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DISCIPULADO
Vida de Gracia

RITOS DE CONCLUSIÓN 


MOMENTO DE AGRADECIMIENTO POR LA COMUNIÓN

            Después
de la comunión cabe un canto de acción de gracias -salmo o himno adecuado (Alma de Cristo...)-, pero sobre todo no debe faltar una breve pausa de silencio para la oración personal de cada uno, fundiendo así las legítimas exigencias de los particulares con las de la comunidad. ¿Cómo vivir este momento de silencio?

**Debiera ser un momento donde cada uno da gracias en su alma por los beneficios que ha recibido, pero muy en especial por el beneficio inmenso de la comunión, por la visita que el mismo Cristo hace a su alma. Debiera ser un agradecimiento teñido de amor y adoración, pues Dios mismo se ha hecho alimento para mí, por su Cuerpo y su Sangre.

**Debiera ser un momento también, de pedir fortaleza para vivir crucificados con él, exigencia de la vida de discípulo y misionero para la vida cristiana y apostólica.

**Debiera ser un momento también, de negarse al mundo, al demonio y a las propias pasiones para servir los intereses del Padre y de las almas: ¡Pasión de Cristo, confórtame!

**Debiera ser momento de presentar a Cristo nuestra indigencia para que él nos conceda las gracias necesarias en el camino hacia él: pidiendo las virtudes que más necesitamos, las necesidades materiales y espirituales de los nuestros y de todos a los que va dirigida nuestra evangelización.

**Y debiera ser una petición de perseverar hasta el final.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

            Es natural que un acto tan importante como la comunión tenga un antes y un después en el rito mismo: el gran reconocimiento agradecido oficial lo expresa el sacerdote con la oración después de la comunión, donde se pide que los frutos de la comunión sean eficaces y duraderos para todos.

            El rito de despedida consta de:

                 1º. Breves avisos, si son necesarios
                 2º. Saludo y bendición sacerdotal
                 3º. Despedida del pueblo para que cada uno vuelva a sus buenas obras,
                        alabando y bendiciendo a Dios
                4º. Beso del altar por parte del sacerdote e inclinación hacia él de los ministros

            Después de los eventuales avisos a la asamblea, el saludo final y la bendición del sacerdote cierran breve y eficazmente el gran rito antes de la despedida oficial.

            La oración de la bendición tiene tres formas: señal de la cruz con breve palabra de bendición; o también una oración sobre el pueblo que corresponde la tradición como se bendecía en Roma; finalmente una bendición triple a la cual se responde cada vez con "Amén". La bendición sacerdotal se hace de este modo: el sacerdote pone su mano izquierda sobre su pecho y elevando la mano derecha añade: La bendición de Dios todopoderoso... y haciendo una señal de la cruz sobre el pueblo, prosigue: ...Padre, Hijo... " sólo lo dice él, y el pueblo responde al final: "Amén".

            La forma de la cruz que la liturgia imprime a la bendición está recordando el sacrificio del egoísmo. Que el servicio, y también el sufrimiento al servicio de los otros es bendecido por Dios. Indica el Sacrificio por amor con el que los bautizados vamos a acompañar a Cristo en nuestras tareas diarias de buenas obras.

            La bendición nunca se orienta a intereses ni ventajas individuales -no se trata de cuestiones materiales o bienestar, sino bendición del Espíritu para vivir la vida cristiana de discípulos y misioneros de Cristo. De lo contrario sería contradecir el sentido de la comunión. La fecundidad que brota de la Eucaristía pasa por sacrificar nuestro egoísmo.

            La despedida habitual es: Ite, missa est. No es un envío explícito a la misión, pero por el Bautismo sabemos que somos comunidad misionera, y todo rito es esencialmente abierto y dinámico, orientado hacia la invitación y convocación de todos para la salvación del mundo entero.

          Hoy, además del Ite missa est, el sacerdote tiene otras fórmulas para dar a entender mejor a los fieles que todos estamos llamados a vivir lo que hemos celebrado. El Papa ha aprobado tres opciones, además de la ya existente:
- Ite ad Evangelium Domini annuntiandum;
- Ite in pace glorificando vita vestra Dominum;
- Ite in pace.

            La comunidad de mesa con Jesús o convivalidad, tan fuertemente acentuada en el evangelio y revivida por nosotros en cada banquete eucarístico, es inseparable de este impulso dinámico misionero abierto hacia la dilatación del Reino sin confines, haciendo caer todas las barreras de raza y de condición social, superando todas las divisiones, las discriminaciones y las alienaciones producidas por el pecado del hombre.

             Jesús en su sacrificio murió precisamente para reunir en uno a los hijos de Dios dispersos (Jn 11, 52) y para atraer todos hacia sí desde lo alto de la cruz (Jn 12, 32). La misa tiene la misma dimensión y la misma eficacia misionera que la cruz; y esto intrínsecamente, no sólo en la intención que nosotros podamos darle.

            La eucaristía es siempre realidad intermedia o conovocación parcial entre el banquete pascual de Jesús y el festín universal de las naciones, al que se refiere necesariamente y que prepara cada vez, si somos conscientes y nos educamos como comunidad para entrar en este impulso misionero, que, naturalmente, debe prolongarse más allá de la celebración ritual.

             Es aquí donde la Iglesia, convocada incesantemente por la misericordia de Dios, se hace por su parte convocante para llamar y hacer partícipes de todos los bienes recibidos a todos los hombres -a diferencia de Israel, que se encerró en sí mismo-.