariseos y escribas que murmuraban en su contra.
El contraste entre estar cerca de Dios y estar alejado de Él es fortísimo. Cuanto más nos alejamos de Dios más fuerte es nuestra insatisfacción, pues no hemos sido creados para el mundo y las cosas de este mundo, sino para Dios. Lucas está dispuesto a exagerar en la situación de pecado para de este modo exagerar en la descripción de la misericordia de divina. La decisión se convierte en acción cuando realmente partimos y nos ponemos en camino. ¡Es tiempo de dejar la situación que nos impide ser amados por Dios y de amar como Él!
Un Amor entrañable que perdona. La actitud del Padre no es condenar, ni siquiera exigir sacrificios para la purificación como hacían los sacerdotes. No son las acciones o las palabras del hijo que condicionan la conducta del padre. Es el propio ser del padre, su fidelidad y la gloria de su Nombre la que hace estallar su corazón, su amor entrañable e inconmensurable que se sobrepone a toda actitud calculadora y hasta egoísta. La actitud del Padre tiene origen en su propio ser. El fruto de su propio ser paterno-materno es la alegría, la fiesta.
Un Amor entrañable gratuito. Para el padre no cuenta el mérito del hijo, ni su pasado ni su futuro, no juzga lo hecho ni pide nada a cambio, solo cuenta el regreso, la vuelta, la parábola misma nos da cuenta de las razones del Padre: “mi hijo, estaba muerto, estaba perdido, y ha vuelto a la vida, ha sido encontrado”.
Un Amor entrañable de encuentro. En el camino de vuelta al Padre hay un progresivo acercarse, vislumbrar y tender la mirada lo más lejos posible, lo más que lo permita el horizonte. Cuando como hijos perdidos, todavía no vemos al Padre, por la misma lejanía, por nuestros ojos debilitados o ciegos, por nuestro cansancio y por lo lastimado que estamos por el pecado, Dios ya nos ve.
Un Amor entrañable compasivo. "Su padre lo vio y sintió compasión". El amor entrañable del Padre divisa a lo lejos la figura de su hijo. Sólo el amor ve a tanta distancia. Y sólo el amor siente compasión: "¿No es Efraím para mí un hijo predilecto, o un niño mimado, para que después de cada amenaza deba siempre pensar en él y por él se conmuevan mis entrañas y se desborde mi ternura?" Jer 31, 20.
Un Amor entrañable apasionado. "Corrió a echarse a su cuello". El corazón del Padre intuye el cambio de su hijo y no puede dejar de amarlo: "De lejos Yahveh se le apareció”; "Con amor eterno te he amado por eso prolongaré mi favor contigo" Jer 31, 9. Tú que sientes tanto vacío de amor, pon tus ojos en la carrera de Dios de la cual tú eres su meta, su prenda, su premio, su razón para vivir, su gozo, y déjate buscar, encontrar y abrazar.
"Lo abrazó". Mientras el hijo camina lentamente, por su falta de vitalidad y por la debilidad en la que ha caído, el Padre bate su record de velocidad. Tiene vértigo hacia el más miserable de sus hijos y el más necesitado por eso, corre a abrazarlo. ¿Nunca te has sentido abrazado efusivamente por este Padre? El abrazo de Dios quema, sana tus heridas, te devuelve el vigor, te hace seguro en los brazos de la misericordia y te hace decir: "¿Qué Dios hay como tú, que aguanta la falta de respeto y que perdona la desobediencia de su grupo escogido? ¿Quién como tú, que no se enoja por mucho tiempo, pues te gusta perdonar?" -Mi 7, 18-.
"Y lo besó efusivamente". El beso es un signo del perdón -2Sam 14, 33-. "Ya que a ti te llamaban la Abandonada, nuestra presa de quien nadie se preocupa yo voy a devolver el vigor a tu cuerpo y voy a sanar tus llagas... los multiplicaré en vez de disminuirlos, los honraré en lugar de humillarlos” Jer 30, 10-20.
"Entonces el hijo le habló...". Ante tanto amor del Padre, hasta el más pecador y el más alejado de Dios empieza a hablar. Las palabras que no eran precisamente de arrepentimiento, sino de mucho cálculo e interés personal que va a pronunciar son las que pensó decirle al Padre, Lc 15, 18-19.
"Padre pequé contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo". El Padre no dejará que acabes esta confesión, no te dejará decir: "Trátame como a uno de tus jornaleros". Aunque tengamos palabras calculadoras e interesadas, el Padre solo va a escuchar que abrimos el corazón a él. ¡Nos trata como a un invitado de honor, como a su hijo estimado, perdido pero ahora hallado, muerto, pero ahora vivo! Le es imposible al Padre dejar de ser lo que es, le es imposible renunciar a su paternidad. Aunque el hijo haya obrado mal, el Padre ahogará este mal con abundancia de bien. Rom 12, 21
"El Padre dijo a sus servidores...". El hijo, al pedir perdón, podría esperar escuchar del Padre, una fórmula o una expresión que hubiera elaborado en su larga ausencia, como lo hizo él. Pero el perdón del Padre no es una palabra, que por suave que fuese, lastimaría al hijo. Su perdón son obras que desbordan de alegría y de generosidad. Es inmenso el contraste entre la idea del hijo: volver como jornalero, y la idea del Padre: tratarlo como hijo. El Señor hace que se celebre la Pascua: con el vestido de fiesta le da alta distinción, con el anillo le transmite plenos poderes (1Mac 6, 15); y con el calzado, lo eleva a ser un hombre libre. El hijo no debe andar ya más como esclavo.
"Comamos y alegrémonos, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo he encontrado". En un fuerte contraste entre el hambre que pasa fuera de casa y el banquete de fiesta que se le prepara, el hijo se reincorpora a la familia, a la comunidad. Su regreso y el nuestro son festejados por el Padre y por todos los que están en su casa.
"Y se pusieron a celebrar la fiesta". Esta fiesta familiar y comunitaria es la celebración de la bondad de Dios que nos ama con un amor que nos devuelve la dignidad perdida.
"El hijo mayor estaba en el campo, cuando al volver llegó cerca de casa, oyó la música y el baile". Él escucha lo externo, ve, pero no sabe lo que, en su ausencia, ha sucedido en el interior de su padre y de su hermano. Desconoce el drama del retorno, la violencia de deshacer entuertos y la dificultad de humillarse para pedir perdón. Él es de los que se tienen por justos y no puede comprender a los pecadores, y mucho menos tener misericordia con ellos Lc 7, 36-50.
"Llamando a uno de los sirvientes le preguntó qué significaba todo eso. Este le dijo: Tu hermano está de vuelta y tu padre mandó matar el ternero gordo, por haberlo recobrado con buena salud". Se había acostumbrado a vivir sin su hermano. Tal vez vivimos sin amor fraterno, sin éste que por ser tan distinto, parece que no merece un lugar en la familia. Tal vez no contemos con el posible regreso de otros y que les recibamos en la Eucaristía. ¿Tenemos con los demás un amor entrañable como el del Padre?
"El hijo mayor se enojó y no quiso entrar. Entonces, el padre salió a rogarle". El padre sale al encuentro del hijo mayor como del hijo menor. Él no es indiferente a ninguno de los dos, no excluye a ninguno. Pero mientras la reacción del menor es de dejarse amar, la del mayor es de una insensibilidad y dureza de corazón espantosa. ¡Cuántas veces los que estamos aparentemente más cerca del Padre, en realidad estamos más lejos! Estar cerca es tener sus mismos sentimientos y amar como Dios, amar "a lo Dios".
"Pero él le contestó: 'Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y a mí nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos' ". También nosotros tenemos a menudo la misma reacción: la envidia en casa. En vez de la misericordia, aflora el resentimiento y tristeza por el bien del otro. ¿No reaccionamos igual? Es hora de aprender la Ley del Evangelio de Jesús: "Misericordia quiero y no sacrificio" Mt 12, 7.
"Pero llega ese hijo tuyo, después de gastar tu dinero con prostitutas, y para él haces matar el ternero cebado". No le llama hermano, sino como "ese hijo tuyo", ese que no tiene nada que ver conmigo ni yo con él. El Señor nos propone, como medicina de nuestra intransigencia una fuerte ración de misericordia.
“El Padre le respondió….”. Si nos resulta difícil ser misericordiosos con los demás, dejémonos educar por Dios. Él quiere que seamos su reflejo, que expresemos sus sentimientos. Es lo que trató de hacer Jesús. Actuar con los demás con la misma misericordia del Padre, que hace salir el sol sobre buenos y malos (Mt 5,45) Una verdadera escuela de misericordia.
“Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo”. “Hijo mío has gozado siempre del amor del Padre, no has padecido hambre fuera de la casa, no te has hecho esclavo de nadie ¿Qué pierdes tú en que el otro sea amado? ¿Qué se te quita? ¿Sientes que es una injusticia el ser bondadoso con el otro?” Mt 20, 15. No te preocupes sólo por las leyes, puesto que la plenitud de la ley es amar al prójimo (Rom 13, 10; Gal 5, 14). No te fosilices en la aplicación de normas y leyes. ¡Ama! ¡Ten un corazón grande, un amor entrañable!
“Había que hacer fiesta y alegrarse”. No eres discípulo ni misionero de Jesús si no te alegras por el regreso de cada uno de los que han estado alejados de Dios. El amor misericordioso es el núcleo del mensaje de Jesús. Es hora de abrir muchas puertas. Muchos se sienten fuera de casa y no entran por la mala cara que les pone el hermano. Pon la cara de padre, sé misericordioso y alégrate con el hermano que se convierte.
Hay una fuerte razón para la alegría: “Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”. El pecado nos sumerge en la perdición y en la muerte. Estamos muertos cuando no amamos a Dios, cuando nos alejamos de Él, y en su ausencia caemos en el abismo de la desesperación y el sin sentido. Pero el regreso de la muerte, del abismo, de la soledad y la opción de iniciar una mayor convivencia amorosa con Dios es fuente de alegría. Es lo que debe entender el hijo mayor; y también yo.
Pero si uno no lo entiende, caerá en un pecado de la misma magnitud que el de su hermano menor. Porque lo que disgusta a Dios es el abandono y la ausencia de amor filial, pero también la ausencia, en consecuencia, de amor fraterno. ¿Aceptará el hijo mayor abrir su corazón a la misericordia? ¿Aceptarás tú? En el banquete eucarístico nos encontramos todos los reconciliados, con la misma gratitud y unidos en la misma caridad. Lo que hemos de procurar es que ningún hijo se quede fuera, que no escuche la invitación o que le llegue mal expresada, o que piense que es un caso perdido. Eso también depende en parte de todos nosotros.
Monición de entrada:
¡Alegrémonos! Ya se acerca la Pascua, cuando la misericordia de Dios se va a derramar en nuestros corazones para que, limpios de todo pecado, vivamos para Él.
Hoy, cuarto domingo de cuaresma somos invitados a participar en la alegría del encuentro de nuestra humildad con el amor misericordioso del Padre.
Como signo de nuestra humildad, levantémonos como el hijo pródigo y cantemos la Misericordia de Dios con alegría.
Monición a la primera lectura:
Estemos muy atentos para escuchar la Palabra de Dios que nos invita a la Pascua.
Monición al Salmo responsorial:
Respondamos a la Palabra de Dios con el salmo 33 expresando nuestra confianza en Dios.
Monición a la segunda lectura:
Escuchemos cómo se nos invita a la reconciliación.
Monición al Evangelio:
Escuchemos la Palabra del Señor que invita a celebrar su Misericordia alejándonos de la situación de pecado.
Monición a la colecta:
Hagamos realidad nuestra salvación compartiendo nuestros bienes y haciendo un mundo más justo y solidario.
Monición a la Plegaria Eucarística -ICUA-
Demos gracias a Dios por invitarnos a celebrar la Pascua después de habernos purificado.
Monición final:
Salgamos del templo de piedra para entrar en los templos de nuestra actividad diaria, donde a partir de ahora, estamos llamados a mostrar el Rostro de Cristo.
¡SUSCITA EN NOSOTROS LA FE!
Padre, sabes que necesitamos humildad para aceptar que tenemos necesidad de ti, que sin ti nada podemos. Por eso te elevamos por Cristo nuestras súplicas, rogándote:
R.- SUSCITA EN NOSOTROS LA FE
1.- Por la Iglesia, el Papa Benedicto XVI y nuestros obispos, para que no dejemos de ser instrumentos de reconciliación y ofrezca siempre la Gracia a todos los que se acerquen con humildad de corazón.
OREMOS
2.- Por nuestros gobernantes y autoridades para que contribuyan realmente a la formación de sociedades justas donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres, y dejen que la justicia sea vivificada por el amor.
OREMOS
3.- Por los enfermos, para que el Señor les conceda la gracia de seguir completando en su propia carne lo que le falta a la pasión de Cristo, y así dar frutos de santidad y justicia para el mundo.
OREMOS
4.- Por las familias cristianas, para que siendo auténticas iglesias domésticas, sigan luchando por el mantenimiento material y educación moral y de fe para con sus hijos.
OREMOS
5.- Por los que van a iniciarse en la vida cristiana, y todos los que la vamos a renovar en esta Pascua, para que la alegría sea el sentimiento constante en nuestro esfuerzo.
OREMOS
Padre, tú conoces nuestras necesidades, danos lo que nos conviene. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amen.