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Como afirmamos y también Jesús, al
principio no
fue así.
Todo fue creado en armonía, no en caos, no para la muerte,
sino para
la vida, una vida plena y perfecta. Y el hombre es comprendido
como
cocreador con Dios.
Con
el segundo relato de la creación se nos expone las causas de la
presencia
del pecado en el mundo, y ahora, con el relato de Caín y Abel
se
explica la causa de la entrada de la muerte en el mundo: de forma
violenta.
Con el pecado original entró el sentimiento de ira y codicia
que
conducirá a matar al propio hermano, y a una escala de violencia con
dimensiones universales (Gén 6,
11-13).
Relatos como Caín y Abel, la
torre de babel o el mismo diluvio tienen
fragmentos venidos de la
tradición yahvista y la sacerdotal. De ahí
podemos explicar algunas
aparentes contradicciones en los mismos
relatos.
El relato de Caín y Abel,
también es etiológico. Con esta narración se
explica la
causa de la lucha tribal entre dos tipos de cultura: la
agrícola y la
pastoril. De este modo, Caín se convierte en símbolo de
las rupturas
sociales y del odio que de ello se deriva.
El relato de la torre de Babel
se basa en el Ziqqurat babilonio, símbolo
de la superpotencia
político religiosa que ambicionaba la sumisión de
toda la tierra bajo
su imperialismo, desafiando al mismo Dios.
El relato del diluvio se basa en
los mitos de Gilgames, de Ziusudra y de
Atrahasis. Como en anteriores
ocasiones hay un trabajo de
desmitificación, sobre todo a partir de
la visión monoteísta y del
aspecto moral del cual Dios también está
preocupado. Ya se vislumbra
desde Adán y Eva, pasando por Caín y Abel
el binomio bendición-maldición. Vemos al hombre bajo el signo del
pecado y de la
maldición. Pero toda esta trama es borrada por la
intervención de la
Gracia divina, anulando la maldición con la BENDICIÓN DE ABRAHÁN.
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