El libro del Éxodo no son únicamente sucesos pasados; para
la Biblia es una realidad que cada uno de los creyentes, reactualizando la palabra antigua, puede recrear en su “hoy, aquí y ahora”; es una presencia que hace renacer el compromiso y la esperanza.
Para comprender este valor permanente de la experiencia del éxodo, más allá de la estructura histórica de la revelación bíblica, podemos referirnos también a un dato característico de las lenguas semíticas: la polaridad, esto es, el uso de parejas verbales que contienen los extremos, y por tanto la totalidad de una realidad determinada.
Entre estas polaridades, una de las más conocidas es salir-entrar, utilizada precisamente para designar el éxodo. Pues bien, dentro de estos dos verbos se puede colocar toda la existencia humana, que es un “salir” del seno materno para “entrar” en el mundo, así como un “salir” del horizonte de este mundo para “entrar” en el seno de la madre tierra -el sepulcro-, y, en la fe posterior de Israel, para “salir” en la resurrección.
El elemento “salir” se convierte entonces en un símbolo de muchas experiencias distintas. Desde la experiencia social de las emigraciones con sus relativos cambios de mentalidad y de cultura hasta la experiencia personal de una vocación que obliga al hombre a “salir de su tierra, de su patria y de la casa de su padre” -Gén 12, 1-; o también hasta la experiencia existencial de la conversión, por la que uno sale de la esclavitud del pecado.
EL NOMBRE DE ‘YHWH’. PARA EL JUDAÍSMO
La Biblia atestigua una multiplicidad de apelativos para hablar de su Dios y para dirigirse a él. Pero, para Israel el nombre de Yhwh, y para el cristianismo el nombre de Abbá, expresan con claridad la conciencia de fe de haberlos recibido por revelación de parte de Dios, es “sorpresa vivida”, “novedad recibida”, no “algo” conquistado a costa de una búsqueda progresiva.
El tetragrama YHWH aparece 6.830veces en el A.T.
Mientras que en Génesis 4, 24 se dice que su nombre específico, Yhwh es conocido por la humanidad entera, otras narraciones relacionan la revelación del nombre divino, que era impronunciable para los hebreos -YHWH-, con la persona de Moisés y con el nacimiento de Israel como pueblo.
En todo el mundo semita el nombre es la realidad misma de la cosa; el conocimiento del nombre supone, por tanto, una especie de poder sobre el ser cuya esencia y energía se ha llegado a conocer.
En la “magia”, por ejemplo, poseer el nombre de Dios significa dominar a Dios mismo y manipularlo en propio provecho.
En el capítulo 3, versículos 13 y siguientes, dentro del marco del Sinaí y de la vocación de Moisés, la tradición presenta a primera vista una propia y verdadera revelación del nombre divino. Sin embargo, hay que observar ante todo que Dios no se revela aquí con un sustantivo, sino con un verbo (hyh, “ser, hacerse, seguir siendo”). Se configura de este modo el tetragrama -YHWH- (cuatro letras), un tetragrama sagrado e impronunciable para los hebreos. Hipotéticamente vocalizado como Yahweh, y erróneamente como Jehová.
En realidad, nuestro texto más que una verdadera definición y revelación del nombre divino contiene una negación de revelación “Yo soy el que soy” es quizá la afirmación de la esencia incognoscible de Dios más que la definición de la eternidad de Dios “Yo soy el que es siempre” o de su fidelidad “Yo soy el que es siempre fiel”, o incluso de su aseitas (atributo de Dios, por el cual existe por sí mismo o por necesidad de su propia naturaleza), como pretendía la filosofía cristiana clásica.
El nombre más importante de DIOS es elque lleva las cuatro letras o el Tetagrama, que son las siguientes letras equivalentes en el español: YHWH, en Hebreo Yod-Heh-Vav-Heh. De aquí proviene la confusión con el nombre de Jehováque no es correcto. Este nombre de Dios en hebreo, YHWH, es sólo la pronunciación de las cuatro consonantes, sin las vocales correspondientes. En español el equivalente apropiado es YAWEH.
Las raíces hebreas de estas letras son He-Yod-Heh, o sea "el SER" y reflejan la esencia de que DIOS es Eterno. Este nombre se utiliza en las escrituras para discutir la relación de DIOS con el hombre, este nombre se reduce a veces a YHA, YAHU o YEHO.
Sin embargo, esta reticencia no hace de Yhwh -Yo soy, un vacío apelativo, ya que evoca el punto exacto en que Dios se revela: la historia del Éxodo, en la que él, el trascendente y el inominable, se presenta como liberador y salvador.
El Señor se compromete con su nombre, es decir, con su personalidad misteriosa y omnipotente, a través de una respuesta de salvación destinada a Israel esclavo (Éx 2, 23-25).
El momento inicial, cuando Israel tiene conciencia de que se trata de Dios que se revela así, es el acontecimiento de Éxodo 3. Moisés recibe en el Horeb -Sinaí- por primera vez la revelación del nombre: es ciertamente en conexión con un suceso y con un primer significado posible -quien interviene para liberar a Israel-.
A lo largo de la experiencia histórica de Israel, el pueblo irá comprendiendo cada vez mejor que el nombre de su Dios se va cargando de ulteriores significados sorprendentes en cada nueva situación y experiencia con él: era, pues, el mismo Yhwh el que había llamado y acompañado a los patriarcas hebreos, lo mismo que fue Yhwh el que luego liberó a Israel de Egipto y que se manifestó como Señor y rey de su pueblo y de la historia humana.
Señalemos dos momentos importantes en la historia del pueblo de Israel:
1º. Cuando el nombre es sustituido para no volver a pronunciarse más que una vez al año, en un momento solemne del culto-. Se sustituye Yhwh, por ADONAI, en la pronunciación, y también HASHEM. Así daban rostro y significado al Yhwh de la revelación sinaítica.
2º. También se reinterpreta en la traducción al griego del A.T., donde Yhwh se convierte en Kyrios, “Señor”.
EL NOMBRE DE ABBÁ. PARA EL CRISTIANISMO.
Existe una continuidad de revelación y de experiencia entre el A.T y el N.T: el mismo Jesús lo hace presente varias veces, refiriéndose al A.T, con frases como aquel que ve en lo secreto (Mt 6, 1-18), aquel que está presente y es providente ( Mt 6, 19-34), aquel que es el único a quien hay que amar con todo el corazón (Mc 12, 28-34).
El nombre de Abbá, Padre, ya fue intuido en el AT, en el Salmo 103, Eclesiástico 2, 6-18;23, 1-6. Sin embargo, claramente se subraya que el rostro de Dios Abbá es una revelación por parte de Jesús.
Que Jesús llamara a Dios Abba es sorprendente, un acontecimiento nuevo (Mt 11, 25-27; Rom8, 14-17; Juan 8, 31-59; Juan 17, 1-8).
El significado fundamental del apelativo divino Abbá es el de fuente de vida y de relación filial con él; para Jesús ante todo, pero también para todos aquellos que por su conversión a la primacía real de Jesús se hacen discípulos y hermanos de Jesús, el Hijo de Dios, y disponibles a la acción del Espíritu del Padre y del Hijo. Sobre todo lo comprendemos cuando rezamos el Padre nuestro -Lc 11, 2-4; Mt 6, 9-13-.
Jesús, entonces, nos revela el Misterio del Dios vivo: él es Abbá para todos los hombres que se hacen discípulos de Jesús convirtiéndose al reino de Dios, pero ante todo y de manera única y propia es Abbá para su Hijo -Jn 10, 32-39; 14,1-11; 17, 1-3; Mc 12, 35-37). La mutua relación entre el Padre e Hijo es el Espíritu, que procede del Padre y del Hijo, y suscita en los hombres una actitud de hijos para con Dios Padre y de transformación progresiva del misterio de Cristo muerto y resucitado (Jn 3, 3-8; 7, 37-39; Rom 8, 2-17).
IV. 2 Pascua y libertad
El texto base de la pascua es el capítulo 12. Podemos distinguir entre narración histórica, textos litúrgicos, textos catequéticos y exhortaciones.
Vemos cómo la pascua nació como un rito “naturalista” de las estaciones. La estructura original era tomada de las estaciones y del pueblo de pastores, una cultura propia del antiguo Oriente. En el plenilunio de la primavera se preparaban para el viaje vestidos ceñidos y con cayado, se tomaban alimentos casuales (hierbas amargas y panes cocidos sobre losas de piedra), hacían un sacrificio de un cordero sin despedazar para que de algún modo volviera en los partos futuros del rebaño, y así rogaban por la fecundidad del rebaño, y consideraban la sangre propiciatoria contra los peligros del viaje.
Sin embargo el libro del Éxodo la inserta en una nueva forma de interpretación, en el ámbito de la historia y la existencia. En el Éxodo se unen las dos fiestas, la de la pascua y también la de los ázimos. En el contexto del Éxodo se transforman todos estos símbolos que evocarán a la amargura de la esclavitud y el itinerario hacia la libertad. Ya no se tratará de un movimiento mecánico de la naturaleza y estaciones, sino del movimiento de personas libres bajo el guía por excelencia, Dios. Se une entonces la liturgia y la vida, la fe y la justicia.
La liturgia tiene la finalidad de actualizar en el presente el momento de salvación del pasado, actualizar la misma liberación, de ahí que se denomine a la pascua como “memorial” (v. 14). La liturgia de la pascua no era un recuerdo orgulloso y patriótico, sino más bien como un acontecimiento escatológico, un acontecimiento que se actualiza en el hoy, aquí y ahora, un verdadero signo sacramental que reproduce en el hoy de las futuras generaciones el gesto de Dios fiel. Y como auténtica liturgia se proyecta hacia el futuro, en la esperanza de la nueva y definitiva liberación que ofrecerá el Señor.
De este modo se cumple en Jesús, y la celebración de la pascua recibe una nueva alma, la de la resurrección de Cristo, el éxodo definitivo hacia la libertad plena y perfecta (Jn 19, 31-37).
También el apóstol San Pablo retomará la fiesta agrícola de los ácimos en la llamada homilía pascual de 1Cor 5, 7-8.