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DISCIPULADO
Vida de Gracia

EPÍCLESIS 

            "...POR ESO TE PEDIMOS QUE SANTIFIQUES ESTOS DONES CON LA EFUSIÓN DE TU ESPÍRITU, DE MANERA QUE SEAN PARA NOSOTROS CUERPO Y SANGRE DE JESUCRISTO, NUESTRO SEÑOR" Pl. II

            El término epíclesis proviene del griego: epi=sobre kaleo=llamar. Designa la invocación del Espíritu Santo sobre los dones del pan y del vino para que los bendiga y santifique para que lleguen a ser cuerpo y sangre de Cristo.

            Aparece por primera vez este término en San Ireneo: "Porque así como el pan, que es de la tierra, recibiendo la invocación -epíclesis- de Dios, ya no es pan ordinario, sino eucaristía. Así también nuestros cuerpos, al recibir la eucaristía, ya no son corruptibles, sino que participan de la resurrección".

            Epíclesis entonces, viene a designar aquella invocación del Espíritu Santo que encontramos en numerosas liturgias eucarísticas de la antigüedad.

            La relación entre la epíclesis y la encarnación aparece con claridad en el testimonio que nos ha dejado San Justino. En una de sus apologías nos dice que el cuerpo y sangre que comulgamos en la eucaristía es la carne y la sangre del Verbo encarnado. Tras decir que, orando el presidente de los hermanos ha eucaristizado el pan y el vino con agua, añade: "
Porque no tomamos este alimento como un pan común y una bebida común. Así como por la virtud del Verbo de Dios, Jesucristo nuestro Salvador tomó carne y sangre para nuestra salvación, así el alimento consagrado por la oración compuesta por las palabras de Cristo, este alimento que debe nutrir, por asimilación, nuestra sangre y nuestras carnes, es la carne y sangre de Jesús encarnado"

            La eucaristía, vista desde esta analogía, es como un engendramiento diario de Cristo, carne y sangre. Así como la encarnación fue realizada bajo la acción del Espíritu Santo, de igual manera la consagración y santificación de los dones que deben santificar a los fieles, incorporándolos a Cristo.

            El Documento
Dominum et vivificantem nos dice que la obra más grande de quien llamamos "Señor y Dador de vida" es precisamente la encarnación  del Hijo en el seno de María, como culmen de la autocomunicación divina (DV 50).

                En este sentido se puede decir también que el Espíritu es el autor principal, el artesano de la eucaristía. Por ella la Iglesia tiene el más excelso acceso a la humanidad del Hijo de Dios: los dones son, por obra del Espíritu, el tabernáculo, como María fue por obra del Espíritu el tabernáculo del Verbo.

            "
El mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar".

            En la actual economía pospascual, que implica también Pentecostés, esto es, el don del Espíritu como primicias de la pascua del Señor, no es posible celebrar un sacramento y menos aún el que se llama santísimo sacramento por excelencia, sin la presencia y la acción misteriosa del Espíritu Santo. Sin referirnos a la clásica tradición litúrgico-patrística oriental, tan rica en pneumatología también en lo que se refiere al mundo sacramental, podemos citar a San Agustín: el elemento que ponemos sobre el altar "
no es consagrado por ser un sacramento tan grande, sino mediante la invisible acción del Espíritu" (De Trin. 1. IV, 4, 10); todavía en la edad media resonaba esta misma doctrina, por ejemplo en Pascasio Radberto: "el verdadero cuerpo de Cristo con fuerza divina es consagrado en el altar por el sacerdote in verbo Christi per Spiritum Sanctum" (De Corp. et Sang. Domini, IV, 3).

            Por tanto, la eficacia de las palabras de Cristo, pronunciadas en la última cena, no excluye, sino que implica la acción misteriosa de la
virtus Spiritus Sancti, que en las nuevas oraciones eucarísticas es invocado de manera solemne con la imposición de manos sobre los dones inmediatamente antes de la tradicional consagración con las palabras de Cristo.

            Así es como la Iglesia invoca la fuerza transformante y santificante del Espíritu Santo sobre los elementos de la creación, sobre el pan y el vino. La Iglesia mediante la invocación pretende consagrar todo acontecimiento litúrgico, pues toda acción de la Iglesia es acción de Cristo. Un miembro de la Iglesia, entonces, consagra el pan y el vino de la eucaristía, pero es Cristo mismo quien transforma el alimento y la bebida cotidianos en símbolos reales de su Cuerpo y Sangre gloriosa para los suyos. Pero Cristo opera en los símbolos de la Iglesia no de forma inmediata, sino mediante el Espíritu Santo, que lo hace presente y eficaz entre los suyos en cada siglo y por doquier sin que él tenga que abandonar la gloria del Padre.

            En la epíclesis sacramental el Espíritu Santo actúa para que, por medio de los gestos y palabras de la Iglesia, se realice un verdadero encuentro entre Cristo que ama y nutre su cuerpo histórico y los miembros de este mismo que intentan responder a su amor.