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DISCIPULADO
Vida de Gracia
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EVANGELIO
La liturgia de
la Palabra no la debemos considerar como un preámbulo de la celebración propiamente sacramental, sino que ya es comunión con el Verbo -en la fe y en la adhesión amorosa-, tan necesaria y eficaz como la otra comunión, según la mente de los padres. Orígenes insistía en la necesidad de comer el Verbo bajo la especie de la Palabra, y llegar por este camino a la manducación perfecta, también sacramental, del cuerpo y sangre de Cristo. San Pablo diría "del auditus fidei (Gál 3, 2-5) a la oboedientia fidei (Rom 1, 5)", esto es la comunión con
la Palabra nos pone en la actitud de aquel que se ofreció en sacrificio haciéndose obediente hasta la muerte de cruz (cf. Fil 2, 8), nos hace entrar "en los mismos sentimientos que tuvo Cristo (Fil 2, 5), o como remarca Benedicto XVI, en la comunión de voluntad. San Agustín decía que la palabra de Cristo no es menos que el Cuerpo de Cristo (Sermo 78,2), o San Ambrosio hablaba de beber el Cristo del cáliz de
la Escritura como del cáliz eucarístico (Enarr.in Ps. 1, 33).
Visto esto, hay que "exagerar" entonces la importancia del momento en que, precisamente en la eucaristía, se acoge
la Palabra de Dios.
La bella costumbre litúrgica de acompañar la lectura del evangelio con velas e incienso sigue siendo oportuna, como signo que educa al pueblo de Dios a percibir la solemnidad y eficacia de ese momento en que todos estamos a punto de entrar en contacto con Cristo, luz y palabra definitiva del Padre dirigida a nosotros.
EL ALELUYA
La voz hebrea hallel o hallelú jah, significa alabad a Yahveh y corresponde al gloria a Dios. Era la gran oración de los israelitas ante Dios. Once salmos empiezan con esa palabra y, con ella terminan trece, porque los salmos son ante todo una alabanza. Aleluya será el cántico que entonaremos en la gloria, porque como expresa San Agustín, en el cielo nos bastarán dos palabras: Amén para aceptar a Dios plenamente, y aleluya para cantar su gloria y su poder.
EL EVANGELIO
Evangelio significa buena nueva, feliz noticia. Es el anuncio gozoso que la liberación-salvación ha llegado. Es el dichoso pregón de que se ha manifestado la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor a los hombres (Tito 3, 4).
El Evangelio es la presentación de Jesús ante los hombres, es Jesucristo mismo. Es ante todo la persona, la obra, la identidad, la vocación, la misión, el destino de Jesús, su enseñanza. En fin, el acontecimiento de
la Salvación. Y solo en segundo lugar el libro en donde se nos habla de la vida de Cristo y de su mensaje.
La Iglesia heredó de la primera comunidad cristiana del siglo I, cuatro libros que nos anuncian la vida y obra de Jesús.
La liturgia de
la Palabra nos regala cada domingo con la lectura de un párrafo de alguno de los Evangelios. Oigámosle de pie en señal de respeto, pues es el pensamiento y la palabra misma de Cristo lo que escuchamos.
LA HOMILÍA
La homilía es un acto propiamente litúrgico, puesto que no se limita a ilustrar el mensaje objetivo de las lecturas como en una lección exegética o catequística, sino que debe provocar a la comunidad que escucha a llegar hasta el fondo en las exigencias de la fe, de la conversión, del seguimiento de Cristo, del discipulado y del ser misionero cueste lo que cueste, incluso llevando tras él la cruz, o entregándose como él en una donación amorosa.
El Concilio Vaticano II y la renovación de la iglesia precisan lo que debe ser la homilía: una conversación familiar por la que un pastor de almas alimenta su rebaño y le ayuda a aplicar en las circunstancias concretas de la existencia el mensaje del Evangelio.
La homilía debe revelarnos la voluntad de Dios, expresada en
la Palabra, como si fuese un revelador fotográfico. Así debe ser la homilía una vez proclamada
la Palabra de Dios en las lecturas y cánticos, la homilía ayuda a tomar conciencia de ella, explicando los términos oscuros, las expresiones difíciles, anunciando la llegada del Reino, llamando a la conversión, animando a la perseverancia y al crecimiento, aplicando el mensaje revelado a la vida diaria, urgiendo el compromiso.
¿Qué nos debería suceder después de la homilía? Aplicarnos
la Palabra de Dios en el hoy de nuestra vida y convertirnos a él y amarlo más. No salir diciendo que la predicación estuvo aburrida, divertida, elocuente, superficial o hermosa, sino examinando qué cambio quiere Dios en nuestra vida. Para algo él nos habla. Él es el definitivo responsable de la palabra que nos interpela.
SÍMBOLO DE
LA FE. CREDO.
La comunidad en el Credo expresa como en un gran amén su adhesión de fe a todas las grandes obras de Dios y al mensaje de su palabra. Es símbolo de fe como "cédula" o "carné de identidad" del cristiano, es el santo y seña que permite entrar en la asamblea de los creyentes, es el signo de reconocimiento. Vemos en nuestro vecino que recita con nosotros el credo un hermano que profesa la misma fe, cree en el mismo Padre, acepta al mismo Señor Jesucristo. Ha recibido en el bautismo al mismo Espíritu Santo.
PLEGARIA UNIVERSAL.
Como conclusión a
la Liturgia de
la Palabra, antes de pasar a la segunda parte de la misa, la comunidad de la escucha y de la fe única, confesada juntos, se hace comunidad orante con la "oración de los fieles" por todas las necesidades del mundo entero, de los hermanos en la fe y de las propias.
Es la intercesión que eleva todo el pueblo cristiano, clérigos, laicos, es decir fieles, los que tienen fe en que Dios los oye y les responde, los que confían en la fidelidad de Dios con ellos y esperan serle fieles a él.
En esta súplica el presbítero hace una introducción dirigida al Padre, luego el diácono o un comentador presenta las intenciones. Tras un momento de silencio la asamblea clama diciendo: "Te rogamos, óyenos" o algo parecido. Finalmente, el presbítero suplica a Dios padre que acoja esas súplicas por medio de Jesucristo.
Las peticiones se refieren a
la Iglesia, al mundo, a los pobres o a la asamblea. Deben tener amplitud de mira: el cristiano debe ser un hombre con vocación universal, católica. Los linderos de su comunidad, parroquia o pueblo no agotan el alcance de sus preocupaciones.
Primera intención: se refiere a
la Iglesia; es el momento de pedir por los que creen, por los acontecimientos que afectan la vida de los cristianos: concilios, sínodos, congresos, conferencias, nombramientos, esfuerzos por lograr la unidad, bendiciones especiales para el Papa, los Obispos, los que colaboran en la acción pastoral.
Segunda intención: recuerda las necesidades del mundo: la justicia, la paz, la lucha por el desarrollo de los pueblos, la promoción integral de los hombres, la libertad, el buen gobierno de las naciones, el acierto de quienes rigen los destinos de la tierra.
Tercera intención: alude a las urgencias de los que sufren: los enfermos, los huérfanos y las viudas, los ancianos, los exiliados, los desposeídos, los emigrantes, los afectados por cualquier tragedia, los pobres. El cristiano ha de solidarizarse con los necesitados.
La Palabra de Dios urge a acercarse al prójimo, comprometerse con él y amarlo.
Cuarta intención: presenta al Señor las intenciones de la comunidad y de la asamblea. Los que configuran la parroquia, los que viven en el mismo barrio, los que se congregan en las mismas celebraciones, los que en el momento de orar se encuentran reunidos en el mismo altar, y no solo estos sino sus amigos y familiares.
Si en la predicación se ha hablado acerca de Dios y su misterio, en la oración de los fieles se habla a Dios acerca de los hombres, de sus necesidades y de su dolor.

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