DISCÍPULOS Y MISIONEROS
Vida de gracia
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TRATADO DE DIOS PADRE

A. MANIFESTACIÓN DE MI SER DEPENDIENTE

1. La Escritura incita a escuchar, buscar y reparar nuestro origen (Is 51, 1).

  • Desde el conocimiento científico podemos llegar a entender el cómo de las cosas. Las teorías científicas describen cómo se comporta el mundo, incluyendo el hombre, pero no pueden decir, desde su campo de acción, el porqué lo hacen así. De ahí que la teoría de la evolución, por ejemplo, no está en contradicción abierta con la creación.

  • Desde el conocimiento filosófico, igualmente válido y legítimo, complementa a la ciencia en cuanto busca explicar el porqué o las causas de las cosas, aunque siempre desde su propio campo de acción también. Podemos llegar con la razón filosófica a la existencia de un dios personal, aunque muy lejos de lo que significa el Dios de Jesucristo.

  • Desde el conocimiento teológico se pueden encontrar argumentos convergentes y convincentes que lleven a verdaderas certezas desde la creación, el mundo material y la persona humana (cf. con Catecismo de la Iglesia Católica#31-34; 2500; 1730; 1776; 1703; o en Gaudium et Spes #16, 18)

  • Estas "pruebas" disponen a la fe y hacen ver que la fe no se opone a la razón sino que la impulsa a razonar más y más. Lo que se ha venido llamando "pruebas" de la existencia de Dios no provocan la fe cristiana.

  • La verdad sobre la procedencia de la vida humana no se nos impone ni por la razón científica, ni la filosófica ni la teológica, sino que la verdad se nos ofrece gratuitamente. No es el hombre quien conquista la verdad en solitario, es Dios quien se la entrega o se la revela.

  • La razón es insuficiente. Dios trasciende las categorías del mundo creado, no podemos transferir a él o contra él, nuestras ideas en este campo, ya que sería "fabricar ídolos" para adorar o demoler (cf. Catecismo de la Iglesia Católica#2779).

  • Necesitamos la fe como gracia, ya que a Dios le conocemos por revelación ulterior, es el Hijo quien nos ha revelado a Dios como Padre (cf. 37-38).

  • Dios da testimonio perenne de sí en las cosas creadas (dejó huellas, vestigios), pero quiso abrirnos el camino de una salvación sobrenatural: que entráramos en su intimidad divina (cf. Catecismo de la Iglesiacatólica #35. 54). Nuestro origen es un proyecto de Dios; es la vocación a la comunión con Dios por el diálogo (cf. Gaudium et Spes #19, 1) 

"Prestadme oído, seguidores de lo justo, los que buscáis a Yahveh. 

Reparad en la peña de donde fuisteis tallados"

 
  • De aquí que sólo podemos reparar en nuestro origen mediante el DIÁLOGO CON DIOS, con la oración: lugar de encuentro de la llamada de Dios y de la búsqueda del hombre (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, #2566; #2567). Y desde este punto de partida podemos impulsar a la racionalidad humana, científica, filosófica y teológica, (en su diversidad y complementariedad) a razonar más y más de forma activa y positiva, cada una desde su campo a la existencia de un dios personal, pero, como digo, siempre lejos de lo que significa el Dios de Jesucristo, que es revelado "no inventado".
     
  • El hombre solo puede acceder enteramente a sí mismo en referencia a Dios, el tema de Dios va inalienablemente unido al vivir humano, diría W. Pannenberg en su libro "Antropología en perspectiva teológica". No podemos conocer al hombre sino en su referencia a Dios, en cuanto su relación creatura-Creador. La creatura no tiene en sí misma ni su principio ni su fin último, sino que participa de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Esto nos muestra que el hombre es un ser dependiente de Dios. "Todo proviene de Dios" "La creatura sin el Creador se diluye". (Catecismo de la Iglesiacatólica 34; Gaudium et Spes 36, 3).
     
  • La manifestación del hombre en la plena dignidad de su naturaleza no puede tener lugar sin la referencia, no sólo conceptual, sino también íntegramente existencial, a Dios. El hombre y su vocación suprema se desvelan en Cristo mediante la revelación del misterio del Padre y su amor (cf. G. S 22; Dives in Misericordia 1, 2). 

2. El hombre busca a Dios

  • Si el hombre repara en su origen es porque en él se encuentran huellas o vestigios de Dios: ya que hemos sido tallados (imagen) y excavados (semejanza) del mismo Dios (Is 51, 1): "Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra..." (Gén 1, 26)
     
  • Es así como se testifica en la historia de las religiones. Podemos afirmar desde la filosofía que el hombre es un ser esencialmente religioso. (Catecismo de la Iglesia Católica#28; #2566)

    HUELLAS DE DIOS (vestigia dei)

    Deseo de sentirse amado y amar. 

               
    Desde el conocimiento "ordinario", de "sentido común", de "hecho", no nos hace demostrar precisamente, ya que es experiencia vital, se comprende que lo absoluto en la vida del hombre, lo de más valor es la vida misma, pero el hombre aborrece vivir si no tiene amor. Lo nuclear de la vida del hombre es el amor. Según es el amor es la madurez de la persona. Todas las dimensiones de la vida se unifican en el amor. La experiencia de amor suscita la necesidad de amar ilimitadamente y el deseo de esa capacidad. Esto nos manifiesta la vocación y proyecto en que consiste nuestra procedencia.


    Dominio del mundo. Gén 1, 26-27. 

                El hombre como rey de la creación ocupa un lugar único en ella (cf. Catecismo de la Iglesia Católica# 355), se ve único y distinto entre todas las criaturas, se encuentra dominando y sometiendo la tierra (cf. Catecismo de la Iglesia Católica#343; #307). El hombre descubre que no depende de las cosas ni de las personas ni de sí mismo, sino que depende de otro (Lc 12, 21); no se halla como hijo de este mundo o pertenencia a la tierra, trasciende, se religa, va más allá.

     Dependencia. Relación.

               
    El hombre no puede llegar a conocerse sin reconocer su dependencia, su ser referido a otro. Conocer a Dios es conocerse a sí mismo como dependiente de Dios. "Señor, que te conozca y me conozca", decía San Agustín. El hombre se conoce a sí mismo en cuanto referido a Dios, en su relación de dependencia. Llega a vivir según la verdad cuando reconoce y es en referencia a Dios, en cuanto se entrega confiadamente en sus manos. No vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador. (Gaudium et Spes #19)


    El hombre es el único ser capaz de conocer y amar a Dios, de orar.

               
    Sólo el hombre entre todas las criaturas está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Porque fuimos creados por amor (Catecismo de la Iglesia Católica#356). La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente ese amor y se entrega a su Creador.


    El deseo de Dios.

                Ante este deseo de Dios inscrito en el corazón del hombre (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #27) que es deseo natural de felicidad (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #1718) existen obstáculos provocados por el pecado (Catecismo de la Iglesia Católica #398); y como fenómenos derivados el ateísmo y el agnosticismo. Estos fenómenos son provocados por la falta de evangelización, la mala catequesis y el mal testimonio de los mismos creyentes. Pero Dios sigue llamando a la santidad y divinización del hombre, pues Dios es nuestro único origen y fin (Catecismo de la Iglesia Católica #30).

     

3. Es Dios mismo quien sale al encuentro del hombre para que le conozca, responda y le ame.

  • Como venimos exponiendo, otro orden de conocimiento de Dios distinto al de la razón natural, es el conocimiento de Dios por la Revelacióndivina: por la que sabemos que Dios nos quiere hacer partícipes de su misma vida divina (Catecismo de la Iglesia Católica #50). La iniciativa de llevar al hombre a la vida divina parte de un designio amoroso del mismo Dios, que lo hace por libre voluntad, por puro amor (cf. Catecismo de la Iglesia Católica # 51; 293; Dei Verbum 2)
     
  • Dios creó todo para el hombre, pero el hombre fue creado no para el "todo lo creado", sino para servir y amar a Dios y para ofrecerle u orientar lo creado a Él (Lc 12, 21) (Catecismo de la Iglesia Católica #294; 358). Dios nos creó no para la creación, sino para él, para que fuéramos las primicias de sus creaturas, propiamente suyos, hijos, santos, divinos, por eso nos dio la dignidad de ser imagen y semejanza suya (cf. Santiago 1, 18; 1Jn 3, 1-3;  Gaudium et Spes #22).
     
  • El hombre se prefirió a sí mismo en detrimento de su Creador. Prefirió ser dios sin Dios. El hombre estaba destinado a ser plenamente divinizado por Dios mismo. Nuestra procedencia, nuestro origen coincide con nuestra finalidad, y cuando la creatura olvida el fin del Creador y al Creador mismo, queda diluida. (Catecismo de la Iglesia Católica # 398) 
            LA PROVIDENCIA.

            La Providencia
"cristianamente entendida" no es más que el cómo Dios conduce todo a su fin último. Leamos éste diálogo hermoso de Santa Catalina de Siena sobre el tema:

           
El Padre eterno puso, con inefable benignidad, los ojos de su amor en aquella alma y empezó a hablarle de esta manera:

            "¡Hija mía muy querida! Firmísimamente he determinado usar de misericordia para con todo el mundo y proveer a todas las necesidades de los hombres. Pero el hombre ignorante convierte en muerte lo que yo le doy para que tenga vida, y de este modo se vuelve en extremo cruel para sí mismo. Pero yo, a pesar de ello, no dejo de cuidar de él, y quiero que sepas que todo cuanto tiene el hombre proviene de mi gran providencia para con él.

            Y así, cuando por mi suma providencia quise crearlo, al contemplarme a mí mismo en él, quedé enamorado de mi criatura y me complací en crearlo a mi imagen y semejanza, con suma providencia. Quise, además, darle memoria para que pudiera recordar mis dones, y le di parte en mi poder de Padre eterno.

            Lo enriquecí también al darle inteligencia, para que, en la sabiduría de mi Hijo, comprendiera y conociera cuál es mi voluntad, pues yo, inflamado en fuego intenso de amor paternal, creo toda gracia y distribuyo todo bien. Di también al hombre la voluntad, para que pudiera amar, y así tuviera parte en aquel amor que es el mismo Espíritu Santo; así le es posible amar aquello que con su inteligencia conoce y contempla.

            Esto es lo que hizo mi inefable providencia para con el hombre, para que así el hombre fuese capaz de entenderme, gustar de mí y llegar así al gozo inefable de mi contemplación eterna. Pero, como ya te he dicho otras muchas veces, el cielo estaba cerrado a causa de la desobediencia de vuestro primer padre, Adán; por esta desobediencia, vinieron y siguen viniendo al mundo todos los males.

            Pues bien, para alejar del hombre la muerte causada por su desobediencia, yo, con gran amor, vine en vuestra ayuda, entregándoos con gran providencia a mi Hijo unigénito, para socorrer, por medio de él, vuestra necesidad. y a él le exigí una gran obediencia, para que así el género humano se viera libre de aquel veneno con el cual fue infectado el mundo a causa de la desobediencia de vuestro primer padre. Por eso, mi Hijo unigénito, enamorado de mi voluntad, quiso ser verdadera y totalmente obediente y se entregó, con toda prontitud, a la muerte afrentosa de la cruz, y, con esta santísima muerte, os dio a vosotros la vida, no con la fuerza de su naturaleza humana, sino con el poder de su divinidad."
                                                                   -Del diálogo de santa Catalina de Siena, virgen, sobre la divina providencia
                                                                                                 Cap. 134: ed. latina, Ingolstadt 1583, ff. 215v-216-

 

EL PROBLEMA DEL MAL.

           
El mal -moral o físico- no es nada en comparación a la gloria que nos espera (cf. Rom 8, 18). Dios no permite ningún mal del que no se pueda sacar bien. Así como dice San Agustín y Santo Tomás, Dios no es ni directa ni indirectamente causa de ningún mal, sin embargo, lo permite, respetando la libertad de la criatura, y misteriosamente sabe sacar de él el bien. Dios, también a través del "mal" conduce su creación a su fin último (Catecismo de la Iglesia Católica #309-314.)
 

 

B. DANDO RAZÓN DE NUESTRA FE

            Empezamos reflexionando acerca de la identidad de Dios. En Dios podemos distinguir lo que ha venido llamándose su trascendencia (theologia) y su inmanencia (Oikonomia). La trascendencia es lo que queda oculto a nosotros, es el ser de Dios en sí, el misterio escondido de Dios; en cambio, la inmanencia de Dios es su ser para nosotros, cómo se nos ha manifestado (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #236) 

            La trascendencia de Dios nos lleva a lo que se denomina "temor de Dios", a una actitud de reverencia, servicio y asentimiento; en cambio, su inmanencia nos lleva a una confianza absoluta, porque se nos ha manifestado como Amor. 

            Es real y verdadera la inefabilidad de Dios, su misterio, su grandeza y su majestad, pero igual de real y verdadera es su relación con nosotros (Catecismo de la Iglesia Católica #50-67).

1.
La Escritura.

       
En
el Catecismo de la Iglesia Católica #200-221 se comenta cómo Dios, con pedagogía divina, se ha ido revelando en la historia de la Salvación.

            La
revelación del nombre de Dios a Moisés: "Yo soy (YHWH)" (Ex 3, 14), conlleva toda una tradición de la experiencia vivida por el pueblo de Israel. "Yo soy" expresa la presencia de un Dios dinámico y presente, que está con y a favor de su pueblo en presente y futuro; un Dios que habla e interviene por su pueblo, un Dios que da a conocer su nombre, su persona, su identidad, como aquel del cual dependió el pueblo de Israel, Jesús y el nuevo pueblo de Dios. Es un Dios que actúa en un pueblo que depende de él. Es importante reconocer que Dios revela su nombre en un contexto de envío, de misión confiada a Moisés, por lo tanto se revela como un Dios que es y que actúa, se revela como el que estuvo, está y estará con su pueblo, como que fue, es y será, el que actuó, actúa y actuará. El nombre de Dios, por tanto, expresa su persona y su misión (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #203).

             Dios se revela y se va dando a conocer desde la antigua alianza con una relación especial con los hombres, se va revelando en el caminar con ellos: se revela como Aquel del que todos dependen: Dios es la plenitud del ser y de toda perfección, sin origen y sin fin. Mientras todas las criaturas han recibido de él todo su ser (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #213)

            Dios revela su nombre: El Dios vivo. Yo soy el que soy, Dios misericordioso y clemente. Ya en el Antiguo Testamento, Dios se da a conocer como VIDA (Dios vivo) y AMOR (Soy el que soy), como MISERICORDIA (Rico en misericordia). Yo soy el que soy se puede traducir igualmente por yo soy el que amé, amo y amaré siempre, esto es amor eterno. Sólo Dios es desde siempre y para siempre fiel a sí mismo y a sus promesas. Dios es verdad y amor.

            En el Antiguo Testamento el amor de Dios es comparado al amor de un padre con su hijo, o al de una madre para con el hijo de sus entrañas, e incluso con el de un esposo con su esposa, para dar a entender principalmente en qué consiste nuestra dependencia de él: "dependemos de su Amor". Llega hasta el extremo de pedirnos y exigirnos -desde el amor siempre- tenerle como único Dios, en esa relación amorosa, puesto que ese mandato se expresa así: "...amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza" (Dt 6, 4-5; Mc 12, 29-30; Catecismo de la Iglesia Católica #201). Por lo tanto Dios se revela como inmutable en la fidelidad y en su amor, como amor eterno (Ex 34, 6).

            Los profetas declaran constantemente que la relación válida con Dios es la de la dependencia amorosa: "Amor quiero que no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos" (Os 6, 6). "Por eso voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón" (Os 2, 16).

            En el Nuevo Testamento, el evangelista San Juan es quien se atreve a definir a Dios diciendo: Dios es amor (1ª Jn 4, 8.16). Dios por tanto, es definido para nosotros como eterna comunicación de amor (Jn 17, 3). Su relación con nosotros es la de darnos a su Hijo único para llevarnos a participar en la misma dependencia de la Viday Amor divinos que Jesús, hasta la comunión con Dios.

            A Dios nadie lo ha visto nunca. Es Jesús quien nos lo ha contado todo, cómo es Dios, pues él mismo estaba en el seno del Padre (Jn 1, 18). Jesús aparece en el mundo con la pretensión que todas las Escrituras estaban escritas y referidas a él (Jn 5, 39.46).

            En la misma revelación del Padre, Jesús revela el hombre al mismo hombre. Al orar diciendo: "Abba", nos está comunicando su ser en relación a Dios, y este ser es el de la filiación "natural" divina (dependencia amorosa eterna expresada con la palabra tan íntima y cariñosa como es la de abba. Ya no queda en comparación como en la antigua alianza, sino que se concreta en Cristo, pues Cristo mismo es el Amor de Dios.

            Esta es precisamente la Buena Nueva: que al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley para rescatar a los que estaban bajo la ley, y darles la filiación divina. La prueba de que somos hijos es que Dios nos envió el Espíritu que nos hace capaces de exclamar: Abba, padre. Hemos recibido un espíritu de hijos, de tal modo que somos hijos en el Hijo único de Dios. Él vino como Primogénito entre muchos hermanos. Y si somos hijos, también herederos de Dios, coherederos con Cristo. Por esto todo lo escrito en el Antiguo Testamento se refiere a nosotros -desde la vida nueva en Cristo- (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #2782).

            Gal 4, 4-8; Rom 8, 15-16; 1ªJn 3, 1-3; Jn 1, 12; Ef 1, 5; Rom 8, 29.

            Con la encíclica Deus Caritas est, Benedicto XVI nos encamina a entender la novedad de la fe bíblica. Se nos ofrece una nueva imagen de Dios: es un solo Dios creador de toda la realidad que, además, ama personalmente: un amor de eros pero totalmente ágape. A la imagen metafísica de un Dios absoluto, fuente originaria de cada ser, principio creativo de la realidad, logos, razón primordial, la fe bíblica nos revela un Dios amante, con toda la pasión de un verdadero amor, un Dios que ennoblece el eros y lo purifica tanto hasta fundirlo con el ágape.

            De este modo los profetas (Oseas y Ezequiel sobre todo) nos hablan de noviazgo y matrimonio como imágenes del amor de Dios, imágenes que son "eróticas" y describen la fidelidad de Dios con su pueblo. No es de extrañar, entonces que a la idolatría se le considere adulterio y prostitución -abuso del eros-. El amor de Dios es por tanto eros, amor apasionado, un amor que pone a Dios contra sí mismo, pone su amor contra su justicia, es un amor ágape porque se da del todo sin mérito anterior, gratuitamente, y es mucho más porque perdona. Con su muerte reconcilia la justicia y el amor.

            En el Misterio de la cruz comprendemos el amor de Dios: Dios al aproximarse al hombre pone su amor contra su justicia, busca cada vez más la felicidad de los hombres, se preocupa de ellos y se entrega llegando a ser-para-nosotros, no solo estando dispuesto al sacrificio, sino buscándolo abiertamente. Dios no es que se "funda" con el hombre o el hombre se "funda" con Dios, sino que nos convertimos en una sola cosa, sin que Dios deje de ser Dios ni el hombre deje de ser hombre: se trata por tanto de comunión de voluntad.

            El amor de Dios, por tanto, es exclusivo, definitivo, pleno, eterno. Dios ama con toda la pasión del verdadero amor, y su cumbre está en Cristo.
 
2. El Magisterio. 

PATERNIDAD DIVINA. FILIACIÓN DE JESÚS. NUESTRA FILIACIÓN

            La carta encíclica Evangelium Vitae de Juan Pablo II nos confirma que "La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen, su impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único Señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella (...) Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante, sino como cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas. Si es cierto que la vida del hombre está en manos de Dios, no es menos que sus manos son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño."

           
El Padre es revelado por el Hijo. Podemos leer y estudiar para conocer la fe de la Iglesia, nuestra fe: Catecismo de la Iglesia Católica, desde los números 238-242; 2777-2785.

            En el Antiguo testamento decir "hijo de dios" significaba una relación de intimidad particular con Dios, era un título dado a los ángeles, al pueblo elegido, a los hijos de Israel, a sus reyes, o a los pobres de Yaveh. Por lo tanto, la expresión hijo de Dios era una filiación divina "metafórica" (Cf. con Catecismo de la Iglesia Católica # 441).

            En Jesús se supera el sentido metafórico del título veterotestamentario de hijo de Dios. Jesús, dejando traslucir su filiación divina natural nos descubre nuestra identidad (cf. Mt 11, 27; Lc 10, 22; Mt 24, 36; Mc 13, 32).

            Nos confirma el Catecismo de la Iglesia Católica#240: "Jesús ha revelado que Dios es Padre en un sentido nuevo. No lo es solo en cuanto creador, es eternamente Padre en relación con su Hijo único, que recíprocamente solo es Hijo con relación a su Padre...".

            Hemos de entender que la filiación de Jesús es distinta a la nuestra. Es el Hijo único que conoce al Padre. Así como nosotros somos hijos "adoptivos" (diría San Pablo) o hijos en el Hijo (los teólogos), Jesús tiene una filiación natural con Dios, es el eternamente engendrado por el Padre, pero su misión fue la de hacernos partícipes de su relación de dependencia amorosa del Padre, de su ser hijo, de tal modo que nos hizo propiamente hermanos suyos (cf. Mt 11, 27; 21, 37-38; Catecismo de la Iglesia Católica #443).

            La encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es consustancial al Padre, es decir, que es en él y con él el mismo y único Dios (Catecismo de la Iglesia Católica #262).

            La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo y por el Hijo "de junto al Padre" revela que él es con ellos el mismo Dios único. "Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica #263).

            Por la gracia del Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #265)

            La fe católica es ésta: que veneremos un Dios en la Trinidady la Trinidaden la unidad, no confundiendo las personas, ni separando las sustancias; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una es la divinidad, igual la gloria, coeterna la majestad. (Catecismo de la Iglesia Católica #266).

            Las personas divinas, inseparables en su ser, son también inseparables en su obrar. Pero en la única operación divina cada una manifiesta lo que le es propio en la Trinidad, sobre todo en las misiones divinas de la Encarnacióndel Hijo y del don del Espíritu Santo (Catecismo de la Iglesia Católica #267).

3. La Teología.

CRISTOLOGÍA
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            En el origen de la autoridad personal de Jesús hay una sorprendente cercanía a Dios, de la que las narraciones evangélicas han conservado indicios impresionantes. La más clara está en la manera, sin precedentes de invocar a Dios como su Padre usando el término "Abba". J. Jeremias -junto con otros exegetas como F. Hahn y B. Van Iersel- han demostrado de forma convincente que este modo de dirigirse a Dios en la oración era desconocido en el judaísmo contemporáneo. Los argumentos en contra aducidos por G. Vermes y D. Flusser no resisten un serio examen.

           
Es cierto que el uso del término "Abba", en referencia a Dios, no era completamente desconocido de los rabís del judaísmo palestinense, pero, no obstante, está el hecho de haber sido Jesús el único que sepamos que se dirigió directamente a Dios en la oración con el término "abba" (Mc 14, 36). El término representaba la manera familiar e íntima con la que un niño judío se dirigía a su propio padre terreno: "papa". Jesús, por tanto, habló con Dios de esta manera íntima, y la novedad que aporta al dirigirse a Dios de esta manera fue tan grande que el término arameo original se mantuvo en la tradición evangélica. Esta expresión transmite la intimidad sin precedentes de la relación de Jesús con Dios, su Padre, así como la conciencia de una singular cercanía que pedía ser expresada en un lenguaje inaudito. Aunque, tomado en sí mismo y aisladamente, el término no bastaría para dar cuenta suficiente y teológicamente de una filiación divina "natural", sin embargo, testifica, más allá de toda duda, que la conciencia de Jesús era esencialmente filial: Jesús era consciente de ser el Hijo.

            Esta conciencia, expresada de forma eminente en el término "Abba", se refuerza con la prueba complementaria de que Jesús se dirige manifiestamente a Dios su Padre de una manera única y sin precedente (Mt 11, 27; 24, 36). Añádase que no faltan exegetas que piensan que en la forma lucana de la oración del Señor la breve palabra Padre está en lugar del original Abba (Lc 11, 2). La oración, entonces, sería el eco directo de la oración misma de Jesús, y explicaría por qué los primeros cristianos, siguiendo el ejemplo de su Maestro, se atrevieron a dirigirse a Dios en calidad de Padre con la misma intimidad que Jesús (Gál 4, 6; Rom 8, 15): tenían conciencia de ser "hijos en el Hijo".

            La naturaleza misteriosa de Padre-Hijo entre Dios y Jesús, su completa novedad y la falta de una precomprensión dentro de la experiencia religiosa de Israel, así como la ausencia en el ambiente cultural de términos capaces de expresar el nuevo significado, son todos ellos factores que explican abundantemente la inevitable lentitud de Jesús en su autorrevelación. Se necesitaba en efecto, una pedagogía divina para que Jesús comunicase su mensaje de manera inteligible. La lentitud exigida por la revelación divina que tiene lugar en él tiene probablemente algo que ver con el "secreto mesiánico" del evangelio de Marcos: forma parte de la inserción personal de Dios en la historia de la humanidad y de su propio pueblo. La revelación es, a un tiempo, descubrimiento y ocultamiento.

            Jesús, sin embargo, hizo algo más que declarar simplemente su misterio en términos sólo en parte comprensibles. Su vida y su misión hablan por él y en ellas Dios ha comenzado ya a revelar a su Hijo. "Ha comenzado", porque la plena revelación por parte de Dios de la identidad de Jesús habría de consistir -ya no podía ser de otra manera- en la acción divina de resucitarlo de entre los muertos. No es casual, sino de necesidad natural, que la cristología no pudiera ser más que un desarrollo post-pascual. Pero antes debía intervenir la muerte de Jesús.

TEOLOGÍA JOÁNICA.

        Procedencia de Jesús en el Cuarto Evangelio.

            Pretendemos revelar el Dios de la Viday Amor trinitario que nos hace a la vez hijos reveladores y engendradores de ese mismo Amor en los otros. Desde la intimidad de un diálogo exclusivo con él es en donde él habla en nosotros. Dios sigue revelando su Nombre a través de nosotros en la medida en que "dependemos" de él en la intimidad de la oración que nos envía a la misma misión de Jesús.

            Mi lectura del cuarto evangelio es espiritual-apostólica, que pone el estudio histórico crítico y el estructural al servicio de descubrir cómo Jesús en la revelación de su ser y misión en relación con el Padre, no sólo está revelando los motivos de nuestra fe en él, sino que nos introduce en el misterio de la revelación de nuestro ser, vivir y actuar según el suyo, se confía a nosotros para que demos a conocer su Nombre (=Padre) en nuestra misma persona (cf. Ex 3, 13-15; Jn 17, 6-26; Gaudium et Spes 22, 1).

            "Siendo, pues, tarde aquel día, primero de la semana, y estando cerradas las puertas por miedo a los judíos, estaban los discípulos en la casa y Jesús vino a ellos, y se presentó en medio de ellos y les dice: "paz a vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Se gozaron los discípulos, al ver al Señor. Díjoles, pues otra vez: paz sea con vosotros. Como me ha enviado el Padre, también yo os envío a vosotros. Esto dicho sopló sobre ellos, y les dice: Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 19-22).

            De hecho, todo el Evangelio se puede leer como el camino existencial espiritual del futuro discípulo-apóstol, aprendiendo el cómo el Padre envió a Jesús, para entrando en la misma escuela, poder llegar a ser enviado de la misma manera.

            En el cuarto evangelio se manifiestan tres niveles de procedencia del hombre respecto de Dios:

    1º. El nivel de procedencia de Dios como realidad creada, que habla de la dependencia psico-física (en Jn 1, 3)

    2º. El nivel de la procedencia anterior no puede ser significativo más que si avanza al siguiente nivel de procedencia que se insinúa en el discurso de Pablo en el areópago de Atenas cuando dice que no sólo somos algo asimilables a toda la realidad como creación sino que somos de su linaje (Hch 17, 28). Es decir el nivel de procedencia de ser de su linaje (vestigios de Dios), que Pablo considera para introducirlo a los atenienses, a partir de alguno de los poetas, y que nosotros en el tema consideramos como la clave de acceso a Dios como Padre. Efectivamente, el Dios del que somos imagen y semejanza no puede ser algo "hecho con manos humanas", sino que somos a imagen y semejanza suya. El proceder de Dios así, nos sitúa en la perspectiva del descubrir el propio ser en la medida que le conocemos a Él. Toda nuestra vida no es más que huellas de esa imagen de talla divina sembrada en nosotros. En la medida que le conocemos nos vamos dando cuenta de cuánto nos parecemos a él y cuánto amor nos tiene para hacernos sus hijos (1ª Jn 3, 1-3), y como conociéndole nos vamos haciendo hijos, los que ya lo somos. En el prólogo de Juan se manifiesta como la encarnación de la Luz ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9).

    3º. Un tercer nivel de procedencia es el que nace del diálogo amoroso con él. En la medida que captamos el Amor que nos ha tenido, lo conocemos y creemos en él, va naciendo en el diálogo -oración- amoroso un nuevo nivel que es el de la identificación con Cristo, el de la reproducción del Hijo, el de la participación efectiva de la relación entre el Padre y el Hijo eternamente engendrado. En este tercer nivel, es donde interviene de un modo especial el estudio de la procedencia de Jesús respecto a su Abba en el cuarto evangelio. Pues todo el evangelio es una continua invitación a entrar en los mismos dinamismos de relación con el Padre del Hijo. Incluidos los movimientos de venida al mundo y vuelta al Padre que recorren todo el Evangelio. En este nivel es donde se implican mutuamente tanto la teología trinitaria como el proceso vital del discípulo. La relación de Jesús con el Padre no se sitúa sólo desde el punto de vista de la intimidad, sino de todo el dinamismo vital de Jesús, es decir: del hecho de proceder del Padre, el hecho de Ser como el Padre Es, el hecho de volver para el Padre, y concebir toda su vida como un ir hacia el Padre, el hecho de que el Padre vive en él (y él y el Padre en nosotros), el hecho de la misión reveladora y redentora de Jesús como respuesta amorosa suya y nuestra (consagración a la voluntad del Padre).

            La relación de Jesús con su Padre con todas las características de "ser una sola cosa" en el ser y en el obrar, no es solo un dato de la trinidad inmanente en cuanto un solo Dios, sino algo que afecta radicalmente a la vida del discípulo-apóstol que se ha de hacer uno con el Hijo Unigénito del Padre. Esta es la condición que el mismo Jesús pone para ser con él engendradores de la Vidade Dios en los hermanos.

            Cuando Jesús habla de su procedencia introduce al discípulo-apóstol en la suya Jn 3: Nicodemo y Juan Bautista serán los dos personajes del capítulo. Los dos jugarán una función parecida cuando se les ve en el tercer nivel de comprensión del evangelio, es decir como modelos del discípulo-apóstol engendrador. Nicodemo, que va de noche acepta que Jesús viene como Maestro de parte de Dios (procedencia), Jesús le responde sobre la necesidad que él sea engendrado de nuevo (v. 3). No basta con proceder de Dios como creatura, tampoco, con ser hecho a su imagen, sino que hay algo en lo que el sujeto tiene que colaborar que es en el nacer de Dios (proceder de Dios de un modo especial): nacer de Dios por el Espíritu (v.5-6). Ante la dificultad de Nicodemo pregunta a Jesús: tú eres maestro (de discípulos), y, ¿no sabes esto? (v. 10). La pregunta va toda ella a hablarnos a los que queremos engendrar discípulos, pues ahí se sitúa Jesús en su evangelio.

            Jesús comienza a hablar de su procedencia, y qué relación tiene esta procedencia con su Palabra que es salvadora. Ha bajado del cielo, y solo el que ha bajado del cielo es el que puede decir las cosas del cielo (que el hombre carnal nunca podrá conocer). Su procedencia es la que le hace ser salvación, cuando sea levantado (en su cruz, vivida a solas, en su relación única con el Padre que tiene su fundamento en haber salido de Él y en volver a Él). Por eso la fe que pide y ante la cual los hombres se juzgan a sí mismos es creer en el Hijo unigénito de Dios (v. 18). Juan el Bautista declara cuando vienen a quejarse a él que todos se van con Jesús, que no puede un hombre recibir nada si no le fuere dado de lo alto. El que viene de arriba, es el que recibe de arriba la fuerza de bautizar en el Espíritu Santo. Y ahí es donde Juan hablará de la alegría del amigo del esposo, cuando ve que los hombres se encuentran con el esposo a través de Él. El terreno es el propio de un discípulo-apóstol que ha de engendrar vida.

            Los versículos siguientes nos dan la clave de la cita. Interpretados desde Jesús y también desde el discípulo-apóstol: 

        "El que viene de arriba está por encima de todos, el que es de la tierra, de la tierra es y de la tierra habla. El que viene del cielo está por encima de todos. Lo que ha visto y oído, esto testifica, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio pone un sello a la veracidad de Dios. Porque aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios; porque no con medida da el Espíritu. El Padre ama al hijo y le ha dado todas las cosas en sus manos".

            En resumen, para ser discípulos y apóstoles engendradores de discípulos es necesario que éste nazca de lo alto, del Espíritu, mirando e identificándose con el exaltado, pasando por la hora. Para que a través de él puedan ver a Jesús. Y así, haciendo que Él crezca y que el discípulo-apóstol disminuya, la Vidade Dios puede llegar a todos sólo así, a través del discípulo, y alcanzar la alegría completa de ser engendrador por Cristo.

            Jn 17, es todo un programa para que todo discípulo-apóstol entre en la verdadera dinámica de dar fruto con él: es una realidad histórica de Jesús y una relación intratrinitaria. Jesús explicita como llegar a ser uno con él: procediendo del Padre, recibir el nombre de él.

            "Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy". Aquí se encierra un gran misterio intratrinitario: cómo el hijo es engendrado permanentemente por el Padre. Nos lleva a una realidad salvífica, la de ser engendrados por Dios, nacidos de Dios, de tal modo que Dios sea todo en el discípulo-apóstol. Es así como el discípulo entra en el dinamismo de ser engendrado y a su vez, engendrar. La Vida Trinitaria-Unaes la base fecunda del misionero, cuando uno sabe recibirse todo y solo de Dios.

            El hombre que entra en estos dinamismo trinitarios en Cristo, no solo encarna a Cristo, sino que encarna en su persona la paternidad, y el don comunicador del Espíritu, pues los Tres se gozan en que la vida fructifique en el mundo en aquel que han puesto su morada. El recibir el nombre del Padre como hijos, nos hace en consecuencia, padres engendradores en la Unidadde la Trinidad.