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A. PASTORES DABO VOBIS. PDV
Una
de las lagunas que hemos descubierto en la historia de la
profundización en la comprensión del sacerdocio fue la deficiente
formación sacerdotal.
Es hasta 1.992 que se nos ofrece con PDV un compendio inspirador acerca
de la formación sacerdotal. La conclusión al Sínodo de los Obispos que
trató sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual,
recoge y se basa en las orientaciones propuestas por el Concilio Vaticano II, en las conclusiones del Sínodo sobre el sacerdocio ministerial (1.971) y del Sínodo de 1.967 sobre la renovación de los seminarios. |
| "Os daré pastores según mi corazón".
Una cita tomada del profeta Jeremías (3, 15) que sirve para indicar que
es una gracia prometida, pero que al mismo tiempo, este don de Dios, no
anula la libertad del hombre, sino que la promueve, la desarrolla y la
exige. Por tanto, se trata de oración (Mt 9, 38) y de responsabilidad
en proponer vocaciones y cuidarlas con una formación seria. Pues la
llamada es responsabilidad de Cristo a través de su cuerpo que es la
Iglesia. | |
ESTRUCTURA DE PDV |

CAPÍTULO 1
En el primer capítulo se hace una valoración de la situación socio-cultural y eclesial a la luz de la fe por parte de los propios pastores.
*Entre
las esperanzas encontramos: sed de justicia y de paz, conciencia del
cuidado del hombre por la creación y respeto a la naturaleza; búsqueda
abierta de la verdad y tutela de la dignidad humana; compromiso
creciente en solidaridad internacional, interés por un nuevo orden
mundial en libertad y justicia; desarrollo de las ciencias y técnicas,
difusión de información y cultura; caen grandes "ideologías"; apertura
a valores espirituales y religiosos; creciente difusión de la Biblia;
testimonio de martirio y de fidelidad en iglesias sometidas hoy a
persecuciones.
*Entre
los obstáculos señalan: difusión de racionalismo científico que margina
la fe o la dimensión espiritual y religiosa; defensa exacerbada de la
subjetividad individual; hedonismo; consumo de experiencias
individuales y sensuales o emocionales diferentes; disgregación de la
realidad familiar y manipulación de la "sexualidad" que se comprende
como exclusivamente como un bien de consumo; la injusticia social y
pobreza; ausencia de una primera evangelización; manipulación de las
verdades de fe y moral; descrédito por parte de los medios de
comunicación del magisterio jerárquico; reducción del evangelio a una
liberación humana y social |

CAPÍTULO 2
El segundo capítulo está dedicado sobre la identidad y papel del sacerdocio ministerial.
*Se
sitúa no en un marco exclusivamente “litúrgico-sacramental”, sino
prioritariamente en el marco eclesiológico: en la Iglesia, misterio,
comunión y misión.
*Jesucristo,
Cabeza y Pastor manifiesta en sí mismo el rostro perfecto y definitivo
del sacerdocio de la Nueva Alianza. Jesús eligió a los Apóstoles para
que participen y continúen su unción y su sagrada misión. Y éstos, a su
vez llaman a obispos, presbíteros y diáconos para continuar la misión
hasta el final de los tiempos: para renovar el sacrificio de la
redención, para preparar a todos al banquete pascual, para preparar al
pueblo a alimentarse de la Palabra y fortalecerlo con los sacramentos.
Con el deber de configurarse a Cristo y dar testimonio constante de
fidelidad y de amor.
*Al
servicio de la Iglesia y del mundo es a lo que está destinada la
participación en la unción y misión de Cristo. Sin olvidar que el
sacerdote no se sitúa solo en la Iglesia, sino al frente de la iglesia.
El sacerdocio ordenado ni es anterior a la Iglesia (pues es su
servidor) ni es posterior (no hay iglesia sin sacerdote), sino que es
constitutivo y esencial a la Iglesia. El sacerdote es servidor de
Cristo, prolongador en la Iglesia de su oración, de su palabra, de su
sacrificio, de su acción salvífica. |

CAPÍTULO 3
El capítulo tercero versa sobre la vida espiritual del sacerdote.
Su santificación se realiza en el ejercicio del ministerio de la
Palabra, de los sacramentos y del gobierno, junto con lo que es común a
todo el pueblo de Dios (pobreza, obediencia y celibato). Se centra
sobre todo en la caridad pastoral, retomando el ejemplo de los grandes
sacerdotes de la historia.
*En
este capítulo se desarrolla el radicalismo evangélico en la existencia
sacerdotal, destacando el don de la divina gracia, concedido a algunos
por el Padre, para que se consagren sólo a Dios con un corazón que en
la virginidad y el celibato se mantiene más fácilmente indiviso. Habla
del sentido de la sexualidad humana como manifestación y precioso
servicio de amor de comunión y de donación interpersonal. En el
sacerdote se da el significado esponsalicio del cuerpo mediante una
comunión y una donación personal a Jesucristo y a su Iglesia, que
prefigura y anticipa la comunión y la donación perfectas y definitivas
del más allá.
*Cita expresamente una proposición de los obispos: "Quedando en pie la
disciplina de las iglesias orientales, el Sínodo, convencido de que la
castidad perfecta en el celibato sacerdotal es un carisma, recuerda a
los presbíteros que ella constituye un don inestimable de Dios a la
Iglesia y representa un valor profético para el mundo actual…".
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CAPÍTULO 4
El cuarto capítulo se dedica a un análisis de la pastoral vocacional, queriéndola insertar en toda la pastoral y no en sector aparte. Se subraya de modo especial el papel del obispo, los sacerdotes y la familia cristiana como primer seminario, la escuela, la parroquia, los movimientos y asociaciones, en la promoción de las vocaciones sacerdotales como responsabilidad de toda la comunidad cristiana.
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CAPÍTULO 5
El quinto capítulo trata sobre la formación específica de los candidatos al sacerdocio en los seminarios o en las casas religiosas.
*Se debe coordinar la formación al sacerdocio orientando la humana, la intelectual y la espiritual hacia la caridad pastoral. La finalidad es comunicar la caridad de Cristo, buen Pastor.
*La formación ha de orientarse al ministerio de la Palabra, del culto y de la santificación, y al servicio en la caridad. |

CAPÍTULO 6
El sexto capítulo trata sobre la formación permanente de los sacerdotes, expresión y exigencia de la fidelidad del sacerdote a su ministerio.
*La tarea esencial a la que debe estar orientada toda la formación es la nueva evangelización.
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B. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
El Catecismo de la Iglesia Católica expone la fe de la Iglesia y su doctrina a la luz de la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio. De ahí que como compendio autorizado podamos usarlo para la enseñanza de la fe.
El sacramento del orden se sitúa en el capítulo tercero:
SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD
EL SACRAMENTO DEL ORDEN
Nombre
En la Economía de la Salvación
Tres grados del Sacramento
Celebración del Sacramento
Ministro del Sacramento
Candidato al Sacramento
Efectos del Sacramento
RESUMEN
C. DIRECTORIO PARA EL MINISTERIO Y VIDA DEL PRESBÍTERO
El directorio es fruto de una de las proposiciones del Sínodo de Obispos de 1990 sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual. Los sacerdotes son los primeros responsables en el pueblo de Dios para la nueva evangelización, por lo cual se les exige un nuevo estilo de vida pastoral. El documento va referido especialmente al clero secular diocesano. El nuevo estilo de vida pastoral requiere tomar en cuenta elementos prácticos y doctrinales que sean fundamento de la identidad, espiritualidad y la formación permanente del presbítero. Este DMVP se enfocará en elementos generales que después tendrán que ser concretados en las distintas situaciones y circunstancias. Nosotros en este "breve" curso destacamos los más importantes.
Los elementos doctrinales que señala son los fundamentales: el sacerdocio como un don, la representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, y el englobe en torno a la comunión trinitaria, cristológica, pneumatológica y eclesiológica.
Es aquí donde se denuncia cierto "democraticismo" que quiere confundir el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, o lo que se denomina hoy en día: clericalización del laico o laicización del clero. Señala que son dos formas de destruir el fundamento puesto por Cristo y que nadie puede modificar, de tal modo que solo, en propiedad y unívocamente, puede llamarse Pastor al presbítero después del obispo, en referencia a su poder pastoral de enseñar, santificar y gobernar. La Iglesia se basa en la comunión jerárquica, con el Papa, con el Obispo, con el presbítero -colaborador del obispo-, y con los laicos. "Con la ordenación sacramental, en efecto, el presbítero entabla vínculos especiales con el Papa, con el Cuerpo episcopal, con el propio Obispo, con los demás presbíteros, con los fieles laicos."
Dos elementos tratados son:
1. Pastoral vocacional. Cada sacerdote debe apoyar activamente la pastoral vocacional, y debiera procurar una vocación sacerdotal para la continuación de su ministerio.
2. Participación política. El presbítero recordará que «no corresponde a los Pastores de la Iglesia intervenir directamente en la acción política ni en la organización social. Esta tarea, de hecho, es parte de la vocación de los fieles laicos, quienes actúan por su propia iniciativa junto con sus conciudadanos». Además, el presbítero ha de empeñarse «en el esfuerzo por formar rectamente la conciencia de los fieles laicos». La reducción de su misión a tareas temporales -puramente sociales o políticas, ajenas, en todo caso, a su propia identidad- no es una conquista sino una gravísima pérdida para la fecundidad evangélica de la Iglesia entera.
Los elementos espirituales destacables:
Todo ha de ser orientado por la "caridad pastoral", finalidad de toda formación humana, intelectual y espiritual. Después de recordar los elementos principales de Pastores Dabo vobis, se señala un itinerario interesante:
Por lo tanto, es necesario que el sacerdote organice su vida de oración de modo que incluya: la celebración diaria de la eucaristía con una adecuada preparación y acción de gracias; la confesión frecuente y la dirección espiritual ya practicada en el Seminario; "' la celebración íntegra y fervorosa de la liturgia de las horas, obligación cotidiana; el examen de conciencia; la oración mental propiamente dicha; la lectio divina; Los ratos prolongados de silencio y de diálogo, sobre todo, en ejercicios y retiros espirituales periódicos; las preciosas expresiones de devoción mariana como el Rosario;el Via Crucis y otros ejercicios piadosos; la provechosa lectura hagiográfica.
Ello llevará al sacerdote a evitar el peligro del funcionalismo o activismo.
En cuanto al ministerio de la Palabra se indica:
Para que la Palabra sea auténtica se debe transmitir «sin doblez y sin ninguna falsificación, sino manifestando con franqueza la verdad delante de Dios» (2 Cor 4, 2). Con madurez responsable, el sacerdote evitará reducir, distorsionar o diluir el contenido del mensaje divino. Su tarea consiste en «no enseñar su propia sabiduría, sino la palabra de Dios e invitar con insistencia a todos a la conversión y la santidad».
Por lo tanto, la predicación no se puede reducir a la comunicación de pensamientos propios, experiencias personales, simples explicaciones de carácter psicológico, sociológico o filantrópico y tampoco puede usar excesivamente el encanto de la retórica empleada tanto en los medios de comunicación social. Se trata de anunciar una Palabra de l que no se puede disponer porque ha sido dada a la Iglesia a fin de que la custodie, examine y transmita fielmente.
Respecto la catequesis, debe animar, coordinar y dirigir la actividad catequética:
Pondrá especial afán en el cuidado de la formación inicial y permanente de los catequistas. En la medida de lo posible, el sacerdote debe ser el catequista de los catequistas, formando con ellos una verdadera comunidad de discípulos del Señor, que sirva como punto de referencia para los catequizados.
Maestro, y educador en la fe, el sacerdote hará que la catequesis, especialmente la de los sacramentos, sea una parte privilegiada en la educación cristiana de la familia, en la enseñanza religiosa, en la formación de movimientos apostólicos, etc.; y que se dirija a todas las categorías de fieles: niños, jóvenes, adolescentes, adultos y ancianos. Sabrá transmitir la enseñanza catequética haciendo uso de todas las ayudas, medios didácticos e instrumentos de comunicación, que puedan ser eficaces a fin de que los fieles - de un modo adecuado a su carácter, capacidad, edad y condición de vida - estén en condiciones de aprender más plenamente la doctrina cristiana y de ponerla en práctica de la manera más conveniente.
Respecto a la celebración de la Eucaristía:
Es importante que en la celebración eucarística haya un adecuado cuidado de la limpieza del lugar, del diseño del altar y del sagrario, de la nobleza de los vasos sagrados, de los ornamentos, del canto, de la música, del silencio sagrado, etc. Todos estos elementos pueden contribuir a una mejor participación en el Sacrificio eucarístico. De hecho, la falta de atención a estos aspectos simbólicos de la liturgia y, aun peor, el descuido, la prisa a, la superficialidad y el desorden, vacían de significado y debilitan la función de aumentar la fe. El que celebra mal, manifiesta la debilidad de su fe y no educa a los demás en la fe. Al contrario, celebrar bien constituye una primera e importante catequesis sobre el Santo Sacrificio.
El sacerdote, entonces, al poner todas sus capacidades para ayudar a que todos los fieles participen vivamente en la celebración eucarística, debe atenerse al rito establecido en los libros litúrgicos aprobados por la autoridad competente, sin añadir, quitar o cambiar nada.
Respecto a la Penitencia:
A pesar de la triste realidad de la pérdida del sentido del pecado muy extendida en la cultura de nuestro tiempo, el sacerdote debe practicar con gozo y dedicación el ministerio de la formación de la conciencia, del perdón y de la paz.
En cada caso, el presbítero sabrá mantener la celebración de la Reconciliación a nivel sacramental, superando el peligro de reducirla a una actividad puramente psicológica o de simple formalidad.
Respecto al Celibato:
El celibato, por tanto, no es un influjo, que cae desde fuera sobre el ministerio sacerdotal, ni puede ser considerado simplemente como una institución impuesta por ley, porque el que recibe el sacramento del Orden se compromete a ello con plena conciencia y libertad después de una preparación que dura varios años, de una profunda reflexión y oración asidua. Una vez que ha llegado a la firme convicción de que Cristo le concede este don por el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás, el sacerdote lo asume para toda la vida, reforzando esta voluntad suya con la promesa que ya hecho durante el rito de la ordenación diaconal.
Por estas razones, la ley eclesiástica sanciona, por un lado, el carisma del celibato, mostrando cómo éste está en íntima conexión con el ministerio sagrado " en su doble dimensión de relación con Cristo y con la Iglesia " y, por otro, la libertad de aquél, que lo asume. El presbítero, entonces, consagrado a Cristo por un nuevo y excelso título, debe ser bien consciente de que ha recibido un don, sancionado por un preciso vínculo jurídico, del que deriva la obligación moral de la observancia. Este vínculo, asumido libremente, tiene carácter teologal y moral, antes que jurídico, y es signo de aquella realidad esponsal, que se realiza en la ordenación sacramental. Con ésta, el sacerdote adquiere también esta paternidad espiritual pero real que tiene dimensión universal y que, de modo particular, se concreta con respecto a la comunidad, que le ha sido confiada.
Respecto a la Obediencia:
El presbítero tiene una «obligación especial de respeto y obediencia» al Sumo Pontífice y al propio Ordinario. En virtud de la pertenencia a un determinado presbiterio, él está dedicado al servicio de una Iglesia particular, cuyo principio y fundamento de unidad es el Obispo; éste último tiene sobre ella toda la potestad ordinaria, propia e inmediata, necesaria para el ejercicio de su oficio pastoral. La subordinación jerárquica requerida por el sacramento del Orden encuentra su actualización eclesiológico-estructural en referencia al propio Obispo y al Romano Pontífice; éste último tiene el primado (principatus) de la potestad ordinaria sobre todas las Iglesias particulares.
La obligación de adherir al Magisterio en materia de fe y de moral está intrínsecamente ligada a todas las funciones, que el sacerdote debe desarrollar en la Iglesia. El disentir en este campo debe considerarse algo grave, en cuanto que produce escándalo y desorientación entre los fieles.
Respecto al traje eclesiástico
Por esta razón, el clérigo debe llevar «un traje eclesiástico decoroso, según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal y según las legitimas costumbres locales». El traje, cuando es distinto del talar, debe ser diverso de la manera de vestir de los laicos y conforme a la dignidad y sacralidad de su ministerio. La forma y el color deben ser establecidos por la Conferencia Episcopal, siempre en armonía con las disposiciones de derecho universal.
Respecto a la pobreza
El presbítero si bien no asume la pobreza con una promesa pública está obligado a llevar una vida sencilla; por tanto, se abstendrá de todo lo que huela a vanidad; abrazará, pues, la pobreza voluntaria, con el fin de seguir a Jesucristo más de cerca. En todo (habitación, medios de transporte, vacaciones, etc.), el presbítero elimine todo tipo de afectación y de lujo.
Amigo de los más pobres, él reservará a ellos las más delicadas atenciones de su caridad pastoral, con una opción preferencial por todas las formas de pobreza viejas y nuevas, que están trágicamente presentes en nuestro mundo; recordará siempre que la primera miseria de la que debe ser liberado el hombre es el pecado, raíz última de todos los males.
Y termina con el capítulo 3 respecto a la formación permanente abundando en lo expresado en Pastores Dabo Vobis.
D. ECCLESIA DE EUCHARISTIA
Textos básicos:
29 La expresión, usada repetidamente por el Concilio Vaticano II, según la cual el sacerdote ordenado «realiza como representante de Cristo el Sacrificio eucarístico», estaba ya bien arraigada en la enseñanza pontificia. Como he tenido ocasión de aclarar en otra ocasión, in persona Christi «quiere decir más que "en nombre", o también, "en vez" de Cristo. In "persona": es decir, en la identificación específica, sacramental con el "sumo y eterno Sacerdote", que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie». El ministerio de los sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden, en la economía de salvación querida por Cristo, manifiesta que la Eucaristía celebrada por ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al sacrificio de la Cruz y a la Última Cena.
La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado. Éste es un don que recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el Obispo quien establece un nuevo presbítero, mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía. Pues «el Misterio eucarístico no puede ser celebrado en ninguna comunidad si no es por un sacerdote ordenado, como ha enseñado expresamente el Concilio Lateranense IV.
31 Si la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal. Por eso, con ánimo agradecido a Jesucristo, nuestro Señor, reitero que la Eucaristía «es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella».
32 Toda esto demuestra lo doloroso y fuera de lo normal que resulta la situación de una comunidad cristiana que, aún pudiendo ser, por número y variedad de fieles, una parroquia, carece sin embargo de un sacerdote que la guíe. En efecto, la parroquia es una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración del Sacrificio eucarístico. Pero esto requiere la presencia de un presbítero, el único a quien compete ofrecer la Eucaristía in persona Christi. Cuando la comunidad no tiene sacerdote, ciertamente se ha de paliar de alguna manera, con el fin de que continúen las celebraciones dominicales y, así, los religiosos y los laicos que animan la oración de sus hermanos y hermanas ejercen de modo loable el sacerdocio común de todos los fieles, basado en la gracia del Bautismo. Pero dichas soluciones han de ser consideradas únicamente provisionales, mientras la comunidad está a la espera de un sacerdote.
52 De todo lo dicho se comprende la gran responsabilidad que en la celebración eucarística tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla in persona Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la Iglesia universal, a la cual la Eucaristía hace siempre referencia. Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al «formalismo» ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las « formas » adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.
E. OTROS DOCUMENTOS
EL PRESBÍTERO, MAESTRO DE LA PALABRA, GUÍA DE LA COMUNIDAD Y MINISTRO DE LOS SACRAMENTOS
EL PRESBÍTERO, PASTOR Y GUÍA DE LA COMUNIDAD PARROQUIAL
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