DISCÍPULOS Y MISIONEROS
Vida de gracia
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CONCLUSIONES

**IDENTIDAD Y PAPEL DEL SACERDOTE

       Es hora de conclusiones teológicas, prácticas y personales respecto a la identidad y misión del sacerdote.

       En el transcurso de la historia en la profundización de la comprensión del orden instituido por Jesús mismo, incluyendo los documentos eclesiásticos actuales, hemos descubierto tres líneas fundamentales: la ontológica, la cristológica y la eclesiológica.

       Actualmente nos encontramos haciendo una síntesis teológica de las tres líneas que nos conducen a una espiritualidad concreta. Con los avatares de la historia se ha subrayado, incluso absolutizado una frente a las otras. Hoy por hoy, desde los documentos magisteriales, volvemos al sentido evangélico que todo lo unifica: la caritas pastoralis y el espíritu misionero.

LÍNEA ONTOLÓGICA

**Se centra en el carácter sacerdotal, el Sacramento del Orden imprime un carácter que modifica ontológicamente la persona del ministro, en virtud del cual sólo él es capaz de consagrar la eucaristía, de perdonar los pecados y celebrar algunos de los otros sacramentos. Fue la escolástica quien desarrolló esta línea teológica en la que aparece el sacerdote como mediador, capacitado ontológicamente, para el ejercicio del poder sagrado sobre los sacramentos.

LÍNEA CRISTOLÓGICA

**Se centra en comprender el ministerio de Cristo como sacerdote eterno, profeta, pastor y cabeza de su Iglesia. Ello comprende la actividad cultual y el poder sagrado sobre los sacramentos (Cristo sacerdote eterno), comprende al ministro como pastor de la Iglesia que se sitúa frente a ella como signo visible de Cristo, su Cabeza (pastor y cabeza). Por lo tanto, nos situamos en una comprensión más "sacramental", en la que el ministro es Signo Radical en virtud del carácter indeleble, y no "un carisma más".

LÍNEA ECLESIOLÓGICA

**Se centra en el estudio del ministerio desde su función eclesial (en la Iglesia y para la Iglesia).  Se realiza desde dos perspectivas:

1.    Si la Iglesia es sacramento general, y en esta sacramentalidad general existe y actúa una sacramentalidad particular, la del ministro ordenado.

2.    La Iglesia tiene un carácter carismático donde se señala el ministerio ordenado como una especie de carisma al servicio de los carismas para reducir a unidad los demás en la edificación de la Iglesia, remarcando así la unidad en la pluralidad. En este aspecto se acentúa lo que el Vaticano II confirmaba de una orientación hacia la caridad pastoral.

VALORACIÓN DE LAS LÍNEAS

       Las dos primeras líneas caen fácilmente en la tentación de la distinción y hasta contraposición. En la tercera línea se cae fácilmente también en la tentación secularizante, como si el ministro fuera un simple líder.

¡Ni contraposición ni inmersión diluyente!

       Jesús hizo de su vida entera un don al Padre y a los hermanos, haciendo la voluntad del Padre,  realizó la plenitud de la comunión con Dios y entre los hombres.  Esta es la santidad a la que está llamado todo cristiano: "vivir en Cristo".

       La vida cristiana es una opción, participación e imitación de este modo de vivir de Jesús, como ofrenda permanente. Ante Jesús no hay diferentes medidas de santidad, unos más que otros, por eso el Concilio Vaticano II hablaba de una distinción entre el sacerdocio ministerial y común no de "grado", sino esencial. Todos están llamados a la misma santidad (sin grados o medidas), la diferencia "esencial" se encuentra en el servicio que hay que prestar: unos tomarán como interés dominante la familia, otros la actividad política, otros el servicio eclesial, etc.

       El ministro ordenado, desde la misma opción fundamental de todo cristiano, tomará como dedicación exclusiva, a tiempo completo manifestado en el celibato,  el ministerio de la Palabra, el ministerio litúrgico-sacramental y el ministerio de gobierno de todos los carismas.

       Este elemento esencial de llevar el anuncio que hizo nacer la Iglesia y que la funda perpetuamente, es el que se recibe y continúa con la imposición de manos que imprime el carácter apostólico de 1 Jn 1, 1-4. De ahí que el apóstol Pablo hablara de sí mismo como padre en la fe, como quien engendra en Cristo (cf. 1Cor 4, 15).

       La dedicación propia y significativa del sacerdote es la CARITAS PASTORALIS, es decir el servicio a la comunidad, pues se desposa con la Iglesia y se consagra por ella al servicio del evangelio.


**ESPIRITUALIDAD PROPIA DEL SACERDOTE.

ESPIRITUALIDAD PROFÉTICA.

       El carisma ministerial consiste en establecer la Iglesia mediante el mensaje apostólico. El ministro es la presencia del kerigma o primer anuncio apostólico del que nace la Iglesia y sobre el que se funda. El ministerio nos une, a través del espacio y el tiempo, al acontecimiento único de Cristo, nos hace estar en continuidad doctrinal y sacramental con los apóstoles.

       Por eso el servicio profético o ministerio de la Palabra es esencial al ministro. La espiritualidad del sacerdote es espiritualidad de la Palabra, Cristo, atestiguada en las Sagradas Escrituras, Tradición y Magisterio de la Iglesia. Por eso la espiritualidad se cimienta en la FIDELIDAD A LA PALABRA.

       Y la Palabra de Dios es kerigma, predicación, anuncio y denuncia que provoca acogida o rechazo, fracaso o salvación. Anunciar que "Jesús es Señor" implica rechazo por parte del relativismo actual que sirve a múltiples y variopintos "señores". Por eso la espiritualidad profética se convierte en espiritualidad de martirio.

       El anuncio de la Palabra es la que hace surgir comunidades cristianas, pero también al ser anuncio de Cristo crucificado conlleva someter continuamente al mundo al juicio de la Palabra lo cual provoca "martirio".

       En la formación del sacerdote es fundamental entonces el conocimiento de la Palabra, pero para el ejercicio de la caridad pastoral. El ministro no está fuera del mundo, sino frente al mundo, por eso es necesario conocer el mundo para anunciar la Palabra, en fin, un conocimiento amplio de la doctrina social de la Iglesia. Porque es servicio misionero y el anuncio es para todas las gentes.

 

ESPIRITUALIDAD LITÚRGICA.

       Nuestro Señor es Jesús viviente. No es un "fundador difunto". Es el Espíritu quien anima la Iglesia, y ésta celebra los ritos que el Señor quiso para hacerle presente y operante entre nosotros. Porque lo que funda la Iglesia constantemente son las palabras y gestos de Jesús en la celebración litúrgica. Es en los sacramentos donde se encuentra la eficiencia misteriosa y la más real de la actividad de la Iglesia.

       La Iglesia hace presente no solo la Palabra como noticia, sino como acontecimiento. Lo que se hace en la celebración litúrgica es contemplar y celebrar la Palabra en el rito, representar y reproducir el acontecimiento. Cantamos, incensamos y contemplamos en múltiples imágenes y sentidos el acontecimiento Cristo. En la Eucaristía reproducimos la cena del Señor, en el Bautismo se representa la sepultura y la resurrección de Cristo, etc.

       En la celebración litúrgica el ministro se convierte en un símbolo: símbolo de Cristo cabeza, figura de Jesús que parte el pan presidiendo la mesa, reproducción de los gestos de Cristo que perdona e impone las manos, imagen del Cristo glorioso en el esplendor del honor litúrgico, etc. El ministro representa en persona a Cristo Cabeza, puede llamarse propiamente "sacerdos alter Christus". No es una persona cualquiera, sino quien por imposición de manos se ha consagrado al servicio de la comunidad, de tal modo que las palabras y gestos del sacerdote son las palabras y gestos del mismo Cristo.

       De este modo la FIDELIDAD EN LA LITURGIA del sacerdote, debe llevarle a meditar en los misterios de Cristo, el esfuerzo por imitarle y la oración incesante, para ser representación viviente de Jesús en su contacto con la comunidad. La liturgia es una "obra de arte", por eso el sacerdote cultivará la sensibilidad, cualidades expresivas, comunicación instintiva del gesto y el sentido comunitario de fiesta.

ESPIRITUALIDAD PASTORAL

       El catecismo de la iglesia católica sitúa el sacramento del orden en los sacramentos al servicio de la comunidad, es mediante el servicio a los demás como contribuyen a la propia salvación. Es de este modo como sitúa el sacerdocio con un carácter esencialmente relacional, para la Iglesia, consagrados para ser pastores de la Iglesia con la Palabra y la gracia de Dios.

       El Vaticano II como venimos diciendo puso como centro de la vida sacerdotal la caritas pastoralis y el espíritu misionero. Recuperando el lenguaje bíblico en la tipología de la relación de Jesús y su Iglesia como esposo y esposa, siguiendo a los padres de la iglesia que consideraban al sacerdote y al obispo como casados para la comunidad, y en la línea de San Pablo que considera su paternidad, la Iglesia profundiza en esta función esencial de amor primario y total por la comunidad.

       La opción por el sacerdocio es opción por el amor, donde el interés principal se centra en el servicio de la Iglesia, a la que debe regenerar continuamente por la fuerza de la palabra y la gracia. De este modo el sacerdote se desposa con la Iglesia al servicio del Evangelio.

       A partir de aquí y para ello, todo lo demás debe ser coordinado a este fin de caritas pastoralis y espíritu misionero: incluso la pasión por Dios o contemplación, la conversión personal, el compromiso social, investigación teológica, enseñanza, trabajo.

      La espiritualidad ha de ir configurada con la misma FIDELIDAD PASTORAL de Cristo.

**CELIBATO

       Ciertamente el celibato en el sacerdocio de la Iglesia latina es una norma canónica, y es regulada según el Derecho que lo hace obligatorio. Pero siempre hemos de entender la norma en orden a la fidelidad a Cristo y al fin de la misión salvífica confiada a la Iglesia. La finalidad del CIC es mantener un debido orden que asignando la parte principal al amor, a la gracia y a los carismas, haga más fácil el crecimiento ordenado de los miembros de la Iglesia. En fin, el CIC no pretende imponer cargas insoportables, sino el bien para la Iglesia y sus miembros.

       "Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios, mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres.

       Los clérigos han de tener la debida prudencia en relación con aquellas personas cuyo trato puede poner en peligro su obligación de guardar la continencia o ser causa de escándalo para los fieles
." CIC 277 § 1. y 2.

     Sin embargo, desde la perspectiva que vamos delineando el sentido del celibato tiene sus cimientos igualmente en la Escritura, al comprender el sacerdocio como un auténtico desposorio con la Iglesia: es el signo público y sumamente valioso del amor primario y total del sacerdote y obispo que ofrecen a la Iglesia. El orden sacerdotal, al ser un sacramento consagrado al servicio de la Iglesia, exige una dedicación total y sin reservas también desde la disponibilidad no solo en plenitud de mente y esfuerzos, sino también en plenitud de afecto.

El sentido del celibato tiene dos sentidos o intencionalidades:

*Escatológica. Es testimonio del reino venidero y representa una oportunidad "funcional". Este sentido corresponde más bien a la vida monástica que separa del mundo. No es propiamente la intencionalidad del celibato en los pastores de la Iglesia.

*Ministerial. El sentido del celibato sacerdotal lo encontramos en el vínculo profundo con la comunidad nacida de su carisma y destinada a totalizar toda la capacidad de amar que un hombre lleva dentro de sí. El ministro no vive como "monje" en una comunidad distinta de la comunidad eclesial normal, abierta a todos e inmersa en el mundo. La comunidad eclesial es su casa, su familia, su lugar de oración y de su actividad. Vivir el celibato con alegría se da cuando hay una inmersión profunda en la comunidad, en la búsqueda de relaciones interpersonales amplias y sentidas, en el desarrollo de la afectividad que dé al pastor de la iglesia la sensación de una absoluta plenitud. El celibato sacerdotal no puede conducir nunca a la "soledad", pues está al servicio de la comunidad a tiempo completo y sin reservas.