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TU VIDA ES PARA AMAR
Una vez presentaron un mendigo a Abbé Pierre, recientemente fallecido. Y le dijeron:
-¿Puede atender a este pobre mendigo que hemos encontrado en la calle? -le preguntaron-
-¿Qué es lo que le ocurre? -preguntó el Abbé Pierre-
-Es un pobre mendigo que vimos intentando quitarse la vida. -le replicaron-
-Díganle que venga. -respondió el Abbé Pierre.
Todos esperaban que le diera un discurso o algo por el estilo, pero en lugar de ello, solamente le dijo:
-Hay una señora que a la pobre, se le ha caído el techo falso encima. ¿Quiere acompañarme para ver en qué podemos ayudar?
Se fueron los dos, trabajaron todo el día para reconstruir la vivienda de la señora, y llegada la noche, le dijo el Abbé Pierre al mendigo:
-Ahora, dígame, ¿Qué es lo que le ocurre?
-No. Nada. Hoy he descubierto que mi vida sirve todavía para algo.
Amar y saberse amados son dos dinamismos vitales del corazón del hombre. El hombre no vive si su corazón no palpita en el doble movimiento de sístole y diástole, es decir, de recibir e impulsar la sangre con el músculo del corazón por todo el cuerpo. Así es la vida de toda persona, amar es tan vital como recibir amor.
Tu vida es para amar. De tal manera que solamente en el ejercicio de amar te puedes sentir viviendo auténticamente. Amar es el respirar de la vida. ¡A ver! ¡Hemos respirado durante toda la vida, descansemos un poco! ¡Deja de respirar por diez minutos!... ¿Por qué no hacen caso? ¿A que es cuestión de vida o muerte? Pues igualmente si queremos tener vida no podemos dejar de sentirnos amados y amar, sin descansar ni por un momento. Al igual que cuando uno se cansa de respirar no para de hacerlo, igualmente es cuestión de vida o muerte amar o dejar de amar. Porque, como dice San Juan, "quien no ama, está muerto".
¿Qué sería la vida sin amar? ¿Te imaginas un mundo sin el afecto y cariño, sin la ternura y la entrega de una mamá, por ejemplo? ¿Te imaginas un mundo sin el calor de hogar, sin familias, sin unión familiar? ¿Te imaginas un mundo sin la compañía y el compartir de amigos y amigas? ¿Te imaginas un mundo donde no exista el enamoramiento ni la comunión de voluntades y de sentimientos, sin causas comunes? ¿Te imaginas un mundo donde no exista unión en los esfuerzos? ¿Te imaginas un mundo sin compartir alegrías, tristezas o esperanzas? ¿Te imaginas un mundo sin diálogo, sin unión afectiva? Yo no. La vida sin amor es lo mismo que morir.
Y ya decía Pío XII: "Hay muchos que no son buenos porque no se sienten suficientemente amados". Todos, sin excepción alguna, incluso la persona más mala que pueda parecer, tiene en su interior una semilla o capacidad natural que le impulsa a amar, ya que nuestra vida ha sido predestinada a amar, nuestra vida es para amar.
Es una experiencia universal y a todos nos ha ocurrido muchas veces, que al ver a alguien necesitado o en apuros o débil o con problemas, descubrimos un impulso en nosotros que nos llama a ayudar y a echar una mano, que no viene de fuera, sino de dentro, algo sale de nosotros que nos lanza. Así nos pasa, por ejemplo, al subir una persona mayor o una embarazada a un autobús o camioneta, todos sentimos "al menos sentimos" una fuerza que nos levanta para cederle el puesto. Todos tenemos esta llamada interior, aunque después la acallemos. Quizá no nos levantemos o no ayudemos o no echemos una mano, pero no dejamos de tener por eso en nosotros esa capacidad o conciencia que nos impulsa y nos llama a amar.
Hace algúun tiempo, vivíamos en frente a un bar o cantina donde se reunía un grupo de mareros o pandilla. Ya se pueden imaginar, la noche era para todo menos para dormir. Aprovechábamos para ir a conversar con ellos. Total: les caímos bien. De tal manera que un día se presentaron en la casa con una caja de bombones para regalárnosla. Al contar cómo la habían conseguido, nos revelaron que se habían subido a un tren sin pagar pasaje, fueron al centro de la ciudad y allí se acordaron de nosotros, los misioneros, y decidieron hacernos un regalo, entraron a una tienda y robaron la caja. Los medios para conseguirla fueron bastante malos, pero lo que quiero comunicarles es la intención... de la peor gente puede salir esta llamada o esta intención, el impulso a amar. ¡Tengan en cuenta! ¡No existe nadie malo por naturaleza!
Un día, hablando con un funcionario de prisiones me comentaba la situación de un preso. Me decía que había un preso que tenía SIDA y se le había complicado todo, se encontraba en un período terminal; avisaron a su familia, pero ésta no quiso saber nada de él y se desentendieron. Pero fue un compañero suyo, preso también, que aunque acusado de homicidio, se acercó y se ofreció a ayudarle y cuidarle, poniéndose a vivir con él en la celda hasta que murió... acabó contagiándose de SIDA, pero feliz de haber dado la vida por su compañero.
Estoy plenamente convencido que todos tenemos una capacidad de amar impresionante, que la malicia no es innata a nosotros, lo que sí es innato es esta fuerza que nos impulsa a salir al encuentro de los demás, e intuimos que nuestra vida ha sido de alguna manera "programada" para amar.
La vida de todo hombre es amor y está creada para amar. No hay ningún hombre malo en sí, sino equivocado, mal programado, un poco loco, ignorante de su identidad. No podemos olvidar que la respuesta del amor, esto es amar, es lo que el otro siempre necesita. Pegando al hombre o encerrándole para que cumpla con las normas o la ley, no le hago descubrir su identidad. Así puedo conseguir que cambie de conducta, quizá, presionándole mucho, por miedo, pero ni lo cambiaré de fondo ni curará su enfermedad ni me dará una respuesta de amor. Por muchas normas o preceptos que me den para amar nunca aprenderá. A amar no se aprende a base de cargar con normas o leyes externas, ni por miedo al castigo. En el amor no existe el miedo, expulsa todo temor, en el amor no existe la coacción ni la esclavitud. Amar es como respirar, amar es liberación, amar es mi vida y mi vida es para amar.
A amar se aprende amando. No nos vaya a pasar lo que le sucedió a aquella señora licenciada y doctorada en psicología y pedagogía infantil, que no era capaz con todas sus teorías de enseñar a andar a su hijo: su vecina que ya había tenido cinco hijos, tomó a su hijo y en un instante le hizo caminar.
Dice acertadamente el Cantar de los Cantares: "si alguien ofreciera todos los haberes de su casa por el amor, se granjearía el desprecio". El amor ni se compra ni se vende. El amor o es gratuito o no es amor. La vida de todo hombre es para amar. Un hombre que no ama está muerto. Vivir es amar. Imposible amar sin vivir ni vivir sin amar. Vivir y amar se identifican.
Es una gran realidad: ante los deseos de disfrutar de la vida, de sentirnos amados y de tener una identidad, esto es la de ser amor eterno y estar atraído por este amor perfecto, necesitamos igualmente sentirnos útiles para alguien y para algo. Este para alguien es mi Dios y este para algo son los hijos a los que podemos devolver su identidad y dignidad humano-divina.
Fuimos creados a imagen y semejanza de nuestro Dios en su ser y en su actuar, no tenemos sino su mismo ser: somos amor de Dios; pero igualmente su mismo actuar: Dios es Amor y la actividad propia de Dios es amar. De igual modo la actividad propiamente humana es la de amar, hemos sido creados libres para amar. Es por este motivo que todo hombre sin excepción manifiesta pálidos reflejos de lo que es la acción de su auténtica identidad o ser. Es evidente que en estos hechos que contaba anteriormente y tantos otros que podemos conocer se constatan pequeños rastros de nuestra imagen y semejanza de Dios. Nuestra libertad se manifiesta en plenitud cuando amamos: "Ama y haz lo que quieras", decía San Agustín, es decir, que si amamos seremos realmente libres, y si no amamos somos esclavos. Si nuestro mundo está destruido es porque estamos perdiendo nuestra libertad, pues la libertad lo es en la medida de nuestro amor... "mi amor es mi peso", también decía el mismo santo.
Si ya humanamente tenemos esta gran capacidad de amar: como la de Abbé Pierre, la del mendigo, la de los "mareros", la del preso con SIDA, la de cada uno de ustedes... si ya humanamente tenemos esta capacidad tan maravillosa que nos hace sentir con vida, ¡cuánto más es la capacidad de amar "divina"! Si ya, humanamente vivir para los demás, compartiendo lo material y humano, nos hace gustar de cierta felicidad, ¡cuánto más compartir
la Vida
de Dios!
Todos tenemos, aunque en semilla, la capacidad natural de amar. Esta semilla es como una fuerza que nos impulsa a buscar el mayor bien para mí y para los demás. Y..., ¿Cuál es el mayor bien? ¿Según quién?
Antes de dedicarme a ser discípulo y misionero, maestro de discípulos, pensaba digo yo, como la mayoría, que la cosa de amar era una idea bonita, pero para la gente ilusa que no ha tenido experiencia de la vida... ¡Amar es imposible! me decía. Y para argumentarlo tuve dos experiencias que me lo evidenciaron.
Cuando era más joven, a mis diecisiete años, me cayó bien una muchacha, y llegué a salir con ella. Su problema era que desde niña se encontraba metida hasta los huesos en la cuestión de la droga, de tal modo que no podía dejarla, era adicta, y siempre andaba metida en un ambiente en que la impulsaban a ello. Yo me propuse ayudarla al máximo. La llevaba a todos los grupos más altruistas que conocía: que si ecologistas, objetores de conciencia, líderes de campamentos. Nos llegamos a enrolar en cantidad de grupos e incluso en cursos intensivos de psicología. Los fines de semana buscaba que tuviera un momento para ir con sus amigas, y me la llevaba al cine, al teatro, a conciertos... Incluso ella se daba cuenta que yo le ofrecía todo mi afecto y que le consentía todo; sabía bien que yo la amaba sinceramente. Un día se me ocurrió decirle: "¡Oye! y ¿Por qué no dejas ya el mundo de la droga?" pero me quedé de hielo cuando escuché su respuesta: "Y tú, ¿qué me ofreces?". Le di todo lo que pensaba que yo le podía dar, incluso estaba dispuesto a dar mi vida por ella, cuando me preguntó qué era lo que yo le ofrecía... Ahí mismo pensé: "Y, ¿qué? lo único que hice fue molestarla. Si ella eligió tener una vida así, ¿por qué he de meterme con ella y con su vida? ¿Para qué hacerla cambiar?"
Otra experiencia que me llevó a pensar que amar es imposible fue la de un pueblo muy cercano al mío, Burjassot. Más del sesenta por cien de la población era de raza gitana. En un ataque de altruismo, el alcalde, que era comunista, se propuso edificar gratuitamente para ellos unos bloques de edificios impresionantes. Llegó el día de la inauguración. Los gitanos dejaron sus chabolas y metieron en los pisos todo, hasta los animales. Y en menos de dos días aquello daba pena: pues hicieron según su costumbre, fogatas en medio de las casas, prendiendo fuego a todo aquello, y se pusieron a vender en el mercado las puertas, ventanas, sanitarios y todo el mobiliario.
Todos amamos, ¡sí! Pero ¿según qué o según quién? He ahí el problema. ¿Cuál es la medida del amor? Amar es desear el mayor bien para el prójimo, s?, pero ¿según quién?
Lo que cuento de mi amiga o la experiencia que se tuvo en ese pueblo, sucede porque hemos aplicado muy mal nuestra capacidad de amar, y ha quedado en nosotros como embarrada. Es como aquél que veía el sol reflejado en una ciénaga, y queriéndolo tomar se tiró. De esta manera hemos hecho nosotros, y ahora estamos como convencidos que nuestra vida no es para amar. Y es así como anda nuestro mundo ¿verdad?: todo son intereses económicos. No se trata de altruismo ni voluntarismos baratos, ni si quiera de dar mis bienes, mis cosas, mis estudios, mis esperanzas ni dar la fama al otro, ni hacerle quedar bien, ni si quiera de entregar mi cuerpo a las llamas. De nada me sirve si no tengo el Amor de Dios, la caridad propiamente cristiana. Amar es ponerlo todo, tanto mi persona, mi situación, la naturaleza y a los demás con sus circunstancias en orden al Amor de Dios, máximo bien de todo hombre. Amar según Dios, esa es la clave.
Ante nuestra vida podríamos tener dos alternativas:
La primera es como cuenta un chiste de Mafalda. Iban dos señores directivos de grandes empresas hablando entre sí, y ella detrás escuchando la conversación. Decía uno: -"¿Cambiar el mundo? ¡Já! ¡Cosas de juventud loca!"; y el otro replicaba mientras que subía a su coche último modelo: -"También yo tenía esas locas ideas, y ya ve... ahora..."; Entonces Mafalda se fue corriendo a hablar con sus amigos y les decía: "¡Muchá! ¡Soñamos! Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, es el mundo el que lo cambia a uno"...
Esto es lo que nos puede ocurrir si nos esclavizamos a las circunstancias de nuestra vida, ya sea de familia, el esposo o esposa, novio o novia, o amigos. Si ponemos estas circunstancias por encima de nuestra capacidad de amar, es como lanzarse a una charca. No se trata de entenderlo, sino de ponerlo en práctica, de activar nuestra capacidad de amar.
¿Y la segunda alternativa? Esta es la segunda posibilidad en nuestra vida: poner todo lo que tengo, lo que sé y hago, incluso mi persona en función y en orden del amor de Dios, en orden a desarrollar mi capacidad de amar y la de los demás. Esto significa llegar a ser libre de todo, de todos y de nosotros mismos, disponiendo todo según el amor perfecto y eterno de Dios.
Solamente quien ha puesto en mí el Amor y la capacidad de amar me puede hacer despertar esta identidad y misión, diciéndome cómo aplicarla. La voluntad del Padre de quien todo procede es que sea feliz: que sea sensible y valore la vida y mi capacidad de amar, que me sienta hijo, libre, que reconozca y experimente el amor eterno de Dios, que conviva con él que es el amor perfecto que siempre he buscado, por eso viene a vivir en mi cuerpo, en fin, Dios quiere que tenga vida y vida abundante, y la tendré en la medida que ame según su Amor, en la medida que viva madurando y perfeccionando en mí el amor perfecto del Padre.
Un entendido en la ley del Antiguo Testamento le preguntó a Jesús en cierta ocasión: ¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna? En efecto, todo hombre normal busca el mayor bien para sí. Dios no ama desde fuera, como imponiendo, y por eso me pide que me valore bien desde la identidad que él me dio para que la desarrollara. La respuesta de Jesús es clara: amar el Amor perfecto de Dios y al prójimo como a mí mismo. Esto significa entregarme al Amor perfecto de Dios, y desear a mi hermano que se entregue de igual manera.
Se trata de desear al prójimo que desarrolle su capacidad de amar el Amor de Dios, y no los "amores" humanos mutables. Amar es, por tanto, desear el mayor bien al otro, no según su gusto, interés o capricho, ni si quiera según mi interés, sino según el Amor Perfecto de Dios. De ahí que amar se concrete en dar a conocer el Amor perfecto de Dios, en anunciar
la Palabra
para así devolver la sensibilidad por la vida y el amor procedentes de Dios, rescatar a tantos hermanos míos perdidos que viven como hijos del ambiente y de este mundo, devolver la identidad de hijo de Dios a todo hombre, que se sepa de naturaleza divina, eterno, que viva
la Vida
de Dios ya aqu? y ahora, que conviva con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en su propio cuerpo santo, que dé con el Amor perfecto de Dios para que llegue a amarle con toda la mente, con todo el corazón y con todas sus fuerzas.
"Amarás al prójimo como a ti mismo" supone el amarme a mí mismo. Y amarme a mí mismo significa querer desarrollar mi identidad y vivir mi misión: soy amor y mi misión es amar. Si quiero para mí
la Vida
eterna que consiste en amor eterno, como se presentó el entendido de la ley que hablábamos, hará lo que Dios me aconseja y me manda: no como cumplimiento de mandatos externos, sino como desarrollo integral de mi vida. Jes?s y su Evangelio lo resume en un solo mandato: "¡Ama!", ¡Ama al prójimo como a ti mismo! ¿Hay algo mejor que tener vida? ¡Sí! ¡Dar vida! Desarrollar mi capacidad de amar, porque mi vida es amar, mi vida es dar vida.
Al encontrar el gran Tesoro por el cual lo he dejado todo, al descubrir la perla preciosa que significa
la Vida
de Dios que consiste en el Amor, no puedo sino sentirme "esposa" del mismo Amor perfecto, de tal modo que no le escucho como siervo escucha a su dueño y amo, sino como un enamorado que escucha y hace lo que la amada le pide.
¡Qué maravilloso es permanecer en este Amor mutuo! ¡Qué grande es mantenerse en su Palabra! ¡Qué excelencia la de sentirme verdaderamente complacencia y útil para mi Dios! ¡Qué fascinante es saber mi vida nacida de Dios, cuidada por él mismo, nutrida y desarrollada por
la Palabra
! ¡Qué sentido más auténtico de mi vida que el de invertirla en irme conformando con el Amor Perfecto!
Pero hay algo más grande que tener Vida de Dios, ¿Qué? ¡Compartirla! Invertir mi vida para que muchos nazcan y maduren hasta la perfección esta misma Vida. Por eso mi Dios me pide que ame al prójimo como a mí mismo, que no hay mayor felicidad en recibir que en dar, y que es justamente dando como se recibe
la Vida. No
podemos amar a Dios o decir que tengo su vida ni que reconozco o experimento su Amor si no amo sincera y verdaderamente al hermano con el mismo Amor. Jesús habla muy claro y exige que nuestro amor ha de ser efectivo.
"Y, ¿quién es mi prójimo?" Preguntaron a Jesús. Y en su lugar de responderle directamente, Jesús de Nazareth, nos dice cómo ha de ser nuestro amor, nos ofrece el programa maravilloso de amar como él.
El primer paso en el amar consiste en salir al encuentro del necesitado: "Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto (...)". La historia sigue diciendo cómo llegó un sacerdote y un levita que pasaron de largo dando un rodeo, "pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle, tuvo compasión". El samaritano era un extranjero, hereje y marginado por los judíos.
Como interpretan los santos Padres de
la Iglesia
, que el hombre bajara de Jerusalén a Jericó recuerda a la pérdida del hombre del paraíso a causa del pecado. Este hombre simboliza la humanidad. La vida del hombre estaba marcada por la falta de amor divino, por la falta de amor perfecto, y se encontraba como apaleado y medio muerto. Ni la ley de Moisés, simbolizada por el levita, ni el culto de los hombres, simbolizado por el sacerdote, podían curar ni borrar la culpa, no podían darle
la Vida
de Dios.
Amar efectivamente es salir al encuentro del necesitado: entrar en conciencia de la falta de amor perfecto, el poco desarrollo de nuestra capacidad de amar y las consecuencias del pecado en nuestro mundo: más de mil ochocientos millones de personas sufren de hambre y van muriendo por inanición, sólo en un año más de un millón de niños en África nacieron con SIDA, más de setenta millones de niños viven sin hogar en Latinoamérica, muertes, violaciones, secuestros, "católicos" mediocres, hogares inexistentes, familias rotas, niños abandonados... ¿Por qué? Por falta de desarrollo, falta de desarrollo de
la Vida
de Dios en nosotros, falta de amar como Dios ama en nuestra vida: son las consecuencias naturales del pecado, consecuencias lógicas de no despertar ni desarrollar en mi vida y en la tuya la semilla de eternidad. Así se nos comenta en el Antiguo Testamento respecto a Dios Padre y de este modo fue igualmente el sentir de Jesús: se dio cuenta y sufrió en su propia carne el que nuestra mundo anda falto de amor y vio la urgencia de la misión: dar vida y vida abundante, dar
la Vida
eterna como un mandato recibido del Padre.
Amar efectivamente consiste primero, en estar junto a ellos, no dar rodeos ante la necesidad urgente de nuestro mundo y de nuestras vidas. No podemos ser ni si quiera llamarnos cristianos y, a la vez, permanecer pasivos si un solo hermano anda desnudo y carece de sustento diario. Si se encuentra así es porque no hemos hecho nacer al prójimo a
la Vida
de Dios, porque la causa de la falta de amor en nuestro mundo es la falta de Vida de Dios.
Recién ordenado sacerdote fui enviado a la ciudad de la eterna primavera, Medellín, Colombia. Mi ilusión era extender el Evangelio, proclamar el Amor de Dios y provocar la respuesta del amarle a Él y a todo prójimo. Pero me di cuenta que no era tan fácil. El primer día, mientras jugábamos a básquet, escuchamos dos disparos, al llegar a casa nos enteramos que habían matado a dos jóvenes vecino, y los muchachos me contaban que de treinta vecinos ya se llevaba quince muertos con estos dos, y que los otros buscaban cómo irse del barrio. Nada más llegar, de camino del aeropuerto a casa, presenciamos cómo mataban a un hombre que iba en su coche desde una moto.
Ante la situación, llegué ante el Sagrario, y preguntaba: ¿Qué puedo hacer yo?, y entonces escuché
la Palabra
de Dios que me decía: "¡Ama!". Y comprendí que amar empieza por darme cuenta de la realidad, situarme y estar junto a los necesitados de
la Vida
de Dios, sin dar rodeos. Así lo enseñó Jesús en el sermón de la montaña. Pero no sólo estar o hacer nacer a
la Vida
de Dios por mi Palabra...
En África estuve durante cinco años. Allí también aprendí que esto es un primer paso, pero no hay que quedarse ahí. Es mucho más. Por eso en el Evangelio, el segundo paso que se nos indica en la parábola del samaritano es sentir compasión del necesitado, esto es hacer mías las tristezas, alegrías, esperanzas, angustias de los hombres. Se trata de cuidar la vida de Dios que he engendrado en el necesitado. Al estar entre la gente los primeros días, empecé a hablarles del Dios personal, del Dios Amor, de
la Vida
eterna, iniciando en ellos la vida espiritual. A parte y entre ellos decían: "Muy bonito eso. Pero ese dios es el de los blancos, no tiene nada que ver con nosotros." Por mucho que les seguía hablando, ellos pensaban que yo era blanco, diferente, que no tenía que ver con sus vidas. Un día me agarró un paludismo terrible, me subió la temperatura a unos cuarenta grados y no podía ni moverme de la cama ni hablar. De pronto, apareció uno de los muchachos y me dijo sonriendo: "¡Venga!, ¡háblanos ahora de ese tu Dios! ¡Dinos que te ama!". Por un momento sentí ganas de abandonar y marcharme de allí, pero al día siguiente, cuando me bajó un poco la fiebre, me levanté, les reuní a todos y les dije: "Miren. Este Dios del que les hablo sigue siendo amor para mí y para ustedes. Esto no lo hago por altruismo o porque tengo buena voluntad. Estoy aquí entre ustedes, aunque sea pasando esta enfermedad para decirles que Dios les ama, ¿Por qué no abren sus corazones y se dan cuenta de que es el Dios de todos y para todos y no solo para unos pocos?" A partir de entonces, empezaron a decir: "¡Ahora sí! Ahora sí que eres uno de los nuestros".
La Vida
de Dios se cuida poniéndonos en el pellejo del otro, enseñando desde el propio ejemplo, convirtiéndonos en modelo a imitar y con un amor exigente. Desde aquel momento, empezaron ellos mismos a predicar el Amor de Dios comenzando por sus familias. La felicidad mía fue total: es impresionante ver el cambio en personas solo por compartir con ellos su vida y sufrir con ellos y por ellos. Amar llena realmente a la persona y la hace ser profundamente feliz.
Lo que me hizo profundizar entonces, en el Amor de Dios, fue el tener compasión, el tener vista la aflicción del pueblo y hacerla mía, como Dios lo hace, el conocer en la propia carne sus sufrimientos y desear
la Vida
y el Amor de Dios para todos. Pero hay un tercer paso en el amar efectivamente...
El tercer paso es dar lo primero, lo urgente. Como relata el Evangelio: vendar las heridas, sanar los corazones rotos, consolar al triste y al cansado, liberar al cautivo. Todo ello son imágenes que significan "redención": borrar el pecado de la humanidad, devolver
la Vida
de Dios con su Amor perfecto a la humanidad; y solo hay un instrumento capaz de purificar y sanar: la misma Palabra de Dios hecha carne,
la Palabra
predicada. Es la actitud propia del cristiano. En el amor no hay ley, todo es fruto de la iniciativa y creatividad sostenidas por un diálogo vivo con Dios. Amar es una preocupación activa y total por el otro: ¿Cómo haré para que en el prójimo se despierte la sensibilidad por
la Vida
y el Amor? ¿Cómo haré para que el otro se sienta fruto de amor, valorado, amado y estimado como hijo de Dios? ¿Cómo haré para devolver la identidad al prójimo, para que se vea de naturaleza divina? ¿Cómo haré para que descubra en su cuerpo al mismo Dios que lo creó, que lo redimió y que lo santifica? ¿Cómo haré para que deje los amores limitados y dé con el Amor Perfecto de Dios? ¿Cómo haré para que descubra en su interior la capacidad de amar?
En el Amar de Dios no hay otro método más efectivo que el de dar a conocer su Amor por medio de
la Palabra
, así es como lo ha ido haciendo por medio de los patriarcas, profetas, apóstoles, evangelistas, los santos de cada época,
la Iglesia
y a través de mí, y también de ti, si hoy te decides a amar: porque amar es anunciar el Evangelio de
la Vida
y del Amor de Dios.
Puedo dar muchas cosas, incluso crear estructuras sociales materialmente ricas para un desarrollo humano, pero si falta el Amor de Dios que es nuestra identidad, tarde o temprano todo seguirá siendo usado para practicar más injusticias como ocurrió con los gitanos del pueblo que les comentaba. En uno de los barrios más pobres de África llegamos la primera vez para ayudar materialmente. La sorpresa llegó cuando descubrimos que cuanto más les dábamos, más odio había entre ellos y más se robaban los unos a los otros. Me acuerdo de un señor que vino con nosotros y les creó por su cuenta un taller mecánico. Les llevó todo el material pagado generosamente por él, y empezó a enseñarles mecánica. Cuando se dio cuenta, le habían robado todo del taller ellos mismos, lo vendieron y se lo gastaron en bebida. Y es que si falta el Amor de Dios ¿de qué sirve dar lo material? Sin embargo, la segunda vez que llegamos allí, fuimos decididos a evangelizar, y al dar primero a Dios, ellos mismos empezaron a compartir y a trabajar dignamente.
El método de Jesús de Nazaret no es dar cosas, sino dar
la Palabra
que nos une al Amor. No sé si se acuerdan de aquella muchacha que estaba metida en la droga y que yo no tenía nada más que darle, después de entregarle lo humanamente posible. Pues después de conocer
la Vida
de Dios en mí y su desarrollo en el amar con el amor de Dios, ¡ya tengo lo que no tenía! Tengo el gran tesoro a repartir: no hay mayor amor que dar
la Vida
de Dios, hacer que muchos se encuentren con el Amor Perfecto. Y mi alegría es plena cada vez que me acuerdo de tantas personas que han cambiado radicalmente su vida por darles a conocer a Dios.
Es realmente maravilloso, da una felicidad colmada, ver el cambio de personas que parecían "condenadas a muerte" o a la infelicidad perpetua. He conocido sicarios, personas que matan por un poco de dinero, que todo el mundo despreciaba y les condenaba a muerte. Uno de ellos, vino a un encuentro, y al final contaba: "He matado ya a más de diez personas. He torturada a muchachas, cortándoles el pelo, amputándoles los dedos... y tenía planeado al salir de aquí matar a otra persona. Pero ahora me he dado cuenta de mi ignorancia. Yo no conocía a Dios, no sabía que era hijo de Dios. Gracias por decírmelo, gracias por curarme." Seguidamente se fue a comunicarlo a su banda, de tal modo que por su predicación y testimonio varios sicarios se plantearon dejar las armas. También conocí a una muchacha dedicada a la prostitución, que al predicarle que el amor humano no pertenece sino a Dios, manantial de todo amor, me vino a decir: "Me veo como la samaritana, no con cuatro maridos, sino más de treinta, pero cuando vengan a beber de mi pozo les voy a dar lo que he experimentado". Me hacía realmente llenarme de gozo cuando la oía predicar en su barrio y cómo creaba fraternidad entre su gente comunicando: "El Señor me ha dicho todo lo que yo he hecho". O también el cambio de una persona que era orgullo andante, al conocer y encontrarse con el Amor Perfecto, dejó de buscar la línea y los kilos de pintura en la cara para pasar a engordar sin miedo al qué dirán. Todos ellos con una característica: predicando lo mismo que habían escuchado.
El cuarto paso en el amar efectivamente es dar mis comodidades, preocupándome activamente por el otro. Es realmente necesario apartar la mirada de uno mismo para ver a los demás. Vendar las heridas que deja el egoísmo, solo es posible si hay un amor y preocupación sincera. Que el prójimo se sienta realmente amado. Por eso a toda esta gente que antes les contaba, yo no la dejó, sino que día a día buscaba alimentarles con
la Vida
de Dios por
la Palabra
, me siento padre, esposo de Dios, madre de multitud de hijos. Amar supone ponerlo todo en orden al amor perfecto de Dios, significa no tener nada propio, poner todos mis bienes y mi persona al servicio de los demás, todos mis talentos, estudios, capacidades. No es ningún sacrificio, es sencillamente ser feliz de una manera muy distinta a como ofrece el mundo.
No encuentro mayor felicidad que la de levantarme de la cama bien temprano y darle un gran abrazo a mi Dios, sentirme profundamente amado y así disponerme a amar con ese mismo amor, escuchando la voz de mi amado que es la voz del Amor perfecto: una voz que me dicta palabras de Amor y que exige mi libertad para poder amar como Él y comunicar este Amor a todos. De lo primero que me habla, mi Dios, es de la gente que depende directamente de mí, y es entonces cuando me dedico a prepararles la comida, su bebida, su vestido, su medicina para cuando le visite todo está a punto; y todo esto no es más que preparar
la Palabra
para ser predicada: necesito escuchar, entender, comprender, enamorarme de tal manera que defienda
la Vida
de Dios en mi prójimo por encima de todo y de todos.
Pero también existe un quinto paso, pues aunque lo dejara todo, incluso diese mi vida, sin este paso, todo sería inútil: amar efectivamente es llevar al necesitado a un ambiente fraterno donde se reponga. De nada sirve rehabilitar a un drogadicto si luego le dejas en su mismo ambiente. Es el único mandato que dejó Jesús para distinguir su Amor: "En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros". No es que sólo haya felicidad en cambiar situaciones personales, más felicidad está en el transformar ambientes enteros. Amar es crear comunidad de discípulos y misioneros del amor Perfecto, donde nos podamos corregir como hermanos, haciendo una revisión de vida, de
la Vida
de Dios en nosotros, si realmente la hemos iniciado, la conocemos, la vivimos y la desarrollamos por
la Palabra
y los Sacramentos. Para así andar, debemos hacerlo en comunidad. El cristiano, el discípulo de Jesús se distingue en el amor mutuo y el tipo de amor: el de Jesús.
Cuando estuve por Colombia, comprendí que solo formando estas fraternidades la gente podría ser capaz de vivir su identidad. Porque amar es crear fraternidades que sean células vivas y vivificantes en el lugar donde nos encontramos y en el mundo, hasta que todos lleguen a ser uno. Y ahora es una realidad en personas concretas del mundo y también aquí donde me encuentro, pues ya hay gente que se está decidiendo a amar, van creando fraternidad ahí en cada familia y en el sector donde viven, porque el Amor es difusivo de sí mismo. Ya se va respirando fraternidad cristiana, donde todo hombre puede encontrar descanso y sentirse útil para la transformación radical del mundo. Todos apoyando al Amor de dios transmitido a través de la Palabra.
Nadie puede desarrollar la capacidad de amar si no es en un ambiente de fraternidad donde se comparte el Amor de Dios. Es de este modo como cambiaremos el odio en amor, la tristeza en gozo, la angustia y desesperación en optimismo y esperanza, la muerte en vida. No porque nos compartamos solamente lo material, que también, sino sobre todo lo espiritual. Porque cuando se tiene a Dios, todo lo que se tiene es usado se pone en orden al Amor Santo y Perfecto y no se atesora nadie nada para sí, sino en función de la comunidad.
Hasta vemos ejemplos heroicos y ejemplares: personas con carreras universitarias, médicos, ingenieros, arquitectos... lo dejan todo y ahora ponen sus talentos al servicio de Dios y su Amor. Muchas personas son las que ofrecen todos los bienes materiales para que se extienda el Evangelio: para que se cumpla el mandato de Jesús de hacer discípulos a todas las gentes, bautizándoles y enseñándoles todo lo que Él enseñó.
Habría un sexto paso, el de dar al necesitado todo lo que tengo y más, sin esperar ninguna recompensa. Porque la fraternidad se va creando en el compartir y no en el poseer. Hay más felicidad en dar que en recibir, como dijo Jesús. Y es una realidad que gente de toda raza, lengua y cultura nos amemos como hermanos.
¿Quién es tu prójimo? Le preguntó el legista a Jesús. Jesús le ofreció todo un programa para desarrollar la capacidad de amar -los seis pasos-, y le respondió: ¿Quién se hizo prójimo del necesitado?, el legista contestó: "Aquel que practicó la misericordia con Él"; Jesús le replicó: "Vete y haz tú lo mismo", es como si le dijera: hazte tú prójimo de todo necesitado.
Por tanto amar es identificarse con el prójimo, amarle como a mí mismo, es decir, como Jesús. Los santos padres interpretan al samaritano, como Jesús, que viene como extranjero a quitar el pecado del mundo a cambio de dar su propia vida:
la Vida
de Dios. De ahí que Jesús se identifique con todo necesitado: "...porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; era forastero, y me acogieron; estaba desnudo y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel y vinieron a verme. En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron".
El Amor de Dios es un Amor que tiene un séptimo paso: es el amor crucificado, pues se identifica con todo el que vive pobre humillado, con los que lloran, los que sufren injusticias, los limpios de corazón, los que aman, los que son perseguidos y odiados por desarrollar la capacidad de amar.
Desde la fe descubrimos el rostro del Señor en los rostros sufrientes de nuestros hermanos: "los rostros desfigurados por el hambre, consecuencia de la inflación, de la deuda externa y de las injusticias sociales; los rostros desilusionados por los políticos, que prometen pero no cumplen; los rostros humillados a causa de su propia cultura, que no es respetada y es incluso despreciada; los rostros aterrorizados por la violencia diaria e indiscriminada; los rostros angustiados de los menores abandonados que caminan por nuestras calles y duermen bajo nuestros puentes; los rostros sufridos de las mujeres humilladas y postergadas; los rostros cansados de los emigrantes, que no encuentran digna acogida, los rostros envejecidos por el tiempo y el trabajo de los que no tienen lo mínimo para sobrevivir dignamente.
De tal modo que no hay Amor perfecto sin cruz, sin sufrimiento ni muerte. La prueba del Amor de Dios fue la muerte de su Hijo por nosotros... Así tantos mártires que dieron la vida corporal como Jesús, pero también los que dan su vida actualmente por cuidar
la Vida
de Dios en el prójimo: tantos que se gastan y desgastan por el otro, noches sin dormir, días sin comer, sin sustento material, sufriendo las injusticias en su propia carne, llorando por cargar con la falta de amor, cargando con las consecuencias del pecado, o sufriendo humillaciones, siendo injuriados, maltratados, odiados, torturados, hasta matados quizá no físicamente pero sí humana y espiritualmente por las lenguas de víbora o dictadura del relativismo y otras ideologías endiosadas.
La liturgia romana afirma que el sacrificio del Hijo de Dios es "principio y modelo" de todo martirio.
Es "principio" porque Jesús dijo a sus discípulos que serían perseguidos a causa de su nombre. Declarándose Hijo de Dios, Cristo no abolió sino que dio cumplimiento a la concepción judía del martirio: la muerte durante la persecución se produce a causa del nombre de Dios. Éste equivale a gastar la vida para que en el mundo reine la justicia; y esto sólo es posible si se reconoce la primacía de Dios. Los mártires no buscan, en efecto, el martirio en cuanto tal, sino la santificación del nombre de Dios, principio de toda justicia en el mundo.
El sacrificio del Hijo de Dios es también "modelo" de martirio. El hecho de que Jesús sea Dios venido al mundo es la verdad original que los cristianos deben testimoniar y esto incluye, de modo escandaloso, el amor a los enemigos y la benevolencia hacia los perseguidores. ¿Qué justicia, en efecto, podría establecerse en el mundo sin la conversión de los perseguidores y los enemigos? El mártir realiza en su cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo, y esto favorece la resurrección, del crecimiento y de la vida de
la Iglesia. El
cristiano en efecto está dispuesto a sufrir la injusticia en vez de cometerla, por tanto a morir. La fe de este modo hace sitio a la caridad que no tendrá nunca fin.
Realmente no hay mayor amor que el gratuito, el sacrificado y el universal, el de Cristo, un amor que da la vida en sustitución nuestra y en favor nuestro, para que podamos amar como Él. Es un amor crucificado. Sin cruz no hay cristianismo, por eso amar llegará a parecer fracaso, llegará a experimentar el sin sentido de la humillación o de la cruz, pero ahí mismo es donde ese amor "resucitará", se hará eterno, porque sabemos que el amor no acaba nunca.
¡El mundo necesita de tu amor! ¡¡¡Ama!!! ¡¡¡Ama sin cansarte!!! Como decía
la Madre Teresa
"Ama hasta que te duela". Y si te cansas de amar, continúa amando.
Acerquémonos a Dios, nos quiere comunicar la necesidad de aquellos con los que se considera identificado para decirnos: "Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo... y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues conozco sus sufrimientos..." El Amor de Dios se quiere transmitir a través de tu boca y de tu testimonio. Él mismo pone palabras en tu boca. Amar con el Amor de Dios supone, entonces, ser esposa y madre, supone entregar la vida propia por los hijos, cargando con el sufrimiento de todo hombre, sin excepción, sin ningún capricho ni interés personal, más amor que con el que una mamá humana trata a sus hijos en peligro...
Si tú quieres puedes ser feliz ¿Cómo? Administrando tus talentos y tu vida, ponlo todo al servicio de tu prójimo ¡¡crea fraternidad!!
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