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DISCIPULADO
Vida de Gracia

REINO DE AMOR 

            Según unos estudios sociológicos se tiene el dato que cada día influimos en más de treinta mil personas. Es impresionante la influencia que puede tener una persona a su alrededor diariamente. Tenemos un instinto o deseo natural de vivir en sociedad y no en soledad, pero este deseo se satisface plenamente solo en Cristo, es Él quien lleva a plenitud la comunión de Amor, el Reino de Amor. El Verbo de Dios se hizo carne, llegó a ser uno de los nuestros, para convivir con nosotros y hacerse el vínculo que nos une a todos como hermanos, y no solo como hermanos, sino como miembros los unos de los otros de un mismo cuerpo, donde Cristo es la Cabeza.

            Jesús no es solo Camino, Verdad y Vida para cada uno, sino para todos, porque su intención es "Que todos sean uno", su intención es un Reino de Amor, un mundo nuevo, una Nueva Creación capacitada para la comunión fraterna.

            Recuerdo cuando estuve en Medellín, Colombia, un jueves santo que me encargaron celebrar una celebración especial para jóvenes, sobre el rito del lavatorio de los pies. Estaba todo preparado para hacer entender el significado de este rito, y al salir, hice como que se me había olvidado elegir a los que iban a representar a los Doce apóstoles, y dije: 'Se me olvidó elegir a los Doce, pero bien, hace un ratito orando, le pregunté a Jesús que si estuviera aquí hoy,
¿a quién elegiría? Él me contestó que no se fijaría en las apariencias, sino en la gratuidad radical de su corazón. Y pasando por donde estaban los jóvenes comencé a llamar uno por uno a doce personas que sintonizarían con el Evangelio según Jesús había considerado. Cuando terminó de llamar a los Doce, repito que estaba todo preparado, se levanta una señora entre los jóvenes gritando: "Esto es realmente indigno para la Santa Madre Iglesia, pues ahí no hay más que puros sicarios, un niño de la calle, uno con SIDA, prostitutas y demás gente indeseable". Me quedé mirándola y le dije lo que Jesús me había confesado: 'Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos. No he venido a por los justos, sino a por los pecadores'. Y era gente que había sido y vivido realmente de forma antisocial, pero había hecho un cambio radical de vida al encontrarse con Jesús, y le seguían fielmente. El Evangelio lo remarca con un lenguaje muy fuerte: "Las prostitutas les adelantarán en el Reino de Amor". El Reino de Amor es para personas que se reconocen pecadoras, y por pura Gracia de Dios, manifiestan el amor a Jesús con su penitencia y amor de veneración, de personas dispuestas a dejarse perdonar por Jesús, y de este modo, dejar que Cristo mismo viva en sus corazones.

            Nuestro Dios no es impasible o indiferente a nuestra causa, pues la ha hecho suya. El Padre sabe que solo su Amor es eficaz, y de igual modo que su proyecto sobre mí y sobre la humanidad es de compartir Vida eterna. Es con esta conciencia que vivimos los discípulos de Jesús: consideramos como miembros de nuestro propio cuerpo a toda la humanidad, porque Cristo se ha hecho única Cabeza de esta humanidad sufriente.

            Jesús nos promete un cielo nuevo y una tierra nueva, pero no está allí ni más acá, se encuentra dentro de cada uno de nosotros si dejamos que nuestra ley sea el Amor de Cristo, pues de este modo es Dios en nosotros. Es así como Dios es nuestro Rey y nosotros somos su pueblo. Enjugará toda lágrima de nuestros ojos, y no habrá ya muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado. Y todo esto se realiza de forma eficaz en nosotros por dejar habitar a Jesús en nuestros corazones. Es un mundo nuevo, un corazón nuevo, una vida nueva del hombre nuevo: Cristo Cabeza y la Iglesia, su Cuerpo. Nadie hará daño, nadie hará mal, porque la tierra estará llena de conocimiento del Amor de Cristo como cubren las aguas el mar.

            El amor no es solitario, sino solidario, de ahí que se considere al hermano como miembro del propio cuerpo, como dice el apóstol Pablo: "Así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo Cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros..." "...para que nadie pueda decir al otro: no te necesito" Al revés: "...si sufre un miembro todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo".

            No nos vaya a pasar como aquel que quería cambiar el mundo y decía: "Si tuviera una empresa de camiones, llevaría gratis a todos los niños a la escuela". Y otro le decía: "¿y si solo tuvieras una camioneta?", le replicaba: "No importa, haría cinco o diez viajes, los que hiciera falta". Y le seguían diciendo: "¿Y si solo tuvieras una moto?", replicaba: "¡Ahhh!, ¡un momentico! que moto sí tengo, pero no la voy a usar pa´eso".

            No se preocupen si para un ideal tan grande solo tienes una moto, que la experiencia de estas meditaciones para Jesús es suficiente. El que le dio a comer a cinco mil con cinco panes y tres pescados, extenderá su Reino de Amor desde nuestra pobreza. Jesús empezó con dos: María y José, luego tres, luego doce, setenta y dos, quinientos, pero su deseo después de veintiún siglos sigue siendo el abrazarnos a todos y como Buen Pastor hacer de todos un solo rebaño. Puede ser que nos hayamos acostumbrado a vivir en un ambiente dividido y roto, pero eso no es lo normal. Lo propio de todos, el deseo de cada uno es la comunión y la armonía. Este es el deseo y la tendencia que Dios puso en nuestros corazones al crearnos a su imagen y semejanza.

            El Señor habla de incorporar, de injertar nuevamente en su cuerpo a los que habían de salvarse. Porque nadie se salva en solitario, como miembro aislado. Si el egoísmo nos había separados haciéndonos islas, ahora el Amor nos lleva a la comunión con Dios y entre nosotros. La salvación no es algo intimista, o nos salvamos en racimo o no nos salvamos. Los llaneros solitarios no suman nada al Cuerpo de Cristo, como tampoco la solitaria le suma nada al cuerpo de nadie. La aceptación del Evangelio supone una adhesión real a Cristo. Por supuesto una adhesión al programa de vida que Él propone con su propia vida y ejemplo. En una palabra, adhesión al Reino, es decir al Mundo Nuevo, al nuevo estado de cosas, a la nueva manera de ser, de vivir de convivir, de amar, pues el Reino ha sido inaugurado con Cristo y seguido en su Cuerpo. Tal adhesión, que no puede quedarse en algo abstracto y desencarnado, se revela concretamente por medio de una entrada visible a una comunidad de discípulos de Jesús. De este modo, aquellos cuya vida se ha transformado entran en una comunidad que es en sí misma signo de transformación, signo de la novedad de vida: la Iglesia, sacramento visible de la Salvación consistente en la comunión con Dios y de todo el género humano entre sí.

            La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, es el sacramento de la unión de cada uno con Dios y de todos los hombres entre sí. de ahí que fuera de este Cuerpo no hay salvación, no hay vida eterna, pues si la Vida de Dios no se vive en comunidad, en Iglesia, se pierde.

            La Iglesia no tiene otro sentido más que el de cuidar y garantizar la Vida eterna que has recibido; proteger, hacer crecer y desarrollar la vida que está naciendo en ti. Así como necesitas de una familia para nacer, crecer y desarrollarte, también necesitas de una familia de fe para desarrollarte hasta la plenitud en la Vida sobrenatural. Una vida se pierde por falta de cuidados, también la Vida de Gracia si no tiene un Hogar, una familia, puede morir. Viviendo solo, te vas a morir, no vas a durar ni dos días. "Sin embargo no es voluntad de el Padre celestial de ustedes que se pierda uno solo de esos pequeños". Tu padre no te ha dado una vida para tres días y luego abortarla. Ni te da un tesoro, la Vida eterna, y no te dice cómo cuidarlo. Te da un ambiente apropiado para desarrollarla, una familia de fe que vive y lucha por la misma experiencia e ideal que has descubierto.

            La intención de toda la vida de Jesús la resume en su última oración, como testamento. Jesús es consciente que su muerte se acerca y habla con el Padre de aquello que a los dos más les ha preocupado en su misión como expresando su última voluntad: "Que todos sean uno. Como Tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Cuando un papá o mamá están a punto de morir sufre por el destino que van a correr sus hijos y empiezan a encomendarlos a los hermanos, ¿verdad?

            El Señor ya nos ha regalado la comunión, la fraternidad y la comunidad. Él ya nos reconcilió y nos dio la semilla de la reconciliación ¡Qué alegría siente una mamá cuando consigue unir a sus hijos! O como aquel muchacho que luego de una experiencia de Dios en un retiro se propuso reconciliar a sus papás. En el fondo el gozo está en la comunión, aunque cueste, y no en la soledad aunque sea más fácil. Cristo ya dio muerte en sí mismo a toda enemistad. "En efecto, todos los bautizados en Cristo Jesús os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús", dice San Pablo. La división desmiente el Amor. El deseo de Jesús fue el que hubiese un solo rebaño y un solo pastor: "también tengo otras ovejas que no son de este redil, también a esas tengo que conducir y escucharán mi voz".

            A veces, cuando vemos las películas de la pasión, sobre todo en semana santa, nos da la impresión que Cristo vino al mundo a sufrir, que Dios descargó toda su ira y odio contra su pobre Hijo, por culpa nuestra, para que sufriendo él, nosotros quedáramos libres ¡Qué sádico! ¿Verdad? Creemos que Jesús sufrió porque tenía que sufrir... esto nos ofrece una idea muy rara y ridícula de "dios". No. Dios no es un sádico al que le gusta hacer sufrir y Cristo un masoquista al que le gusta sufrir. Lo importante no es el sufrimiento en sí, sino el porqué, el motivo. Vamos a ver, tú, el que lees, ¿por qué sufres normalmente? Pues Cristo sufrió como consecuencia de amar mucho, de amar a todos y de amar siempre... y sin embargo nosotros no entendemos el sufrimiento porque sufrimos a causa de no amar, lo cual hace de nuestros sufrimientos inutilidades.

            Es verdad que Cristo sufrió, porque cargó con nuestros sufrimientos, eran nuestras dolencias las que él llevaba, por amor a nosotros. ¡Mírale! ¡En esa cruz! ¡Mira su cuerpo! Dice el prólogo del Evangelio según San Juan: "vino a los suyos, y los suyos no le recibieron". No por el hecho que no le recibieran dejó de considerarles "los suyos". El llanto de Jesús sobre Jerusalén refleja lo que llevaba en su propio corazón trastornado: "Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados!, ¡cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas y no has querido! Una gallina, a pesar de su debilidad se deja matar antes que abandonar a sus polluelos ante el peligro. Si nuestros propios papás sufren enormemente cuando sus hijos están separados o no se hablan y se odian entre sí, cuánto más Jesús. El amor no soporta la división. El día de la madre, la mamá prefiere que no le den ningún regalo con tal de que sus hijos estén juntos y se quieran. de nada le consolarían grandes regalos ante su hogar separado y roto. Quien ama verdaderamente busca y lucha siempre por la comunión de los que ama. Cristo murió por crear y hacer posible la comunión. El objetivo de la vida, muerte y resurrección de Cristo fue presentar a Dios como Caridad eterna, como sacrificio eterno, como Amor eterno, el de hacer posible una familia de hermanos para que nadie se sintiera mejor o superior a nadie. "No llamen a nadie padre en la tierra, porque uno solo es el Padre de ustedes, el del cielo y todos ustedes son hermanos".

            Desde la fe cristiana descubrimos que no hay mayor amor ni felicidad que la de hacerse uno con los otros, esto es participar y compartir vida eterna, los gozos, tristezas, angustias y esperanzas de toda la humanidad y hacerlos propios. Amar es una opci?n por el amor radical, una opci?n por la solidaridad con los m?s pobres, marginados y despreciados de este mundo: esto es, preocupaci?n activa por los que no conocen ni conviven la Vida y el Amor de Dios

            Yo mismo me consideraba una persona 'normal'. No me metía con casi nadie, y casi nadie se metía conmigo. Yo hacía mi vida y no me metía en la vida de nadie, y nadie se metía en la mía. No había matado nunca a nadie ni robado ni hecho daño, según mis cálculos y criterios.

            ¡Sí! Sabía que más de dos tercios de la humanidad está pasando hambre y viviendo en condiciones infrahumanas, que los poderosos oprimen a los más pequeños, que más de setenta millones de niños viven en la calle solo en este continente latinoamericano, que en las guerras del momento hay muertes constantes, que en muchos países todavía existe la pena de muerte, que se tortura y se pisotea los derechos fundamentales del hombre, que se expulsan inmigrantes de manera inhumana, que se les trata como animales, que muchos compañeros de juventud murieron por sobredosis en estupefacientes, que una amiga se intentó suicidar... Y yo me decía a mí mismo ¿Qué culpa tengo yo? ¡Que trabajen! ¡Que se arreglen ellos! ¿Qué puedo hacer yo? ¡Que se maten! ¿A mí... qué? No tengo nada que ver con eso. Es verdad que en algún momento pensaba para mí ¿Qué podría hacer yo?... pero me pasaban muy rápido las ganas de cambiar el estado de las cosas. Estas situaciones no tocan para nada mi vida... hasta llegaba a enojarme cuando pasaban todas estas miserias por televisión y encima a la hora de almorzar, de comer.

            Hasta que llegó un día que me sucedió algo parecido a Saulo. Haciendo mi vida "normal", me encontré echado por tierra, sin saber qué sucedía. Leyendo este pasaje de la Escritura me di cuenta. Era como si alguien me gritara: "¡Pepe! ¿Por qué me persigues?"; yo me decía "si yo no persigo a nadie". Todas estas situaciones de sufrimiento pasaban por mi cabeza constantemente, pero me daba cuenta que no eran las situaciones que me atraían, sino mi ser más profundo, mi identidad, mi ser parte del cuerpo de Cristo. Saulo preguntó después de encontrarse en esa situación: "¿Quién eres, Señor?", y al igual que a Saulo se me respondió: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues".

            No entendí nada. Hasta que descubrí que el sufrimiento de nuestro mundo, incluido el mío, era el mismo sufrimiento que el de Jesús. Es Jesús mismo quien me gritaba y me grita por los miembros de su cuerpo. Me invitaba a ver y a darme cuenta de la realidad de su Cuerpo, pues cuando sufre alguien, cualquier miembro, es la cabeza la que lo siente, de igual modo Cristo.

            El mismo Saulo, convertido en el apóstol Pablo, después de esta experiencia afirmaba: "Pues, del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo". Todos los hombres no formamos más que un solo Cuerpo en Cristo Cabeza, siendo cada uno por su parte miembros de los otros. Es así como depende de mi vivencia de la Vida Eterna, del Amor, como puedo influir positiva o negativamente en los otros miembros y en el mismo Cristo Cabeza. La Vida de Dios no es individual, sino comunitaria, y será transmitida si yo la dejo pasar, tomándome en serio el cuidado y desarrollo de esta vida en todos y cada uno de los miembros de mi cuerpo

            La plenitud de la Vida de Dios y cima de nuestra fe es que Cristo es alguien que se ha identificado plenamente con la humanidad. De tal modo que todos juntos con Cristo como Cabeza, podemos decir: "Somos Cristo. Formamos un solo cuerpo donde Cristo es Cabeza y nosotros sus miembros".

            Amar a Dios es amar a Cristo, amar a Cristo es amar a la humanidad y amar a la humanidad es amarme a mí mismo. Porque en Cristo todos somos uno, perfectamente uno. Dice el apóstol San Juan: "Si alguno dice: amo a Dios y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve". Quien no hace nada por cambiar este mundo no es cristiano ni cree en la Vida eterna.

            No me siento evadido del mundo por creer en la Vida eterna, sino todo lo contrario, me siento amando a la humanidad y comprometido con ella hasta las últimas consecuencias. Vivo sintiendo la responsabilidad de estar unido a todos los hombres con unos lazos más fuertes que los de la carne y la sangre. Ahora siento mías las esperanzas y angustias, tristezas y alegrías de toda la gente, por muy lejos que pueda estar físicamente y he entregado mi vida a dar la Vida de Dios a todos, buscando injertar a todos los hombres en este Cuerpo tan vasto que nos hace un solo Cristo.

            Cuando estuve por mis queridas tierras africanas, niños se morían en mis brazos por falta de una sencilla aspirina. En Colombia, cada día que salía a la calle de madrugada o cuando volvía a casa de noche, contemplaba las calles con charcos de sangre, veía de tres a cinco muertos cada día. En España, jóvenes autodestruyéndose con drogas o con la plaga de la depresión. En Guatemala, con las violaciones de los derechos humanos, que siguen en actualidad, la impunidad, encubrimiento, maras, traumas psíquicos ante tanta violencia, sobre todo que se ensaña contra los niños y las mujeres, hogares rotos, nivel de alcoholismo elevadísimo en comparación a otros países...

            ¡Son nuestra gente! ¡Son mi gente! ¡Son de Cristo! ¡Son miembros de mi propio cuerpo! ¿Cómo no voy a hacer nada quedándome indiferente? ¡La indiferencia me haría cómplice! Si creo en Cristo, tomo en serio su Cuerpo. ¡No podemos quedarnos pasivos! Me dedicaré a dar la Palabra y el Amor de Dios a todas las gentes por todo el mundo. ¡He querido invertir mi vida sin ignorar la realidad tan grade del ser cristiano, de pertenecer al Cuerpo de Cristo!. Ya no quiero buscar más que estar atento a lo que la única Cabeza me manda: uniéndome a su pensar, sentir, hacer, vivir y amar, porque solo así puedo dar y recibir Vida y Amor de Dios. ¡He querido invertir mi vida en curar tantas enfermedades y deformaciones que sufre este Cuerpo por falta de Palabra y Amor de Dios! Y todo... por la ignorancia e indiferencia de los mismos que nos denominamos cristianos.

            La identidad de todo hombre es Cristo. Cualquier cosa que haga repercute directamente en Cristo que se ha identificado con nosotros, especialmente con los más necesitados: "Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, era forastero y no me acogieron, estaba desnudo y no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron. Entonces dirán: ¿Cuándo te vimos hambriento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? Y él entonces les responderá: En verdad les digo que cuanto dejaron de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejaron de hacerlo". No es solamente el hambre de pan o sed de agua, sino de la vida de Dios, de la Palabra y Amor que vivifica todo el Cuerpo de Cristo. Curiosamente los que tienen esta Vida no son precisamente los que están saciados materialmente, sino los más pobres que comparten lo poco que tienen, que quizá no tienen mucho, pero tienen caridad. El hambre de la que Jesús nos habla es de hacer la Voluntad del Padre, la sed que Jesús tiene es de vivir plenamente en nosotros. Jesús tiene necesidad de que desarrolle mi identidad y la dé a conocer a todos.

            Amar a Cristo supone amar al otro, al más pequeño. Y no hay mayor amor que el de compartir Vida eterna: rescatar al otro de las esclavitudes de la apariencia y mentira, haciendo que se sienta hijo de Dios, darle a conocer el Amor, dándole Vida por la Palabra: que desarrolle su ser otro Cristo como miembro vivificante de todo el Cuerpo.

            Cristo es la Cabeza de todo el Cuerpo que es la humanidad. Así como si a alguien le golpeas en el pie y grita la cabeza, igualmente ocurre en Cristo. Es así como en este Cristo vemos la situación de nuestro mundo: sufrimientos, guerras, violencias, droga, hambre, y también esperanzas y gozos ¡Es nuestro mundo! ¡Es Cuerpo de Cristo! ¡Es mi cuerpo! ¿Qué hago yo ante esto? ¿Acaso dejo que se desangre un miembro de mi cuerpo herido? Si algún miembro sufre es la cabeza la que dice dónde le duele y cómo puedo dar una solución. Y nos dice Jesús claramente a través de su Palabra lo que necesita: "Vayan y hagan discípulos a todas las gentes... enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado" "Sálvame, por tu amor" "¡Dame vida!" ¡Por tus palabras creerán!" "¡Serán uno, perfectamente uno!" "Predica, exhorta, a tiempo y a destiempo".

            De tal manera es nuestra responsabilidad, que hasta Cristo mismo nos llama "madre", ya que por la Palabra y los Sacramentos le puedo dar Vida, puedo engendrar Vida de Dios. Dios mismo me hace partícipe de su paternidad y maternidad.

            En lugares donde he pasado como misionero, Medellín, Guinea Ecuatorial, Camerún, Guadalajara, Guatemala... he querido dar lo urgente: la Palabra que da a conocer la Vida auténtica para compartir y cuidar solidariamente, los Sacramentos que cuidan la Vida de Gracia, la alimentan, la robustecen, y la hacer desarrollar hasta la madurez y la plenitud, dando sobre todo, el ambiente, la Iglesia, donde pudieran cuidar esa nueva vida, donde pudieran orar y mantenerse en las Verdades de Fe, en una auténtica escuela de discípulos y misioneros, una escuela de apóstoles, fraternidades donde se manifiesta la realidad del Cuerpo de Cristo... como solía decir Pablo VI: como trocitos de Reino.

            Esta Verdad de fe es muy concreta. Me lleva a un compromiso y acción rápida, a la escucha de la Cabeza y aplicación allí donde me indica que sufre, llora o muere. Es más grave y responsable que el oficio de un cirujano que realiza operaciones delicadísimas, pues jugamos con vidas, con la Vida de Dios, con la Vida de Cristo, con la Vida de la humanidad, con nuestra propia vida: porque es Vida de Dios compartida. Como el cirujano, necesitamos estar limpios para curar este Cuerpo. Esta es la razón de la consagración bautismal al Amor, para anunciar a los pobres la buena Nueva, para proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, sacar a la humanidad de la ignorancia e inconsciencia, y devolver así al hombre su verdadera identidad: Cristo.

            Podemos dar vida o muerte a Cristo en sus miembros. En tus manos está su destino. Es así como depende de mi vivencia de la Vida de Dios, como podremos influir trascendentalmente en el Cuerpo de Cristo. El Amor de Dios se transmitirá por el Cuerpo si yo comparto la Palabra y el Amor del mismo Cristo, si lo transparento en mí y lo dejo pasar, si soy resplandor de Dios, si predico la Palabra a tiempo y a destiempo con la boca y con el testimonio de vida. Este Amor nos viene directamente de la Cabeza, separados de ella no podemos hacer nada, pero unidos a la Cabeza, sin moverme del sitio, puedo estar dando vida a toda la humanidad, porque el Amor es más expansivo que una detonación nuclear. La realidad es el Cuerpo de Cristo. Nada ni nadie nos podrá separar de este Cuerpo formado por el Amor de Dios. "Si dijera el pie: puesto que yo no soy mano, yo no soy del cuerpo... ¿dejaría de ser del cuerpo por eso?"

            Mi vida depende totalmente de mi Cristo Cabeza. Y de mí depende, por consiguiente, la humanidad y yo mismo. Somos libres para recibir o rechazar esta realidad, libres para amar, pero las consecuencias negativas o positivas dependen de mi respuesta, de tu respuesta. No podemos quedar indiferentes. Con cada acción o incluso con mi pasividad, influimos directamente en todo el Cuerpo. Del mismo modo que un miembro físico influye en todo el cuerpo. El mundo está en nuestras manos, nuestra influencia y trascendencia sobre este mundo es indescriptible.

            Realizando en nuestros ambientes de familia, de trabajo, de estudios, de comunidad, de parroquia, auténticas fraternidades donde convivimos con el Amor de Cristo que nos distingue, pretendemos dar Vida a este Cristo de la forma más efectiva ¿Cómo? Haciendo que todos, por sí mismos se unan cada vez más a la Cabeza que es Cristo. Es así como jóvenes convertidos en distintas ciudades por las que pasé se inician en anunciar esta realidad. Por la predicación de un ex-sicario, no sólo él dejó de matar, sino que arrastró a toda su mara a Cristo. Igualmente una ex-prostituta, inició a predicar de tal manera que hizo una fraternidad en su colonia basada en el anuncio del Amor limpio... y así tanta gente que recuerdo... Como yo mismo, al ser consciente de mi influencia, no puedo dejar de orar la Palabra de Dios y de predicarla, por eso me siento consagrado exclusivamente a ello, porque he visto los frutos y trascendencia de mi vida en cada uno de mis actos e incluso pensamientos y sentimientos.

            ¿Cómo te encuentras tú que lees esto en este Cuerpo? ¿Qué clase de miembro eres? Eres un miembro llamado a dar Vida de Dios a todo el Cuerpo. Tu campo de acción e influencia son decisivos. Es así como podemos hacer realidad el Reino de Amor, cuando sepamos que es nuestra cualquier cosa que ocurra a cualquier miembro por muy lejos que se pueda encontrar geográfica o físicamente.

            La preocupación de unos por los otros al conocer esta realidad es impresionante. Nadie se queda pasivo cuando ve por sus propios ojos como Cristo, como la humanidad, va transformándose en este mundo.

            El Amor de Cristo no falla, es eterno. Pero ¿Dejamos que pase el Amor por el Cuerpo? ¿O somos células cancerosas por el Cuerpo, como pequeñas partículas de odio o división? Cristo en su Cuerpo sigue viviendo su pasión y muerte, sufre las consecuencias del pecado ¿seremos capaces de comprometernos y amar en serio? Todos y cada uno somos responsables en esta empresa. Cristo no tiene manos, pero cuenta con las tuyas, no tiene pies, pero cuenta con los tuyos. Más aún, Cristo te ofrece su puesto si quieres, también puedes ser colaborador en la función de la Cabeza -sacerdote-. Ser Cabeza no significa ser jefe, sino cargar con todo el sufrimiento de la humanidad, ¡qué distinto!, matando en uno mismo todo lo que no es Amor, derribando el muro que separa a los miembros, ¿Cómo es posible esto? Por la muerte y una muerte en cruz. El vínculo de unión real surge cuando derramo mi propia sangre para que todos sean uno, un mismo pensar y un mismo sentir: una misma y única Vida de Dios, compartida, un mismo Amor de entrega: "Sangre de mártires,  semilla de cristianos".

            Es toda una nube de testigos la que nos acompaña: Monseñor Romero, Monseñor Gerardi, el Padre San Maximiano María Kolbe, Madre Teresa de Calcuta, Juan Pablo II... o tantos y tantos misioneros dispuestos a dar la vida por otros, cargando con el sufrimiento de muchos hermanos para ser causa de comunión. De esta forma, cuando alguno de los compañeros le ocurre algo por causa del Evangelio, lo único que no falta son persecuciones.

            Dios no quiere que seas un miembro que más o menos dé Vida, sino que te quiere hacer luz de las naciones, de tal modo que el Cuerpo pueda decirte: me amaste y te entregaste por mí, como muchos me dicen: "Gracias porque has sido mi padre y madre en la Vida de Dios, gracias porque has dado tu vida por nosotros"... y no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí y en todo creyente.

            En este Cuerpo cada uno tiene una función determinada: "Dios pensando en muchos elige a unos pocos". Hoy tú eres uno de los llamados. Dios se dirige a ti insistentemente para que les des salud, una solución eficaz para nuestro mundo, nuestra gente, para ti mismo. Esta es nuestra vocación: dar Vida de Dios hasta entregar la propia vida física, nuestro cuerpo como víctima viva y santa. Nuestra vocación es el Amor, ser corazón en el Cuerpo de Cristo, más aún, ser Boca evangelizadora.

            Pero, ¿Qué clase de miembro hemos sido en este Cuerpo? Quizá un miembro epiléptico, que provoco un tic nervioso: si he estado afanado por el figurar, por la fama de prensa, actuando aisladamente en el Cuerpo, siendo un auténtico estorbo por encima del querer de la Cabeza. O quizá un miembro con atrofia: por llevar tantos años sin actuar, sin participar de la Vida del cuerpo, sin ejercer los talentos y cualidades que se tienen y no son propios, pues todo es para Cristo y su Cuerpo. O quizá he sido un coágulo que interrumpe el paso de la Vida de Dios a los demás miembros, obstruyendo la fluidez de la Vida de Dios en la Iglesia. O quizá un miembro con una fe desgastada que lleva a la mezquindad, débil, poco generoso, mediocre, que no asimila la oración ni los Sacramentos de nuestra Iglesia. Esto hace que tengamos más que una vida que contagia mediocridad y relativismo. O quizá he sido un miembro del sistema neurológico, pero con SIDA, con una total carencia de defensas que corrompe el organismo, y que deja a expensas de cualquier enfermedad al Cuerpo.

            Nuestra influencia y la trascendencia de nuestros actos y omisiones, sí, omisiones, son inimaginables, no con treinta mil personas como dicen los sociólogos, sino a todos los hombres de todas las épocas, pasadas, presentes o futuras, porque la realidad es el Cuerpo de Cristo. La historia del mundo es nuestra historia, la vida de cada hombre es nuestra vida, las acciones positivas o negativas de cualquier hombre son nuestras acciones. Dios no nos quiso dar la vida eterna de forma individual, sino comunitaria y solidariamente. Compartamos la única vida divina para que Cristo sea uno en todo y en todos.

            En este Cristo creemos, el único real. A él entregamos nuestros cuerpos como víctima única, con él, en él y por él, así amamos a Dios y al prójimo como un único mandamiento... siendo conscientes no solo de los que tenemos a nuestro lado, sino conscientes igualmente de los que sufren lejos de nosotros. Creemos en el Cristo total: Cabeza y miembros.

            ¡Sé Amor! ¡Sé Vida eterna para este mundo nuevo! ¿Por qué no te decides a aportar la solución de la Vida de Dios por la Palabra predicada y tu Amor ante tanta ausencia de Vida entre nuestra gente? El Amor es total o no es Amor, ¡entrégate! ¡No lo dudes! Mira, Cristo está en tus manos y te grita por sus miembros: ¡¡Sálvame, por tu amor!!

            Es este Cristo crucificado de hoy el que polariza, acapara, encadena, aprieta y exprime mi vida con él crucificada: sin tiempo ni tarea, ni interés, ni gusto, ni pensamiento, ni camino ni objetivo propio... porque mi vida es él, él es la razón y causa de mi vida y de cuanto implica a todos los niveles y en todos los lugares. Este amor sincero a la humanidad actual de Cristo motiva y rige mi vida interior y exterior, mi oración y predicación. Cristo, en su Cuerpo, me influye poderosamente en mi forma de ser y de vivir. Cristo, a través de sus miembros me dice: ¿me amas? e igualmente me dice: ¡Tengo sed! Y sus miembros están deprimidos, quizá, son secuestradores, violadores, machistas, torturadores, sacerdotes, religiosos, indígenas, ladinos, mis papás, mis hijos, mi esposa...

            Pon ahí, en una cruz, a la persona que más amas en este mundo, a quien has querido o quieres más. ¡Mira! Te está gritando: "En tus manos encomiendo mi destino. Sálvame, por tu amor". ¿Quieres ser uno más de los que están en las piernas de este Cristo para ser causa de alivio y signo de esperanza? ¿O quieres seguir siendo un miembro que traicione, rompa y mate a Cristo? Cristo, en sus miembros, necesita de tu Amor. ¡Entrégate, para que la realidad del Reino se dilate cada vez más!

            Si quieres colaborar a hacer la Voluntad de Dios, ésta consiste en hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza: es la plenitud de Vida.