|
DISCIPULADO
Vida de Gracia
|
|
|
|
CONSAGRACIÓN
"...El cual cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dando gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: 'Tomen y coman todos de él porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes' ... ... 'Hagan esto en conmemoración mía' "
En la consagración no es Cristo en su situación mortal el que se hace presente en
la Eucaristía, pero sí es la persona de Cristo la que comunica transfundiendo su vida. El suyo es un cuerpo vivo, el cuerpo de una Persona.
La Eucaristía es por tanto como un segundo adviento o venida corpórea de Cristo glorificado. Ch. de Foucould exclamaba: "Cada Eucaristía es Navidad". Es un adviento anticipado.
La Iglesia vive de
la Eucaristía. Gracias al ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores, a lo largo de una cadena ininterrumpida que comienza en el cenáculo, las palabras y los gestos de Cristo se renuevan siguiendo el camino de
la Iglesia, para ofrecer el pan de vida a los hombres de todas las generaciones.
Después de la consagración, el sacerdote proclama: "¡Mysterium fidei!": la muerte del Hijo de Dios se transforma para nosotros en fuente de vida.
Los gestos realizados por Jesús son únicos y universales, específicos y abiertos. Jesús, no sólo se declara pastor que da la vida por su rebaño, sino que pone, bajo la forma de pan partido y de vino compartido, su propio cuerpo y su sangre en lugar del cordero sacrificial. Jesús se identificó con el cordero escatológico de la era mesiánica, y se puso a sí mismo en las manos de sus amigos, como don completo y personal de amor:
"Esto es mi cuerpo entregado por vosotros" (1Cor 11, 24)
Con el fin de garantizar que el don reconciliador de sí habría de ser comprendido más tarde como un signo de curación para sus seguidores, Jesús concentró en este único gesto todos los banquetes que había celebrado con personas heridas (Mt 9, 10-13).
Para Jesús, por lo tanto, la acción simbólica de la Última Cena justifica a los pecadores ante el Padre, les confiere una experiencia anticipada del gozo del Reino, los une, reconciliándolos unos con otros, y de esa forma les aporta la sanación de sus almas. Por lo tanto celebra un rito de autodonación y la entrega concreta a los demás.
La cena del Señor es la anámnesis del gesto ritual realizado por Jesús en el cenáculo y llevado por él a su primer cumplimiento en el misterio pascual, este sacramento es más una re-presentación que una repetición de estos eventos salvíficos. Por lo tanto es prolongación del acto autodonante de Jesús, y al ser una comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo glorioso (1Cor 10, 16), implica a los que toman parte en él en una proclamación de su muerte salvífica (1Cor 11, 26). A causa de la anámnesis y de la epíclesis eclesial, el pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre de Jesucristo resucitado en el poder del Espíritu Santo (Jn 6, 54).
Si la celebración memorial con la invocación del Espíritu Santo tiene la fuerza de hacer presente aquí y ahora todo lo que Jesús realizó y expresó con el gesto de la Última cena en conexión con la inmolación de la cruz y la pascua -unido en un todo-, es porque él quería incluirnos y hacernos partícipes del sacrificio de la nueva y eterna alianza, perteneciésemos a la generación que fuese, a lo largo del tiempo.
A través de nuestro sacrificio sacramental, él nos hace continuamente contemporáneos de la cruz, y hace de aquel acontecimiento algo contemporáneo a nosotros. Participando con fe en aquel acontecimiento, estamos unidos en la única y definitiva alianza, sellada con la sangre de Cristo, víctima de reconciliación que trae la paz a todo el mundo.
Así, la razón de ser de la economía sacramental se encuentra en la voluntad de Cristo de ponerse en manos de la iglesia y de cada uno de nosotros para que podamos finalmente ofrecer, por nuestra salvación y la de todo el mundo, la víctima de valor infinito, o sea, no ya a medida del hombre, y por tanto con la misma amplitud y eficacia que aquella ofrenda tuvo la primera vez sobre el altar de la cruz. Entonces se ofreció en una espléndida y tremenda soledad -aunque lo hacía por nosotros-, cargado con todos nuestros pecados y atrayéndonos a todos hacia sí, ahora somos nosotros los oferentes, con él y por él, prendidos en el mismo movimiento de donación, de obediencia al Padre, de verdadero culto, de reconciliación completa con Dios y entre nosotros. En Sacrosanctum Concilium citando Sacramentarium Veronense (Leonianum), dice: En efecto, su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de neustra salvación. Por esto, "en Cristo se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino." (S.C. #5)
Cumplimos el mandato de Jesús: "Haced esto en conmemoración mía", por el que se hace presente no sólo el cuerpo y la sangre de Cristo, sino también el sacrificio de la nueva alianza para que se haga nuestro, pues queda en nuestras manos el único sacrificio de nuestra salvación.

|
| |
|
|
|
|