|
MADUREZ EN
LA VIDA DE
DIOS
La Vida
de Dios alcanza su madurez en mí y en los discípulos cuando se puede ir viendo ya formando en mí y en ellos, el rostro de Cristo. Es cuando dejamos que sea Cristo quien viva en nuestros corazones, de tal manera que vivimos, pero no nosotros, sino que es Cristo quien vive en nosotros, en cada uno. Ya quien le escucha, ve, acoge o rechaza, escucha, ve y acoge o rechaza a Cristo en nosotros formado.
En nuestra mente ha de ir viéndose grabados los pensamientos de Dios, sus sentimientos han de ser sentimientos de Jesús, sentimientos de encarnación. Su deseo y voluntad como sus intenciones irán siendo deseo y voluntad de Jesús, de dejar que
la Palabra
se encarne en nosotros por nuestra docilidad, nuestro humilde servicio.
Como comunidad de discípulos, queremos reproducir la imagen de Jesús como discípulo-misionero-apóstol. De ahí que parte de nuestro ser sean nuestros discípulos: nuestra oración, vida y entrega es por ellos, hasta que se consagren como nosotros nos santificamos por ellos.
Su vida, la del discípulo nuestro, va siendo Vida de Jesús, su día es una imitación de Cristo en todo, en su misión, desde la velada hasta la noche, todo es ocasión de anuncio, hasta el descanso, haciendo todo desde la oración espiritual-apostólica.
CUESTIONES A TENER EN CUENTA PARA IR ALCANZANDO NUESTRA MADUREZ EN LA VIDA DE DIOS
El apóstol ha de tener en cuenta el mundo materializado, sensualista y hedonista en el que se mueve. Las heridas causadas por el pecado son muy profundas, los discípulos son incapaces muchas veces de tener una mirada limpia, pensamientos rectos, y la falta de dominio en la lujuria, por ejemplo, es tremenda, les resulta difícil dominar los sentimientos de orgullo y de envidia, los enojos del mundo. Solamente saldrá de ahí desde una lucha o combate contra todo afecto desordenado ¿Cómo? Orientando la afectividad paulatinamente a
la Persona
de Jesús.
Hemos de aprender a usar y ofrecer medios sencillos y efectivos que vayan transformando en Cristo a los discípulos. Nadie podrá aconsejar nada más allá de lo que vive, por eso hemos de trabajar doblemente en favor de nuestros discípulos.
Un medio podría ser el de grabar las imágenes de distintos misterios de Jesús o de las situaciones que vivió Jesús en su vida terrena para vivir de ellas. Es así como iremos dejando atrás todas las imágenes sensuales, orgullosas y lujuriosas o de vaciedad en la que se ha embotado nuestra mente hasta ahora. Deberíamos recordar que supone mucho esfuerzo y lucha. El Espíritu Santo trabaja en nosotros, y nosotros colaboramos con él con nuestra docilidad y servicio humilde. ¡Ánimo! ¡Se puede vencer al mundo!
Si no hay dominio en las riquezas, es bueno contemplar a Jesús en el pesebre; si no hay dominio frente a los honores, el ansia de querer quedar bien, es bueno contemplar a Jesús en
la Cruz
; si no hay dominio frente a los placeres o sensualidades es bueno contemplar los sentimientos de Jesús en Getsemaní o en
la Cruz
, o la mirada de Jesús hacia la samaritana o ante la adúltera sorprendida en adulterio... Cuando digo contemplar me refiero a parar la mente y el corazón en aquel que amamos y rendirnos voluntariamente por amor.
Contemplar a Jesús tentado por el diablo es más que conveniente para no caer en tentaciones de la comodidad, seguridad o buscar poderes extraños al Evangelio de la cruz, de la caridad. En Mt 4, 3-10.
El apóstol evitará que su discípulo haga un "dios" a su medida, que le consiga las cosas materiales o espirituales para "satisfacción personal", para su propia autoafirmación: que si buenas notas, títulos, aprecio de los demás, éxitos -aun "apostólicos"-, pero buscados "sin Dios", esto es sin ordenar todo a
la Caridad. Ha
de evitar celosamente que su discípulo consiga las cosas por su cuenta sin Dios.
El apóstol ha de enseñar a conformar la vida de su discípulo a
la Palabra
de Dios, buscando celosamente que no dependa de lo que diga, sepa o pueda él mismo, y menos de los sentimientos o emociones del momento. Enseñar a reproducir
la Vida
de Jesús o hacer que Jesús habite en él supone que nuestro único alimento sea hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra, aceptando nuestra condición humana. El apóstol ha de enseñar a vivir de
la Palabra
y evitar que vivan de "seguridades humanas", como del comer, vestir, el mañana... La vida del hombre no está asegurada por los bienes de esta tierra. El apóstol será ejemplo, entonces, de que no es con medios extraordinarios y fáciles como se lleva a cabo la misión, sino con la obediencia a
la Palabra
divina.
1. El apóstol enseñará pacientemente y sufriendo -como dolores de parto- hasta ver formado en su discípulo a Cristo. Le enseñará con la propia vida a sentirse verdadero discípulo de Jesús y a reproducirle.
El proceso de proyección o de formación y despliegue del discípulo enviado o apóstol se desenvuelve en una unidad perfecta. No podemos disociar el seguimiento del apostolado, son dos momentos de una misma actividad: el seguimiento es esencial al ser misionero, y viceversa, porque el seguimiento de Jesús es apostolado y el apostolado es seguimiento de Jesús.
La llamada de Jesús es a seguirle para encarnar su Amor y Persona en mi cuerpo y vida cotidiana y de esta manera anunciar el Reino por la predicación de
la Palabra
en una comunidad que celebra junto a María, nuestra Madre,
la Vida
de Dios compartida.
La respuesta a la vocación divina implica el trabajo por unas actitudes concretas que hagan posible la respuesta, y que vamos a indicar para poder ir trabajándonos hacia la madurez de la vida de Dios en nosotros.
CONFIANZA.
En el seguimiento o enamoramiento de Jesús lo primero que se exige es un impulso de confianza y abandono, por el cual el hombre renuncia a apoyarse en sus pensamientos o fuerzas, para abandonarse a
la Palabra
y al poder de Aquel a quien cree, un abandonarse en su misión del Reino de Dios, de Vida eterna. El discipulado o seguimiento es esencialmente un acto de confianza, de humildad.
TEMOR RELIGIOSO.
Por el abismo entre la indignidad del hombre y la santidad de Dios, se trata de una sumisión sin reservas a la voluntad divina. No es cuestión de miedo, sino de amor fiel, de fidelidad.
ASOMBRO Y ADMIRACIÓN
Si en un primer momento existe un choque entre la realidad de Dios y la pobreza humana, el paso posterior es de fascinación ante la mirada de todo un Dios que nos considera dignos de confianza para dirigirse a nosotros.
DEJARNOS CONSTITUIR EN DISCÍPULOS Y APÓSTOLES
Jesús no solamente nos pide que estemos con él, sino que su intención última es enviarnos a predicar, que seamos pescadores de hombres, que participemos en su apacentar a las gentes. La respuesta a la vocación divina implica igualmente unas exigencias concretas:
** "Cuanto tienes..." Ya se en la vida sensual -sentidos o sentimientos- de la carne, ya sea la seducción de las apariencias, de la mentira -el demonio-, ya sea el orgullo y jactancia por la posesión de bienes terrenos materiales e incluso "espirituales", ya sean capacidades o talentos -del mundo-. De ahí que Jesús, por delante de nosotros se dejó tentar por el diablo, rechazando todo lo que era usar del poder de Dios para saciar su hambre terrena, y sólo lo usó para alimentarse de
la Palabra
, abandonándose en ella, o la tentación de usar el poder de Dios para dejarse seducir por las apariencias, sino que lo usa para no caer en tentación, ni si quiera da el brazo a torcer ante la tentación de usar el poder de Dios para poseer poderes políticos o militares, sino que lo usa para adorar solo a Dios. No es el afán "ideológico" de acabar con el hambre de pan, ni el afán "ideológico" de poder político-militar, ni el afán "ideológico" de signos extraordinarios que lleven a una fe evidenciada por los hechos milagrosos... sino que va a ser todo por amor, todo para amar...
** "Véndelo y dáselo a los pobres" El amor se concreta en la caridad social, en darlo todo al pobre, al prójimo que tengo a mi lado, necesita de mí, y yo le puedo ayudar, desde los bienes materiales hasta los espirituales, porque lo que contará a partir de ahora será el amor, el amar, ya no el poseer...
** "Y tendrás un tesoro en el cielo" Los ojos puestos en lo invisible, en lo eterno, en lo que no acaba, el Amor, pues todo lo demás termina, por eso no acumularemos tesoros en esta tierra, sino solo acumularemos lo que no acaba, la caridad. La fe es la garantía de lo esperado -el Cielo,
la Vida
eterna- Todo existía en Dios, del que todo procede, de ahí su carácter relativo; lo esencial es Dios mismo,
la Carne
de Cristo y su Sangre, verdadero Pan celestial, su Palabra y su Persona. Vivimos en otra dimensión, la de los cielos nuevos y la tierra nueva, donde el Amor lo será todo en todos.
** "Luego..." Es decir, que lo anterior es paso previo para poder iniciar el discipulado, nuestra transformación, nuestra madurez en
la Vida
de Dios. Es lo que denominamos conversión, cambio de vida, nacer de nuevo...
** "Ven y sígueme" Se trata de salir no solo del mundo ni de los amores más queridos, sino también y sobre todo de uno mismo. Es entonces cuando empieza realmente el seguimiento, el buscar la identificación con el Maestro, hasta que nos constituya apóstoles.
La Vida
de Dios consiste en nuestra transformación en Cristo, donde el protagonista es el Espíritu Santo santificador, y esto es posible cuando con mi colaboración, voy pasando del mundo del falso "yo" al auténtico "Yo", Cristo.
Del mundo del yo... al auténtico yo, Cristo.
Del mundo del yo...
Lo primero que nos encandila es la jactancia de las riquezas "espirituales", la fanfarronería, el orgullo por la posesión de bienes terrenales. Es el principio de todo odio y muerte. Esto es lo que en la vida espiritual se denomina "seguridades humanas", el confiarnos en nosotros mismos, en nuestras fuerzas, capacidades o talentos. Siempre ocupados y preocupados por el mañana, el futuro, por qué voy a comer, qué voy a vestir, es decir lo externo y circunstancial, pensando que podemos dominar nuestra vida de forma absoluta. Esta es la raíz de toda opresión al prójimo e injusticia. "Quien sabe hacer el bien y no lo hace, peca" dice Santiago -4, 3-17-. Por eso que la primera exigencia de Jesús es dar a los pobres todo lo que poseemos en "seguridades humanas". Y... ¡ay qué difícil es que un rico entre en el Reino de los cielos, en
la Vida
íntima con Dios! La vida no está asegurada por los bienes que uno posea, pues la codicia es insaciable; aunque lo tenga todo, lo sepa todo, lo domine todo, lo pruebe todo, tanto material -cosas- como espiritual -talentos, capacidades, virtudes altruistas -cf. 1Cor 13-... mi vida no está asegurada por nada de esto. La codicia de las riquezas lleva a buscar la vanagloria humana, a querer ser bien vistos por los hombres; a ser considerados humanamente, esto lleva a gran soberbia, y de ahí a todos los demás vicios que llevan irremediablemente a la corrupción -moral y material- hasta la muerte física y espiritual.
...al auténtico "yo", Cristo.
Jesús nos hace ver y comprender nuestra caducidad. No somos más que vapor que hoy es y mañana desaparece. La realidad es mi vida con Dios, mi confianza y sometimiento al Amor. Por eso "si el Señor quiere" -primero Dios-; la voluntad de Dios es la prioritaria a todo. Él nos invita a ponerlo todo en orden al Amor perfecto, porque nuestra vida es para esta transformación. Nuestra vida es del Amor y la tenemos en administración, "felices los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos".
Seguir al mundo es lo más contrapuesto a seguir a Jesús. La amistad con el mundo es enemistad con Dios (cf. St 4, 4ss; Mt 6, 24). Dios resiste a los soberbios, a los que no temen a Dios ni respetan al prójimo (Cf. Lc 18, 4). Dios da la gracia a los humildes y abatidos que se estremecen ante su Palabra.
¿A quién vas a someter tu libertad? ¿A Dios o al mundo? ¿A qué te entregas? ¿Qué desprecias? ¿A quién amas? ¿A quién aborreces? Si te humillas ante Dios, él te ensalzará -Mt 23, 11-. Se trata de hacerse pequeños como los niños -Mt 18, 4-, confiándole a Dios todas nuestras preocupaciones -1Pe 5, 7-. Tu corazón estará allí donde tengas tu tesoro, y no puede estar vacío: o está en el mundo o está en Dios -Mt 6, 21-, aspira a la tierra o al cielo: "Nadie puede servir a dos señores".
Para poder llegar del "yo" al auténtico Yo, que es Cristo, del hombre viejo al hombre nuevo, del hombre terrenal al hombre celestial es necesario desenmascarar el yo, con tres grados precisos de humildad:
1º. Aceptar mi "verdad"
Obedecer al Amor de Dios en todo al detalle. Ir prefiriendo
la Gloria
de Dios -amor sacrificado, gratuito, desinteresado y universal- a la de los hombres -Jn 14, 43-. No evadir mis miedos ni mis "sustos", sino descubrirlos ante todos para que me vea desenmascarado en mi ansia de "aparentar" o mentir. No hay mayor bien para la vida que vivir libre de todo asomo de "apariencia o vanagloria" humana, sin buscar ningún tipo de justificación en nada de ello. Soy lo que soy como soy, y es así como Jesús me llama a su Seguimiento.
2º. La indiferencia
Mayor humildad que la de aceptar mi verdad es la de no aspirar más a riqueza que a pobreza, a honra que deshonra, vida larga que corta, incluso sentir lo espiritual o la sequedad. Una y otra cosa no ha de influir en nada para mi amor a Cristo.
3º. Desear desprecios
Es la perfecta humildad. Muy libre de qué dirán o dejarán de decir, sin miedos a la marginación o exclusión, sin temor a quedar solo, más aún, mayor gozo en cuanto mayor desprecio "humano". No es más que desear padecer con Cristo: ser pobre como Cristo pobre, desear oprobios, injurias y desprecios como se los hicieron a Jesús. Sabio de cara a Dios, aunque necio a los ojos del mundo.
Correr con fortaleza esta prueba supone un auténtico combate y lucha de valores. Para ello necesitamos la valentía de un soldado y el riesgo de un atleta. Por nosotros mismos es una tarea imposible de llevar a cabo. Pero es Otro el que nos ha elegido, es Otro quien me considera digno de confianza para confiarme este ministerio. Alguien que sabe sacar lo precioso de lo vil. Alcanzado por Cristo, él se compromete, a fuerza de Amor, a ir transformando mis valores. Solamente es posible por el enamoramiento, por el estar mucho con Jesús, en la contemplación y diálogo amoroso con él. Es él quien nos ofrece los mejores medios para llegar a la meta, a la madurez en
la Vida
de Dios.

|