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En la época carolingia se produce una alteración notable de la
fisonomía del sacerdocio con consecuencias negativas para la
comprensión teológica del sacramento.
Se contempla al sacerdote cada vez más con una especie de aureola
sacralizada, en parte por la difusión de los ritos francos y
germánicos. Se introdujo en el rito la unción de las manos del
neo-ordenado, según una costumbre del pueblo celta. Esta costumbre que
ya se da en el s. X, acaba por atribuir al sacerdote solamente el poder
sacramental, ya no reconociéndole la misión de ministro de la palabra.
También en el s. X se introduce en el rito la entrega de los
instrumentos: la patena y el cáliz después de la unción de las manos,
diciendo: "Recibid el poder de
ofrecer el sacrificio a Dios y de celebrar la misa tanto por los vivos
como por los difuntos en el nombre del Señor".
Se distingue hasta se separa de hecho la potestad del orden y la
potestad de jurisdicción, llegando así a marginar una atenta y obligada
atención pastoral por un mundo exclusivo litúrgico sacramental. Otra
sombra que se cierne es la lengua usada es cada vez más incomprensible,
y la misa cada vez más se reduce a un acto privado y se multiplican las
misas para las circunstancias más diversas.
Pero de igual modo se ven luces, como la excelente intervención del
clero en la vida del pueblo cristiano, un renacer de la praxis
penitencial y una reforma del rito de las exequias. También hay que
destacar una efervescencia en la religiosidad del pueblo con las
cruzadas: en la difusión de las indulgencias y confianza ciega en la
autoridad del sacerdote.
Sin embargo la cura de almas va perdiendo peso, la actitud pastoral
pasiva conduce al debilitamiento de la fe y de la vida cristiana, hasta
llegar al mínimo de declarar obligatoria la confesión y comunión anual
(Lateranense a. 1.215) y la devoción a "ver la hostia".
La decadencia en la teología del sacerdocio conlleva a acentuaciones
parciales y deformantes. Solo se escribieron tratados sobre las
vestiduras sacerdotales y sobre las virtudes que debía tener el
sacerdote. La celebración de la misa era la razón que se aducía para la
búsqueda de la santidad.
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