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DISCIPULADO
Vida de Gracia
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Dísteme como a un enfermo tu Sagrado Cuerpo, para alimento del alma y del cuerpo, y además me comunicaste tu divina palabra, para que sirviese de luz a mis pasos. Sin estas dos cosas yo no podría vivir bien..." Estas se pueden llamar dos mesas...Una es la mesa del sagrado altar donde está el pan santificado esto es, el precioso Cuerpo de Cristo. Otra es
la Ley Divina que contiene la doctrina sagrada y enseña la verdadera fe.
Imitación de Cristo, libro 4, Cap. 11
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Después de la oración colecta, toda la asamblea se sienta y entra el silencio religioso de todos. Visualizamos entonces la comunidad que escucha, una de sus notas fundamentales. Sabemos que
la Iglesia no es fruto de la voluntad, esfuerzo o razonamiento humano, sino que es Dios quien toma la iniciativa, abre el diálogo dirigiéndose a su pueblo, y manifiesta primero su amor hacia nosotros. Él nos amó primero y nos da a conocer el Amor para que creamos en Él.
La liturgia de
la Palabra se compone de lecturas, de cantos, de meditación silenciosa que permite asimilar lo escuchado, de predicación, de símbolo de la fe y de oraciones. Este alimento, extraído de
la Biblia nutre la fe del creyente y le prepara el corazón para que luego asimile el Cuerpo Eucarístico del Señor. Así
la Palabra se complementa con el Sacramento. Que son los dos pilares que sostienen el edificio de
la Iglesia.
Durante
la Liturgia de
la Palabra, la asamblea cristiana cuando escucha
la Palabra, escucha al mismo Dios. En cada una de las lecturas es Dios quien habla a su pueblo. De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo" Hb 1,1-2
Creemos en el Espíritu Santo..., Que habló por los profetas
Credo Niceno-Constantinopolitano
Al convertirse en boca de Dios el que proclama las lecturas, debe cuidar con mucha atención todos los aspectos: desde la proclamación, que -incluso técnicamente- ha de ser perceptible para todos, a la dicción clara y reposada, al modo o arte de leer, que puede ayudar en buena medida a la comprensión del texto (y esto supone no una improvisación, sino una preparación próxima y remota del lector que tenga ciertas dotes naturales), hasta, por fin, el recogimiento profundo de toda la asamblea, en la convicción de que Cristo en persona está hablando a su pueblo (SC 33).
La liturgia de
la Palabra es como vivir constantemente en síntesis la historia de la salvación en la que todos estamos comprometidos hasta su ápice -Cristo-, cuando el mismo Dios se hace palabra para nosotros.
LA LEY Y LOS PROFETAS
El Concilio Vaticano II pidió que se abrieran los tesoros de las Sagradas Escrituras para el enriquecimiento espiritual del pueblo cristiano.
Para obedecer este deseo se escogieron en los 46 libros del Antiguo Testamento las páginas más bellas que durante ocho siglos fueron escribiendo casi un centenar de autores.
Por eso en la primera lectura de
la Liturgia de
la Palabra solemos escuchar un párrafo de
la Ley mosaica, un episodio de la historia de Israel, un fragmento de los libros proféticos o unas frases de la sabiduría popular del pueblo elegido. Todos estos libros del primer testamento nos hablan del Cristo que los profetas anhelaban y que en el Nuevo testamento se presenta como quien viene a llevar la plenitud de
la Ley y no a abolirla.
El mismo Jesús nos dijo que a él se referían los libros del Antiguo Testamento, cuando se aplicó un pasaje de Isaías -Lc 4, 21- o cuando afirmó que debía cumplirse lo que acerca de él estaba escrito "en
la Ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos" -Lc 24, 44-.
SALMO RESPONSORIAL
Merece atención especial el salmo responsorial, que normalmente debería ser cantado entre solista y comunidad, como el eco lírico a la interpelación divina. También se le suele llamar "gradual".
Los Salmos nos enseñan a orar, a responder a su Palabra con su Palabra. En ellos encontramos las dos grandes líneas de la plegaria: la petición y la alabanza. Nos dan las más bellas palabras para pedir y alabar. Es Dios mismo quien por medio de ellos, nos enseña a hablarle, como lo hace un padre con su hijo. Con tal Maestro estamos seguros de acertar, porque solo Dios habla bien de Dios.
Cuando escuchemos o cantemos el Salmo, en la liturgia, acallemos el bullicio exterior, paladeemos las palabras sagradas, y dejemos que Dios nos hable y que quien le conteste sea nuestro propio corazón.
LA CARTA DEL APÓSTOL
Tras la tradicional lectio prophetica -del A.T- viene la lectio apostolica -generalmente de San Pablo-.
La Iglesia ha perseverado desde el principio en la doctrina de los apóstoles (cf. Hch 2, 42). Cuando en
la Liturgia de
la Palabra se proclaman los escritos de los apóstoles, la asamblea cristiana abre los oídos del corazón para captar la voz viva de quienes fueron los primeros testigos de Cristo y los guías más calificados para llevarnos al conocimiento y al amor del Señor.
Epístola es una palabra latina que significa carta. Con este título se designan varios escritos de Pablo, Pedro, Juan, Judas, Santiago o de algunos discípulos que publicaban sus obras usando como seudónimo el nombre de alguno de los Doce.
Algunas de estas epístolas son verdaderas cartas, otras son copias de homilías o predicaciones de la primera iglesia. Entre las epístolas descuellan las de Pablo. Son catorce cartas que configuran el llamado "cuerpo paulino". Algunas las escribió el Apóstol de los gentiles personalmente o compartiendo la responsabilidad con algunos de sus discípulos, otras como la de los hebreos se deben a cristianos del siglo primero, influenciados por el pensamiento de San Pablo.
Es importante leer y conocer el pensamiento paulino. Ese es un nutritivo alimento para vigorizar nuestra vida cristiana. Allí se aprende a amar a Jesucristo y a trabajar por él.

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